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Publicado el 11 Junio, 2016 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV: El sueño codiciado y otras tentativas

Llevar a la pantalla situaciones, temáticas, actitudes, motiva el interés del espectador, que puede o no identificarse con planteamientos de la narración, pero es consciente del cúmulo de problemáticas expresadas en voces y acciones que se confrontan en la sociedad
-. La intolerancia es un mal que aqueja a la sociedad.

Macario (Manuel Porto), en abierta intolerancia hacia el homosexualismo de su hijo Rogelio (Alberto González). (Foto: tvcubana.icrt.cu).

Por SAHILY TABARES 

Más allá de la primaria identificación emocional, el melodrama es un espectáculo en el cual se busca mucho más que el placer de llorar. En él, lo común, lo aparentemente trivial e insignificante, las rutinas cotidianas, contribuyen a la creación de historias ancladas en conflictos, personajes-tipos, actitudes, filosofías de la vida.

Dicho género dramático lidera –no es el único–, en la estructura de la telenovela que incorpora cada tres capítulos una catarsis, efecto psicológico socorrido desde los antiguos griegos y seguro garantiza un nuevo estado de equilibrio en la trama. A ello no escapó Latidos compartidos, fiel a convenciones y códigos instaurados en la literatura desde el siglo XVIII.

En dichos términos busca empatía el relato telenovelesco desde la presentación que en esta puesta, al parecer, persiguió múltiples asociaciones sin conseguirlo del todo, pues la tipografía en cursiva no fue legible y la representación de las imágenes decayó hacia colores claros sin justificación.

Llevar a la pantalla situaciones, temáticas, actitudes, motiva el interés del espectador, este puede o no identificarse con planteamientos de la narración, pero es consciente del cúmulo de problemáticas expresadas en voces y acciones que se confrontan en la sociedad.

¿Lo hizo reflexionar la intolerancia de Macario (Manuel Porto) hacia el homosexualismo de su hijo Rogelio (Alberto González)? ¿Qué pensó sobre la disyuntiva de Magdalena (Loreta Estévez) ante una situación límite: salvar la vida o ser consecuente con su fe? ¿Es posible que un hombre trabajador, digno, intachable, al estilo de Abel (Fernando Hechevarría) pierda la comunicación con Omar (Carlos Busto), su hijo adolescente?

En Latidos… el juego con las expectativas perdió fuerza, pues la acción dramática central fue desplazada por más de una acción subordinada –mal llamada subtrama–, de envergadura y trascendencia en el curso del relato. Decayó el protagonismo de la lucha entre el bien y el mal representada por Gabriela (Yurelis González) que conquista a Darío (Alejandro Cuervo), y abandona al villano Pedro Pablo (Ulik Anello).

Poco se recuerda el punto de giro, el cual complica la historia y da paso al desarrollo de la ficción; ocurre cuando Pedro Pablo se despierta del estado de coma y retoma sus fechorías.

Quizás, en la forma de manifestarse la construcción dramatúrgica conspiró el tiempo de los capítulos, pues 27 minutos son insuficientes para abordar situaciones dramáticas, llevarlas al clímax y, finalmente, resolverlas en el desenlace.

Los guionistas Amílcar Salati, Gabriela Reboredo y Junior García, exploraron la connotación del humor en el mejoramiento humano sin acudir al chiste de situación mediante la comedia en los personajes-tipos de Miguelito (Raciel Cruz) e Indira (Yaremis Pérez), quienes se reformaron al eliminar un vicio, según exige el género dramático en cuestión.

Todo relato cuenta dos historias: una explícita y otra que debe desentrañarse de la polifonía textual, cuya eficacia incita juicios de valor y patentiza la pluralidad de sentidos del lenguaje artístico, en el cual asumen funciones dominantes, actuaciones, música, sonidos, atmósferas; todos deben ser concebidos para el diseño televisual, de lo contrario pierden su razón de ser, la comunicación con los públicos.

En la telenovela –esta no es una excepción–, todo se dice, impera el tono exagerado, lo casual; secretos, intrigas, engaños, nutren la narración en la que proliferan tipos: buenos, malos, virtuosos, sensatos, hedonistas, tramposos, cobardes; por ello no se puede pedir matices, verosimilitud a los intérpretes, pues encarnan actitudes.

Cada uno defendió el sueño codiciado y otras tentativas. Dicho precepto lo asumieron Consuelo Ramírez, directora general; Felo Ruíz, codirector, en la dirección actoral. Actrices y actores consagrados validados por sus desempeños histriónicos y noveles estuvieron enfocados en la defensa de la acción humana verdadera dirigida a un fin. El resultado dependió no solo del talento, sino, además, de la preparación indispensable para el rodaje de una telenovela que requiere entrenamiento en el set de TV, disciplina, organicidad. Sin dudas, hubo revelaciones, como Belissa Cruz en Angélica.

El humano como especie aspira a ser feliz. Desde diferentes perspectivas Latidos compartidos retomó el sentido de dicho anhelo no con fines didácticos o sociológicos, sino para abrir una franja de claridad en lo íntimo personal. En la conquista de la felicidad el camino elegido es esencial. Lo ilegal, lo éticamente incorrecto; engañifas, maledicencias, nunca serán vías idóneas. En ello insiste la telenovela desde los códigos del entretenimiento, deja claro la satisfacción que sienten las personas al quedar en paz consigo mismas, solo le queda a cada una, actuar en consecuencia.


Sahily Tabares

 
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