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Publicado el 10 Marzo, 2016 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

CINE: A merced de lo trágico

Acercamiento al primer largometraje de ficción de Rigoberto Jiménez, director oriundo de la intrincada zona de la Sierra Maestra. El filme se basa en su documental Las cuatro hermanas, de 1980
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Por SAHILY TABARES
Fotos: Cortesía del Icaic

Por sus desempeños actorales se destacan las hermanas jóvenes interpretadas por Yudexi de la Torre (Lola), Yunia Jerez (Gelacia), Janet Batista (Pepa) y Venecia Lanza (Cira).

Algunas películas comienzan justo allí donde el espectador intuye el inicio de un largo camino por andar. En dicha obertura se percibe la índole de conflictos, que en el relato mantendrán en jaque a los bandos en pugna y, como consecuencia, la acción dramática.

En este sentido el filme Café amargo es elocuente, pues ubica la trama en un contexto que muestra el aislamiento en el campo, la ausencia de energía eléctrica, las difíciles condiciones de trabajo y el arraigo del pensamiento patriarcal, machista, en la intrincada zona de la Sierra Maestra.

El director, Rigoberto Jiménez, oriundo de dichos parajes, basa el argumento en su documental Las cuatro hermanas (1980), con el fin de contar la historia de cuatro mujeres aferradas a tradiciones familiares que escogen la soledad por convicción. Lo inspiran vivencias acumuladas desde 1993 en la Televisión Serrana, considerada el primer proyecto de televisión comunitaria y participativa en Cuba, una experiencia única en el continente latinoamericano.

Como diría el poeta Eliseo Diego, “nacemos en un sitio para dar testimonio”. Tal impronta se aprehende en la puesta cinematográfica, la cual remite en su primera etapa, a los años 50. Las hermanas Garlobo, Lola, Gelacina, Pepa y Cira viven en una finca cafetalera del sistema montañoso sur oriental, no aceptan a ningún hombre en la casa, pero la llegada de un joven citadino que va a alzarse junto al Ejército Rebelde, cambiará sus vidas de golpe, no así sus destinos.

Desde esta perspectiva, la temática inédita en el panorama audiovisual cubano incita no solo a conocer lo que ocurre en la existencia de cuatro mujeres, sino el dilema de confrontaciones entre ellas y con extraños. Razones, imperativos, urgencias, angustias, desavenencias, expresan de un modo u otro la necesidad de conquistar el amor, de apreciarlo y sentirlo.

La negación a la apertura condiciona el encerramiento vivido por las cuatro hermanas que jóvenes actrices convierten en personajes mediante otras voces, otras pieles, otras almas, desafío asumido con plena conciencia del significado y de las implicaciones de un relato pleno de estímulos sensoriales, emotivos, conceptuales, los cuales demandan del espectador procesos de entendimiento y reflexión.

La llegada de Rubén (Carlos Alberto Méndez) y su buena acción al curar a Pepa joven (Janet Batista) de una afección de la garganta, marca el punto de giro, complica el relato e incita a luchar por conquistar al recién llegado, la presa codiciada.
En la estructura narrativa del guion de Arturo Arango y Xenia Rivery, los matices psicológicos más sutiles emergen en la trayectoria de personajes para quienes las consecuencias morales tienen alto precio. Lo irreversible de lo trágico subyace en terrenos dominados por impaciencias e interrogantes y el deseo de transgredir lo establecido sin asumir riesgos que exige toda transformación en la vida.

Preceptos locales y universales lideran en la configuración audiovisual, la cual de continuo se hace autorreflexiva, propicia meditar sobre un complejo mundo de necesidades, intereses, rupturas, continuidades, por ello no hay que buscar en el dato histórico, en la fidelidad con lo “real” el motivo de desavenencias y frustraciones, sino en lo que cada humano es capaz de conseguir por sí mismo.

El ocultamiento de la culpa trágica hasta el final del detonante de la historia 40 años después, en la década de los 80, produce cierto extrañamiento en el espectador que espera mucho antes el desenlace de los acontecimientos. Quizás influyen en el recurso dramatúrgico, el propósito de acentuar la tragicidad de quienes sucumben ante lo irreversible: el descubrimiento de un secreto largamente guardado por sus ejecutoras, Lola (Yudexi de la Torre) y Gelacia (Yunia Jerez).

Con exquisitez e intencionalidad artística en función de la historia se privilegia en la narrativa visual el pecu
liar escenario rural, la dirección de fotografía de José Manuel Riera acentúa el sentido enunciado en el tránsito de un plano a otro, el dinamismo de la primera etapa, lo estático “duro” de la segunda, el color y la luz de diferentes matices adquieren un fuerte dramatismo en contextos, en los cuales predominan detalles psicológicos y ambientales.

La experiencia estética, en tanto sensible cognición, se produce desde el diseño de la banda sonora de Heidy Carrazana; la música original del experimentado maestro Juan Piñera, sugerente de un maremágnum de asociaciones; y la dirección de arte de Vivian del Valle.

Café amargo es un filme impregnado del espíritu lorquiano. A merced de lo trágico quedan sus personajes en un relato signado por la memoria, los desencuentros, los objetos, el silencio parlante y el vigoroso acicate de la hermandad.

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Sahily Tabares

 
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