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Publicado el 3 Mayo, 2016 por ACN en Cultura
 
 

Viaje a la escuela de todos los mundos

Luego de seis horas de clases diarias, los alumnos de la EICTV deben encontrar tiempo para realizar, además, sus ejercicios finales. En estos momentos el alboroto viene de la mano de los cortometrajes de tres minutos que hacen en primer año y donde cada uno ejecuta todas las especialidades en distintos proyectos
Este centro se presta para dar riendas sueltas a la creación.

Una escuela de cine es como un laboratorio donde se experimenta con las materias primas de este arte: la creatividad, el empeño, la imaginación… (Foto: wordpress.danieltubau.com).

Por MARIATERESA HERNÁNDEZ MARTÍNEZ/ACN

En la ruta de 35 kilómetros que separa La Habana de San Antonio de los Baños hay un lugar donde la utopía, esa que por definición estaba en ninguna parte, se hizo realidad en una escuela de cine y televisión para todos los mundos.

Toma una hora aproximadamente llegar allí. Existe solo un medio de transporte que parte de la ciudad a las siete de la mañana y no regresa hasta las cinco de la tarde. La arquitectura de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), compuesta por varios complejos de color blanco, recuerda a la de los antiguos preuniversitarios.

Desde que uno desciende de la guagua se percata de que no está en un centro académico normal: estudiantes de diversos países del orbe desarman cámaras, preparan sets o alistan otros equipos para salir a filmar.

Un profesor me dice que he llegado a uno de esos lugares donde los sueños aún se materializan. Mientras me habla, descubro el logo del centro clavado en una palma: tres colores (rojo, azul y amarillo) y tres figuras (círculo, cuadrado y triángulo) que se interponen; cada una representa, el curso regular, los talleres internacionales y los de altos estudios.

En un primer pasillo cuelgan los posters de famosas películas realizadas por egresados, entre ellas está Solas, ese filme de Benito Zambrano, nominado a 11 Premios Goya y ganador de cinco.

Le sigue en el camino el comedor, una pequeña tienda y las aulas. De estas salen los educandos que van ahora a sus dormitorios, donde viven los tres años que dura su formación. Pasa a mi lado una joven vestida con largas telas y cubierta la cabeza, quizás iraní o de otro territorio del Medio Oriente, lo que me hace pensar en la azarosa convivencia, desde la distancia de sus hogares infantiles, de sus madres, de los vecinos, de la comida, pero no del resto de sus tradiciones.

Hay poesía en esa ausencia de destinos y lugares, donde el tiempo parece retroceder, donde hay personas tan distintas y a la vez tan iguales, donde las fantasías son reales. Hay belleza, porque el Gabo (Gabriel García Márquez), Julio (Julio García Espinosa) y Birri (Fernando Birri) se encargaron de elegir el espacio preciso, así, en la lejanía, pero repleto de verdes y de inspiraciones.

Las paredes de la institución están llenas de grafitis con mensajes escritos por los directores, actores o documentalistas que han pasado por allí. Te puedes apoyar encima de un mensaje del cineasta Francis Ford Coppola que pone El arte nunca duerme, o quedarte reflexionando con otro firmado por Steven Spielberg (Ama lo que haces). También Benicio del Toro, Abbas Kiarostami y Fernando de Aranoa, son de los profesores que recientemente han compartido aula, albergue y fila en el comedor con los 92 estudiantes actuales de la institución.

Una escuela de cine es como un laboratorio donde se experimenta con las materias primas de este arte: la creatividad, el empeño, la imaginación…

Nada de eso les falta a esos muchachos; muchos de ellos vinieron con el sueño de convertirse en directores, fotógrafos,  productores o guionistas, porque aun cuando para la realidad latinoamericana pagarse una matrícula de 12 mil euros por tres años de estudio significa un gran sacrificio, la EICTV es de las más baratas y prestigiosas del planeta.

Luego de seis horas de clases diarias, ellos deben encontrar tiempo para realizar, además, sus ejercicios finales. En estos momentos el alboroto viene de la mano de los cortometrajes de tres minutos que hacen en primer año y donde cada uno ejecuta todas las especialidades en distintos proyectos.

Veo una pequeña casa de madera y tejas. Me acerco y espío a unos señores trabajando. Les pregunto si ahí vive alguien.

—Estamos preparando el lugar para otra filmación, me dice uno de ellos. Me fijo en los artículos que hay alrededor: una máquina de escribir, una cama, una jaula, implementos de cocina; objetos que mi mente completa con posibles historias, imágenes y vidas ficticias.

Ya he pasado por las salas de montaje y sonorización, la mediateca, el estudio de televisión y también por la zona de deporte: el gimnasio, las canchas de baloncesto y la piscina. Soy testigo de sitios que pudieran ser museos: la habitación 308, adonde estuvo yendo y viniendo el Gabo los 22 años que impartió talleres en la escuela, y que ya ha cambiado mucho; el apartamento que sí se conserva tal y como lo dejó el argentino Fernando Birri: sus libros, algunas ropas, sus juguetes, muchas ideas que les quedaron pendientes por materializar en Cuba, el cartel que sobre una puerta recuerda el conteo regresivo de la fundación de la EICTV, la maqueta de su película Un señor muy viejo con unas alas enormes .

Pareciera que nunca se ha movido de allí, pero las imágenes no alcanzan a cubrir los resquicios de la realidad y él se encuentra allá en su tierra natal. Se acercan las cinco de la tarde y me despido de la EICTV recordando las palabras inaugurales de Birri, aquella tarde de diciembre del 86: “Larga vida a la utopía del ojo y de la oreja, para que la utopía que por definición está en ninguna parte, siga estando aquí, en San Tranquilino”.

 


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