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Publicado el 13 Julio, 2016 por María Victoria Valdés Rodda en Cultura
 
 

La palabra no tiene piernas pero camina

La oralidad es uno de los rasgos distintivos de la personalidad africana. Los griots o juglares desempeñan todavía un papel esencial en la formación cultural
Las mujeres en la comunidad.

Las mujeres son activistas importantes a la hora de transmitir mensajes en la comunidad. (Foto: voyagevirtuel.info).

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

La palabra se estiró como una serpiente, se prolongó como un rayo de luz o se abrió como una flor mañanera para darse a conocer en cada uno de los habitantes de África. A pesar de carecer la mayoría de las veces de escritura, sus habitantes lograron perpetuar sus conocimientos a partir de su rica tradición oral. Desde el desierto del Sahara, de los grandes ríos Senegal, Níger, Zambeze o el Nilo, las ideas y los bienes culturales circularon entre sí y desbordaron las fronteras nacionales hacia diversas partes del mundo.

El egiptólogo senegalés Cheikh Anta Diop demostró que la ausencia del lenguaje escrito en África derivó en una diversificación de formas; como ideogramas tatuados en los cuerpos, en la creación de máscaras rituales, y hasta en la música, pero sobre todo en los versos, refranes e historias narradas. En una investigación toponímica y del lenguaje, Diop identificó cerca de 400 nombres o nominaciones que se utilizan todavía tanto en Egipto, Sudán, Etiopía como en varias nacionalidades del África Occidental. El intercambio cultural sistemático, expresado mediante la palabra hablada, explica el parentesco lingüístico entre el egipcio faraónico y algunas lenguas autóctonas.

Para los africanos saber conversar, y hacerlo correctamente es la máxima aspiración de muchos gobiernos y tribus que someten a los más jóvenes a un ciclo de entrenamiento, el cual busca refinar el lenguaje y hacerlo eficaz en cada aspecto de la vida social.

Hasta el siglo XIX los varones de seis años se adiestraban en un curso iniciático que duraba un promedio de 27 años. De este se graduaba un adulto versado en Historia, Matemáticas, Técnica y Ciencias del Universo, e incluso, Moral. Si algo hay que objetarle a este tipo de enseñanza es su marcado carácter machista pues las hembras eran excluidas de ese ciclo, por considerárseles solo apropiadas para las labores domésticas y la crianza de los hijos. Una excepción fueron las sociedades africanas donde imperaba el matriarcado, y ahí sí las mujeres se destacaron con pleno brillo intelectual.

De cualquier manera, la educación tradicional africana fue un pilar indispensable en la conformación de un pensamiento autóctono, el mismo que se trata de dar continuidad en la época actual con la enseñanza de la escritura.

Los griots cumplen las funciones de cronistas sociales para mantener así viva la historia de sus pueblos. (Foto: atlantablackstar.com).

Los griots cumplen las funciones de cronistas sociales para mantener así viva la historia de sus pueblos. (Foto: atlantablackstar.com).

Reverenciada erudición

La cultura africana muchas veces acusada de arcaica e ineficiente ha demostrado que es mucho más fuerte de lo supuesto, pues los líderes comunitarios, conocidos como donikebas o somas, siguen ejerciendo una influencia determinante en la formación de valores precisamente por estar instruidos en el arte de la conversación y el discernimiento, aun cuando los africanos vayan a las escuelas públicas modernas, el lenguaje se transmite de generación a generación. Numerosos organismos internacionales humanitarios presentes en el continente, se auxilian de estas personas a la hora de lograr exitosamente alguna política.

En la cultura mandinga de África Occidental (Gambia, Guinea, Guinea-Bissau, Senegal, Malí, Sierra Leona, Liberia, Burkina Faso y Costa de Marfil), el djele o griot (este último vocablo francés), se erigió en uno de los personajes más representativos y respetados de la tribu.

Con una tradición de al menos mil 600 años, los griots han sido los encargados de preservar la memoria, genealogías, mitos, cuentos, batallas históricas y tradiciones orales. Pero también son vistos como actores de cambio. Por ejemplo, Malí, con un 60 por ciento de analfabetismo, ha podido enfrentar los grandes retos de la contemporaneidad en la que vive de guerras, hambrunas y pobreza, a partir del desempeño comunal de estos narradores o juglares; siendo vitales en la campaña de sensibilización como la del uso del condón, debido a los elevados índices de infestación por el VIH sida.

Desde hace siglos, los griots, entre los que también hay mujeres en el oficio, se auxilian de la kora, un instrumento de 21cuerdas (híbrido entre el arpa y el laúd), del que se sirven para acompañar sus cánticos y retahílas. Y es asombroso cómo en pleno Tercer Milenio los africanos difunden sus mensajes no solo con el verbo, sino que emplean códigos secretos por intermedio de las palmadas o en el batir de los tambores.

África, por razones bien comprensibles, entre las que sobresale el colonialismo, y si exceptuamos la civilización egipcia y el norte en general, careció de una memoria escrita; como todos los pueblos ágrafos, ha gozado no obstante, de una rica y singular tradición oral. Por eso, a menudo en las cortes reales los griots o trovadores africanos eran considerados anunciadores y sus canciones ceremoniales eran parte integrante de la vida política. Muchas de sus historias estaban destinadas a divertir a la gente aunque a su vez servían a modo de instrucción. En la actualidad amenizan bodas, celebraciones varias, y son el alma del saber popular.

