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Publicado el 19 Abril, 2016 por María Victoria Valdés Rodda en Cultura
 
 

ARTES PLÁSTICAS: Dentro del alma del que pinta

En 2016, un artista plástico se apropia de una trama épica que no debe olvidarse: la de quienes siguieron la huella de José Antonio Echeverría

 

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Agustín Calviño Insua, Gólgota

Agustín Calviño Insua, más conocido por Gólgota, dedica una exposición personal a los mártires de Humboldt 7

La fuerza de los brochazos que interrumpen la oscuridad del lienzo es percibida como la luz del relámpago que de pronto asalta la noche. Pero tras conocerse el motivo del homenaje, los cuadros adquieren también una dimensión sonora. Y se siente hasta el trueno. Los cuadros tienen así otra visión menos lírica, volviéndose resorte comunicativo que narra la historia patria.

Cada pieza es un disparo. Es entonces cuando entiendo las palabras del pintor: “Para estas obras no había mejor forma que el arte abstracto. La voz de los muertos y los vivos se unió en un grito pictórico…esta es más que una simple exposición de arte, es la impresión de unos hechos sin precedentes en unas manos dispuestas a contarlos. Aquí se describen impactos de personalidades en nuestras propias personalidades, desgarros de almas que fueron ajenas solo hasta el momento que fuimos escogidos para contar. Si al verlas ven los terribles momentos que vivieron estas personas, y siente que hay algo más, debajo de este simple flechazo de vida, entonces el trabajo está hecho, ahí está la historia”.

¿A qué episodios se refiere el autor? Fantasmas de un lugar de La Habana, exposición personal de Agustín Calviño Insua, más conocido por Gólgota, es una entrañable reverencia a los jóvenes mártires de Humboldt 7, brutalmente asesinados por la dictadura de Fulgencio Batista, la tarde del 20 de abril de 1957.

José Machado Rodríguez, Juan Pedro Carbó Serviá, Fructuoso Rodríguez Pérez y Joe Westbrook Rosales, todos integrantes del Directorio Revolucionario, después del ataque a Palacio Presidencial el 13 de marzo de ese año, lograron ocultarse en el edificio marcado con el número 7 en la calle Humboldt de la capital cubana. La delación de un antiguo participante en la lucha, llevó hasta el lugar a los esbirros batistianos, deseosos de venganza. Allí cayeron asesinados los cuatro.

Ahora reposan en brazos de la inmortalidad revolucionaria. Y justo de ahí los rescata el polifacético artista, Gólgota, quien es graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro y licenciado en Educación Artística, además de fungir como profesor del Centro Experimental de Artes Visuales “José Antonio Díaz Peláez”, es asimismo miembro de la UNEAC y muchas de sus obras figuran en salas nacionales y en colecciones privadas tanto en Cuba como en el extranjero.

Dentro de la expresión abstracta el artista despliega escenas de lo que debe haber sido el horror de esa cacería humana, de aquellos casi niños, resueltos a pagar con la vida, –tal y como lo hicieron–, el precio de la libertad. Los patronímicos de los héroes dan título a las piezas, e incluso la de Marcos, el traidor, la cual por tratarse de un personaje deleznable, no está colgada en la pared, sino que cae al piso del mismo modo como debe haberlo hecho su moralidad en el preciso instante en que traicionó a sus compañeros.

La sala del Memorial José Martí resultó un adecuado escenario para este tránsito de Gólgota de la figuración al abstraccionismo porque el ideario del Maestro cubrió a manos llenas el ímpetu juvenil de los caídos en Humboldt 7. Con la soltura propia del osado, Gólgota combina colores primarios y secundarios, hace uso del gris y de sus matices, con un hilo conductor cromático que a mi percepción se le antoja la sangre de los patriotas, la misma que es presentada en el cuadro final de la galería, fluyendo portentosa por la escalera principal del edificio habanero. Rojo que como despedida del artista se transforma en una rosa. Esa que nunca deberá faltarle a los mejores hijos de Cuba.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda