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Publicado el 26 Marzo, 2016 por Giovanni Martinez en Cultura
 
 

Rolling Stones: La satisfacción de un sueño cumplido

Para estos abuelos del rock la tercera edad simplemente no existe
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Por GIOVANNI MARTÍNEZ

Foto: Granma

Si años atrás alguien solamente me hubiera insinuado que los Rolling Stones tocarían un concierto en Cuba, seguramente me hubiese echado a reír, o quizás, a llorar.

Muchos al escuchar tal locura harían coincidir ambas reacciones en una secuencia de intervalos cortos, dando lugar a una auténtica crisis de sentimientos encontrados.

Pero afortunadamente esta vez no se trató de una broma, la última parada de los míticos músicos en Latinoamérica estremeció La Habana el 25 de marzo de 2016.
Quiero enfatizar en que, nadie, y me refiero a que, absolutamente nadie, podía dar por hecho un espectáculo de este calibre en nuestro suelo, e incluso teniendo en cuenta que algunas noticias por estos días han sido impactantes, era impensable que sucediera.

Es una realidad que diversos artistas han llegado desde lugares impredecibles en los últimos tiempos. Particularmente en materia de música no son pocos los que han aterrizado para dejar su huella entre los escuchas cubanos, que cumplieron el sueño de sentir en vivo las canciones que por años, o incluso décadas, les acompañaron solo en sus reproductores musicales, extensamente evolucionados.

Está claro, se aprecia un mundo girado entorno nuestro, no para vernos, sino para palpar de cerca lo que pasa en nuestro archipiélago, no obstante, lo de los Rolling Stones, en buen cubano, no tuvo nombre.

Los sagaces británicos ofrecieron un auténtico show, donde complementaron su intensa propuesta musical con una abundante gama de medios, algunos de estreno en la Isla.

El talento de estos reyes del rock, unido a un sin fin de oportunidades tecnológicas, hizo estallar a los aproximadamente 500 000 espectadores que se concentraron desde bien temprano en los contornos de la Ciudad Deportiva habanera, para disfrutar sobremanera de un espectáculo alucinante.

Es conocido que el rock se ha consagrado desde hace tiempo como un fiel abanderado de esta revolución de visitantes, pero nadie pone en duda que esta vez la revuelta foránea tocó el cielo con la actuación de sus Majestades Satánicas.

Y es que el peldaño de jerarquía en que se ubican los Rolling Stones está bastante despoblado. Siempre me vienen a la mente los inexistentes The Beatles -más allá del paladar de cada melómano resulta la comparación más justa-, o tal vez podríamos girar la mirada hacia grandes en sus respectivos géneros como los ya desaparecidos Bob Marley o Michael Jackson, auténticos íconos que han dejado su legado para siempre. Pero los Stones son sencillamente inigualables, y si de escalafón hablamos, muy pocos se acercan al peldaño de esta eminente agrupación inglesa, que para rematar, se mantienen activos y al más alto nivel.

La grandeza en The Rolling Stones no solo reposa en la historia de cuatro jóvenes que paralizaron con sus canciones al planeta en los años 60 y 70, con lo cual seguro bastaría. Su horizonte se dilata mucho más, porque luego de influir en muchísimo de lo que otros han hecho -y hacen- en el idioma de los pentagramas durante todas estas décadas, han sobrevivido y regenerado lo que fueron durante aquellos días, agregando a esta sublime mezcla un presente interminable, para converger en un fenómeno donde espacio y tiempo no parecen tenerles en cuenta.

Para estos abuelos del rock la tercera edad simplemente no existe. Mientras muchos longevos se retiran del escenario, o agarran un piano y se sientan toda la noche a entonar los mismos éxitos en versiones más tranquilas (y cobrando lo mismo o más por las entradas), ellos se divierten armando la algarabía más sublime. Si un platillo volador atraído por el brillo y la multitud hubiese aterrizado durante el concierto en los terrenos de la Ciudad Deportiva, proveniente de un mundo donde se desconocen los acordes de Satisfaction o Brown Sugar, primeramente el público ni se percataría de los invasores, quienes al descender, pensarían que los del escenario no son más que un piquete de adolescentes rebeldes intentando conseguir un contrato con alguna disquera, y hasta les formularían un arreglo sustancioso para montarlos en su nave, porque estoy convencido de que en cualquier dimensión del universo Sympathy for the devil; Jumpin’ Jack flash o Gimme shelter, por solo citar de entre un abanico interminable de hits, estremecerían sin cesar los cuerpos de cualquier especie pensante, como mismo Angie atravesaría hasta lo más profundo de sus hipotéticos sentimientos mutados.

Este concierto marcó de por vida a los seguidores de la buena música en nuestro país. Incluso a los que vinieron desde otras latitudes, muy sensatos si tenemos en cuenta lo que significa interactuar con estas leyendas gratuitamente.

Entre acordes se escribió, con letras mayúsculas, una linda página para esta Isla que inspiró al comentario de Jagger entre canciones, quien agradeció a Cuba por toda la música que ha regalado al mundo, y luego narró ¡satisfecho!: “anoche comimos arroz y frijoles, pero lo más rico fue bailar rumba cubana”.

Cuando pasen los años, los que vivimos la experiencia regresaremos con orgullo en el tiempo, para recordar la noche en que Mick Jagger y los suyos derrocharon todo su talento en La Habana.

Esta puerta abierta por The Rolling Stones deja suficiente espacio para que transiten aún más figuras de primer nivel, que de seguro continuarán arribando a nuestra nación, inclusive, algunas de ellas, allende las fronteras de la música.

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Giovanni Martinez

 
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