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Publicado el 30 Mayo, 2016 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

Artes visuales: Retratos de los mayores

Pintura moderna cubana en el Museo Nacional de Bellas Artes. En la muestra colectiva se exhiben las creaciones de 14 artistas nacionales de la primera mitad del siglo XX
La muestra, estará abierta al público hasta el 9 de junio.

Hasta el 19 de junio puede visitar Los rostros de la modernidad en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Texto y fotos: RAÚL MEDINA

Como las abuelas que gustan enseñar el álbum de recuerdos, una venerable institución sacó de sus baúles algunos retratos de hace más de 60 años, y los muestra hasta el 19 de junio. Los rostros de la modernidad es la exposición colectiva abierta en el segundo piso del Edificio de Arte Cubano perteneciente al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), donde se exhiben las creaciones de 14 artistas nacionales de la primera mitad del siglo XX.

Según el especialista Roberto Cobas Amate, el retrato “es quizás el que mejor refleja las intimidades de una época”, por ello durante su curaduría seleccionó 42 obras del socorrido género para ponerlas a dialogar con los espectadores de hoy.

En Cuba, este tema se establece como fundamental en la primera mitad del siglo XIX, y desde entonces existió un pulseo entre estilos de la tradición española y las nuevas corrientes francesas de la Academia de San Alejandro, escuela pictórica que introdujo progreso en la cultura insular, fundada en 1818 por el artista galo Jean Bautiste Vermay (1784-1833).

El academicismo regenteó el ambiente plástico hasta la insubordinación de los vanguardistas de inicios del siglo XX, apertrechados con las técnicas y modos de hacer que pueden ser constatados por estos días en el MNBA. De Víctor Manuel García (1897-1969) –autor de esa suerte de “Mona Lisa criolla” que es su Gitana tropical– se aprecia Retrato de Marta Sardiña (1934), entre otros. Él es uno de los pioneros que aproximaron el modernismo europeo al contexto cubano, reacios a prolongar el canon clásico sin incluirles ingredientes autóctonos. También ejerció una labor pedagógica importante, desde el Estudio Libre que se fundara en 1937 y por el que transitaran muchos de los creadores reconocidos como la avant-garde criolla en la actualidad.

- Un “selfie antiguo” de Carlos Enríquez es Autorretrato (1925, óleo sobre masonite).

– Un “selfie antiguo” de Carlos Enríquez es Autorretrato (1925, óleo sobre masonite).

El paladar moderno de estos adelantados los “engolosinó” con diversas sazones –expresionismo, surrealismo, cubismo, técnicas del muralismo…– y la libertad al representar la figura humana los sienta a la misma mesa. Ya sus modelos no serían, exclusivamente, personajes de la oligarquía y la política insular, sino otros artistas, sus familiares y amigos. Todos fueron esbozados sin atenerse a un rígido criterio de verosimilitud, sí a una experimentación técnica que elevó el protagonismo de la pintura misma.

Carlos Enríquez (1900-1957) es uno de los mejores ejemplos de la “bravata” moderna, y la decena de obras suyas expuestas testimonian sus desmanes contra una sociedad mojigata y ese academicismo paralizado por 100 años de obediencia al canon plástico más tradicional de Europa. La fuerza expresiva de la nueva sensibilidad visual, su connotación psicológica, es tal que al oriundo del pequeño pueblo de Zulueta le criticaron un “realismo exagerado” al recrear el cuerpo femenino desnudo en pinturas “inmorales e impropias”.

Degustemos la pimienta que trae su mirada hacia Eva Frejaville –segunda esposa y musa obsesionante de su obra entre 1940 y 1944– en Eva en el baño (1940, óleo sobre zinc); o el humor con el que en 1933 representó a un intelectual en dos obras homónimas, al parecer una ensayo previo de la otra: Retrato radiográfico del poeta Félix Pita Rodríguez, en sendas versiones pertenecientes a la colección Casa Museo Hurón Azul (óleo sobre tela) y al MNBA (tempera y tinta china sobre cartulina). Al bardo criollo Carlos Enríquez le dibujó los genitales y hasta la columna vertebral, como si en vez de pinceles tuviera un artefacto de Rayos X.

Otro retratista notable fue Jorge Arche (1905-1954), a quien debemos un extenso registro de relevantes figuras de la cultura y la vida social cubana. En el segundo piso del edificio dedicado al arte nacional en el MNBA, están las imágenes que hiciera a dos importantísimos escritores de nuestra literatura: Retrato de Martí (un óleo sobre madera de 1943 donde el Apóstol, vestido de camisa blanca, parece salir del marco) y uno de Lezama en 1938, cuando aún no era –a juzgar por la representación– el “Buda de Trocadero”, sino un joven delgado de recias manos. Además, se expone Mi mujer y yo (1937), óleo sobre tela con el que Arche ganara el premio en el salón nacional de pintura y escultura de 1938.

El catálogo de la muestra también incluye a Eduardo Abela (1889-1965), Wifredo Lam (1902-1982), Antonio Gattorno (1904-1980), Arístides Fernández (1904-1934), Domingo Ravenet (1905-1969), Luis Martínez Pedro (1910-1989), Mariano Rodríguez (1912-1990), Amelia Peláez (1897-1968), Felipe Orlando García (1911-2001), Mario Carreño (1913-1999) y Cundo Bermúdez (1914-2008).

Digna de ver es la muestra Los rostros de la modernidad, donde se rescata el legado de artistas cubanos de firma mayor, regalada por su curador ateniéndose a un criterio de José Lezama Lima: “Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido”.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama