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Publicado el 13 Abril, 2016 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

Teatro musical: Del lado de sus seguidores

Se estrena en Cuba clásico del teatro norteamericano del siglo XX, como parte de los festejos por el aniversario 75 del Teatro América. Asiste Miguel Díaz-Canel
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Visita de Miguel Díaz-Canel

Poco antes del inicio del espectáculo, Díaz-Canel saludó a artistas e invitados

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO
Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Aunque para algunos todavía el musical en el teatro es una expresión menor, soy del grupo que aprecia esta modalidad de las artes escénicas, no solo por la versatilidad que exige en sus intérpretes (cantar, bailar, actuar), sino también por el ingenio, maestría y sagacidad que demanda de quienes emprenden la escritura o adaptación de los textos que luego devendrán montajes.

No es menos cierto que la azarosa presencia del género en Cuba en las últimas dos décadas aún pesa en la memoria de muchos, justamente, por la amplia tradición que exhibió en los escenarios antillanos a lo largo de casi dos siglos. Sin embargo, a ultranza de mareas inconmovibles, el teatro musical hoy pervive en nuestras tablas y, aún más, se renueva para bien de cultores y adeptos.

Una muestra de ello es la puesta en escena de Víctor Victoria, de Raúl de la Rosa, basada en el original del norteamericano Blake Edwards, estrenado en el teatro América como parte de los festejos por su aniversario 75, agasajo al que asistió Miguel Díaz-Canel Bermúdez, primer vicepresidente de los consejos de Estado y de Ministros, y en el cual Jorge Alfaro Samá, director de la institución, recibió sendos reconocimientos de las direcciones de Cultura, municipal y provincial.

Suscribo cuán loable y hasta audaz, resultó para la Compañía Musical del emblemático coliseo habanero asumir el clásico de la escena estadounidense en medio de las limitaciones de recursos para afrontar espectáculos de tal índole. La propuesta que nos ocupa es una adaptación a la criolla de aquel musical newyorquino que debutara en el teatro Marquis, del circuito de Broadway, en octubre de 1995, el cual alcanzó tanto éxito como la versión cinematográfica homónima que la precedió.

En el París de los años 30 la joven soprano británica Victoria Grant (encarnado por Gretel Cazón, Yenet Cruz o Yenisei del Castillo) no consigue aliviar su existencia paupérrima. Decepcionada y sin trabajo, traba amistad con un simpático y perspicaz maestro de ceremonias, gay y nombrado Toddy (Marcos Medina El Pío o Raúl Araujo lo interpretan), quien logra convencerla de seguir el deseo de “querer ser hombre” y concibe un plan que la convertirá en un célebre transformista, el conde Víctor Grazinski. Sin duda, una historia hilarante repleta de enredos, dobles sentidos y ocurrentes matices rellollos.

Como varón el personaje protagónico espera agenciarse una brecha segura para la realización profesional y en el decurso, lo consigue. Pero, en realidad, el “sutil” fraude más que una necesidad sexual solo le interesa para alcanzar un fin: reconocimiento artístico. Entre risas, la obra propone un escape a la displicencia social hacia la mujer, desde una mirada crítica a una época y una cultura patriarcal, misógina y excluyente que lacerara el espíritu y talento femeninos.

El montaje de Raúl de la Rosa confirma que con poco y deseos, se puede lograr mucho. Lo demuestran la funcionalidad y la sencillez de los diseños de vestuario y escenográfico; la concepción escénica que explota casi todos los ángulos del escenario, incluso, el área del auditorio. El montaje, además, se enriquece con imágenes audiovisuales, a veces, desde una perspectiva didáctica, pero que no incomoda. No obstante, quizá soluciones un poco más osadas permitirían prescindir del black out o apagón en algunas transiciones de una escena a otra.

Profesionalismo, rigor y seriedad evidencia el colectivo en pleno, aunque vale acotar que en determinados lapsos, el cuerpo de baile y los figurantes no hallan la armonía exacta entre la técnica danzaria y el desempeño interpretativo. Así se percibió en la noche del estreno cuando en la primera escena –muy bien defendida por Marcos Medina– pudieron explotarse con más coherencia posibilidades visuales y gestuales de los intérpretes travestidos, por supuesto, sin caer en desazones de mal gusto o estereotipadas.

Víctor Victoria es un buen pretexto para celebrar en y con el “templo de las variedades”, como se le conoce también al América, que a lo largo de muchos años ha apostado y apuesta por este difícil género. Ahora a la nómina que lidera Jorge Alfaro Samá le tocaría replantearse retos inéditos. Desempolvar, recontextualizar y llevar a las tablas piezas antológicas cubanas con similar calidad artística, podría ser uno de ellos. Incentivar a las recientes hornadas de creadores en la escritura de nuevos textos que cuenten y cuestionen nuestras realidades, sería la puerta abierta para que, enhorabuena, el musical siempre esté del lado de sus seguidores.

 

 

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Roxana Rodríguez

 
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