Raíces en Cuba

Como los cubanos somos un ajiaco sociocultural, de África nos vienen hábitos y costumbres como esa de atribuirle a la conversación un papel preponderante en todas nuestras relaciones cotidianas. Es a eso que se refiere un interesante libro de Mirta Fernández Martínez: Oralidad y africanía en Cuba, de la editorial Ciencias Sociales, de 2005. Allí es posible acercase al llamado continente negro a través de sus lenguas y geografía.

Aldeas africanas.

En las aldeas africanas, los narradores de cuentos se reunían con el pueblo alrededor del fuego (Foto: dakart.org).

Ese texto nos habla de la presencia de africanos esclavizados, de la persistencia de sus elementos de identidad, como se mantienen hasta nuestros días por el proceso de mestizaje que se produjo en América y de manera específica en suelo cubano. El texto destaca el papel de la resistencia, ejemplificando con el cimarronaje. En consideraciones de la especialista Martha Oneida Pérez Cortés, se trata de una publicación de mucha frescura, por presentar entrevistas actuales de líderes de la religión afrocubana, y su enfoque sobre la conformación de la nacionalidad antillana en lo que respecta a la oralidad.

Al adentrarnos en su contenido encontramos referencias a los remanentes lingüísticos en el caso del palo monte y a la utilización de las lenguas rituales como el yorubá, el fon y el efik. El importante libro también hace referencia a las complejidades y riqueza del habla del africano. Detalla la utilización de las lenguas como espacio de libertad, tanto en las zonas rurales, donde se desarrollaba la plantación, o en las ciudades con los cabildos.

Los cantos rituales y las leyendas traídas de África siguen saltando de boca en boca en nuestra tierra precisamente gracias al resguardo que ha tenido la palabra entre los descendientes de africanos en Cuba.

Si hace un tiempo atrás decir asere era muy mal visto, hoy es cada vez más frecuente su uso, aceptado también por expertos. Dicho término fue estudiado en 1961 por la revista Actas del Folklore, editado por el Centro de Estudios del Folklore del Teatro Nacional, y está registrado en la colección de cubanismos acopiados por Argelio Santiesteban. Estas fuentes certifican que asere o acere, proviene de la religión carabalí, en particular de los abakuás, cuyo lenguaje ritual la utiliza muy frecuentemente y que traducida significa en español ¡yo te saludo! De modo que si al encontrarse con un amigo o amiga en la calle, recibe este saludo verbal estará correctamente expresado. No tenga remilgos en utilizarlo porque es parte de nuestras raíces lingüísticas, y ya es un cubanismo que aparece registrado incluso en el Diccionario del español de Cuba, del año 2000 escrito por un colectivo de autores.

Existen otros términos usados con frecuencia en nuestro hablar diario que tienen su origen en este legado africano. Heredamos también: berocos, por testículos; ñampe, por muerto; bongó, por tambor; ocambo, por viejo; subuso, por calladamente; moropo, por cabeza; chévere, por petimetre o bien trajeado, lo cual se ha extendido asimismo como una cosa muy sabrosa, muy buena.

Europa copia de África

¿Sabía usted que las fábulas de animales fueron introducidas en el Viejo Continente de la cruzada de viajes desde las costas africanas? Conocidísimos son los relatos con enseñanzas de Esopo o de la Fontaine, cuando lo cierto es que estos se nutrieron de la literatura oral venida de muy lejos. En los cuentos de animales africanos aparece una jerarquía de valores donde el mono, el sapo, el caimán, la cabra, la liebre, la abeja, el león, la hiena, el elefante; son símbolos del sentir humano.

Nino Galissa, trovador de Guinea Bissau, nutre su repertorio con la fusión de la música moderna y tradicional para preservar las historias orales que le llegaron de sus antepasados. (Foto: musica.zorrigas.net).

Nino Galissa, trovador de Guinea Bissau, nutre su repertorio con la fusión de la música moderna y tradicional para preservar las historias orales que le llegaron de sus antepasados. (Foto: musica.zorrigas.net).

El sabio cubano don Fernando Ortiz estaba convencido de la importancia de estos cuentos. Al respecto dijo: “Las fábulas de animales son muy numerosas e interesantes en África, tanto que es verosímil que este tipo de narraciones se haya originado entre los negros afroccidentales […]. Su primera aparición parece ser en las obras del griego Hesiodo, que probablemente estuvo en relación con Egipto. Víktor Frobenius –etnólogo y arqueólogo alemán– y otros expertos han observado que las clásicas fábulas de Esopo se parecen mucho a las de los negros africanos. Y hasta se ha dicho que Esopo, esclavo y feo, fue ‘de color’”.

Todavía cuando queremos que nuestros niños sean mejores les aleccionamos con la fábula de la cigarra y la hormiga, donde se enseña el valor del trabajo y del esfuerzo colectivo. Y esta última cualidad nos ha sido legada desde un antiguo continente, cuna de la humanidad toda, a pesar del prurito racista de algunos.

La palabra en África es espejo de una estirpe. Tiene la similitud de su entorno natural, pródigo en torrentes de agua, en amplias sabanas, en un cielo inmenso, a veces falto de lluvia pero nunca de imaginación popular con que nutrir una existencia difícil, la que sin embargo venera la inteligencia de hombres y mujeres comprometidos con su historia y decididos a no callarse nunca.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda