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Publicado el 17 Junio, 2016 por Redacción Digital en Cultura
 
 

Una imagen de Pablo de la Torriente

(Foto: EduardoLeyva Benítez)

(Foto: EduardoLeyva Benítez)

En la presentación del libro Pablo en BOHEMIA, que acaba de ocurrir este viernes, ante el colectivo de la revista, representantes de la editorial del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y con la actuación del canta-autor Vicente Feliú –una amplia reseña aparecerá después en este espacio-, intervino el escritor Enrique Sainz de la Torriente, cuyas palabras transcribimos ahora.

UNA IMAGEN DE PABLO DE LA TORRIENTE

Por Enrique Sainz de la Torriente

No tuve la buena suerte de conocerlo personalmente. Estoy seguro de que me habría comunicado su incontenible optimismo, su fuerza, su extraordinaria disposición de ánimo para enfrentar los reveses de la vida y el triunfo de la injusticia: Su muerte se interpuso y me impidió tratarlo y aprender de él sus mejores cualidades humanas e intelectuales. No obstante, pude hacerme una imagen de su carácter y de su personalidad durante mi infancia, pues en mi casa se hablaba constantemente de él, de su manera de ser, de sus impulsos, en especial en boca de mi tía Loló de la Torriente, su familiar más cercano por la comunidad de ideas y de acciones que ambos habían puesto a funcionar en el panorama cubano de los años veinte y treinta frente a la política nacional, caracterizada por la sumisión a los intereses norteamericanos, la presencia en los altos cargos de la República de políticos corruptos y dispuestos a todo con tal de enriquecerse y servir a la poderosa nación norteña.

Entonces supe que en la familia había un joven justiciero, dispuesto a enfrentar la muerte ante la injusticia y la usurpación de los derechos ajenos, defensor de los humildes y explotados.

Mi tía, periodista durante años en esta importante revista que ahora nos convoca, activa luchadora antimachadista y autora de una biografía de Pablo publicada hace unos años, salía a las calles y se enfrentaba a la policía con bríos y valor similares a los desplegados por Pablo y otros ardientes luchadores de aquellos años. Estaban, pues, muy cerca el uno del otro y tenían una relación interpersonal que permitía un conocimiento detallado de esa enorme persona que era este primo osado, bromista, de una cubanía esencial, estentóreo, indoblegable. De esa cercanía llegaron a mí, niño aun, muchísimos relatos que me permitieron hacerme una imagen del pariente, nunca borrada por los años. Entonces supe que en la familia había un joven justiciero, dispuesto a enfrentar la muerte ante la injusticia y la usurpación de los derechos ajenos, defensor de los humildes y explotados. Claro, a esa edad no se tiene noción clara de qué es todo eso de la explotación, la injusticia, la defensa de los derechos, pero sí tenía la posibilidad de saber que Pablo era valiente, decidido, que se había ido a España a luchar contra un ejército, es decir, a jugarse la vida, algo que yo sabía de otros combatientes solo por las historietas que leía o veía en las películas.

Supe entonces también que ese pariente era escritor y periodista, profesiones que en él eran una sola, indivisibles. Conocí más tarde a sus hermanas, muy distintas por temperamento y carácter, apegadas a las normas sociales más tradicionales, a quienes les jugaba bromas continuamente y se reía de esa cierta tiesura que mostraban en el trato con los demás. Mi diálogo con las hermanas me reveló que estaba en presencia de mujeres como tantas y tantas, bien educadas, decentes, discretas, pero incapaces de dar un grito más alto que el de la voz en las conversaciones habituales, y aunque ese rasgo no era para avergonzarse, nos está diciendo que la diferencia con Pablo era muy evidente. Pero no se piense que estoy diciendo que Pablo rompía las normas de la convivencia social establecida y se pasaba la vida gritando ante los demás ni poniendo en práctica conductas indeseables. Nada de eso. Era simplemente que su sed de equidad, su vocación de servicio, su respeto por la dignidad humana lo movían a asumir acciones que condujeran a estremecer todo un sistema basado en el latrocinio, la violencia de las clases poderosas sobre los desposeídos, la imposición de medidas gubernamentales que beneficiaban a los que detentaban el poder en detrimento de las grandes masas populares. No estaba dispuesto Pablo, como no lo estaban tampoco Guiteras, Mella, Martínez Villena y tantos otros, a mantener las cortesías y los modales tradicionales ante aquellas fechorías de los grupos de poder. Su periodismo, para el que estaba dotado especialmente por su talento y alimentado por su combatividad natural, fue un constante acto de denuncia y de intransigencia revolucionaria, un arma inteligentemente utilizada para producir una verdadera conmoción en la opinión pública, de manera que los lectores cobraran conciencia de la historia en la que estaban inmersos y de las fuerzas que los oprimían. Su narrativa estuvo igualmente encaminada a denunciar, a remover los cimientos de una sociedad descompuesta. Creo que Pablo se había hecho la misma pregunta que se hizo Martínez Villena:

Creo que Pablo se había hecho la misma pregunta que se hizo Martínez Villena: “¿Qué hago yo aquí donde no hay nada grande que hacer?”

“¿Qué hago yo aquí donde no hay nada grande que hacer?” Por lo pronto hizo un periodismo combativo, militante, enérgico, directo, liberador, peleó en las calles contra la agresividad policiaca y en defensa de los trabajadores y saqueados, los desamparados de aquella sociedad. Otros hicieron otras acciones igualmente encaminadas a lograr la reivindicación de esos sectores sociales. Finalmente, al estallar la guerra civil española sintió una poderosa impulsión que lo llamaba a combatir desde el periodismo y en las trincheras a ese engendro que había surgido en Europa, el fascismo, en especial en su versión española, país que estaba en el centro espiritual de su condición de hispanoamericano y de cubano. El dolor por lo que estaba ocurriendo en España y la valentía de este combatiente lo condujeron, sin vacilaciones, a irse a aquellas lejanas tierras, tan cercanas en lo espiritual, a brindarle sus esfuerzos como internacionalista. Ese gesto lo convirtió en un contemporáneo nuestro, en un hermano de nuestros días, en un continuador ejemplar de la historia de luchas de nuestro país por defender las causas justas. Aquella turbulencia, aquella fuerza, aquel temperamento dinámico y fuerte encontró otro espacio de realización en tierras españolas en pro de una causa que requería de un aliento mayor. Como estuvo dispuesto a entregar su vida por la causa cubana, estuvo también dispuesto a entregarla por la causa de España, una y la misma que la causa universal del Bien. Su figura ha quedado como la de un combatiente ejemplar y la de un escritor que anhelaba, antes que la belleza, la equidad y la dignidad. Podemos imaginarlo caminando ahora mismo por las calles de La Habana o de cualquier otra ciudad de nuestro país, pues está entre nosotros sirviendo aquí o allá, donde lo llamara el deber.

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Ver también

Pablo en BOHEMIA
A la editorial del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y al entusiasmo de su director, el poeta Víctor Casaus, se debe este volumen con prólogo del investigador Leonardo Depestre

 


Redacción Digital

 
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