0
Publicado el 27 Abril, 2016 por ACN en Cultura
 
 

Dulce María Loynaz, la memoria lírica de una vida

Su obra, sello también de la idiosincrasia del cubano, constituye expresión de nuestros rasgos patrióticos, caribeños, insulares, como bien lo expresara en una de sus creaciones: “Cuba, Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!”
Compartir

Por Cynthia Hernández Mayol

Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 1992 (Foto: rtv.es)

Al amanecer del 27 de abril de 1997, a los 94 años de edad, decía adiós la escritora cubana Dulce María Loynaz, Premio Miguel de Cervantes Saavedra y Premio Nacional de Literatura.

Hija del general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo y hermana del poeta Enrique Loynaz, Dulce María -de una preparación cultural empírica- resultó amiga inigualable del literato español Federico García Lorca, con quien fomentó un eterno árbol de literatura refinada en la señorial residencia ubicada en la esquina de las calles 19 y E, en El Vedado, donde funciona desde el 2005 el centro cultural que lleva el nombre de la destacada escritora.

“Ese jardín en sombra que aún rodea los muros de la vieja casona, lo vio de mañana en tarde y de tarde a noche crecer como una sombra entre su sombra… Menos dormir, aquí vivió, comió y escribió”, escribió la Loynaz sobre el entrañable amigo que en un ambiente natural, ayudó a inspirar el alma lírica que unos años más tarde escribió Jardín, novela caracterizada por la elegante prosa poética compuesta.

Otros temas de su existencia privada relucieron antes, en 1947, en obras como La tristeza pequeña y Premonición; mientras otras como Canto a la mujer estéril y Juegos de Agua, transmitieron la armazón de su fantasía descriptiva.

“¡Agua de siete velos desnudándote y nunca desnuda! ¡Cuándo un chorro tendrás que rompa el broche de mármol que te ciñe, y al fin por un instante alcance a traspasar como espada, la noche!”, evocaba en algún fragmento oculto en su ser.

El pintor cubano Fayad Jamís comentó una vez que Dulce María Loynaz adoraba leer sus poemas, pues cuando realzaba la voz lograba entretejer en tonos la dramaturgia de sus líneas. Eran ellas una especie de traducción e interpretación de ese cosmos de soledad y dulzura que la rodeaba.

Su obra, sello también de la idiosincrasia del cubano, constituye expresión de nuestros rasgos patrióticos, caribeños, insulares, como bien lo expresara en una de sus creaciones: “Cuba, Isla mía, ¡qué bella eres y qué dulce!”.

Durante varios años, se le conoció, además, como precursora del realismo mágico atribuido a Gabriel García Márquez, sobre lo cual apuntó: “Yo no sé si fue él quien inventó el realismo mágico, porque esas cosas yo diría que existen desde el principio del mundo. Por lo demás sí le concedo que lo difundió. Pero una cosa es inventar y otra, difundir…”.

Dulce María Loynaz fue la autora de las novelas Un verano en Tenerife y Jardín, y de los poemarios Últimos días de una casa y Poemas sin nombre, entre otros. Despuntó en el ámbito de la literatura como integrante de la Academia Nacional de Artes y Letras en 1951, de la Academia Cubana de la Lengua en 1959 y de la Real Academia Española de la Lengua en 1968.

Era conocida como la poetisa del ademán suave que plasmaba frases frescas y claras, descriptivas y directas; con las que esculpió su propio epitafio: “Me consuela pensar que tantos años no han pasado en vano y que todavía sólo con palabras puedo dar alguna felicidad a corazones sensibles”. (ACN)

Compartir

ACN

 
ACN