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Publicado el 16 Agosto, 2016 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

Cultura en Revolución

En los más complejos años del período especial el Comandante en Jefe insistió en preservar las conquistas del socialismo y con ello salvaguardar la cultura, los valores y la identidad nacional

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fidel con uno de los grandes intelectuales cubanos del siglo XX, Juan Marinello.

Fidel con uno de los grandes intelectuales
cubanos del siglo XX, Juan Marinello.

Cuando en enero de 1959 la Revolución Cubana rompió con las jerarquías clasistas que le precedían al promover medidas favorables a los sectores poblacionales más desposeídos, demostraba la bancarrota de los conceptos morales, políticos, económicos e ideológicos hasta entonces dominantes, e instaba a participar a las mayorías. Germinaban los pilares para la instauración de una cultura nueva en la mayor de las Antillas.

Las fundaciones del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), la Imprenta Nacional, la Casa de las Américas, nacidas como parte de las primeras leyes promulgadas por el Gobierno Revolucionario, inauguraron una etapa inédita de entender a la cultura desde una perspectiva innovadora y socialista que asumía al arte y a los intelectuales en Revolución.

El papel movilizador de Fidel, capaz de establecer conciliaciones y coherencias entre lo social y lo cultural, la política y la economía, devino una de las contribuciones más relevantes de su liderazgo, justo en un momento histórico en que las naciones tercermundistas padecían con más fuerza que hoy de la atomización cultural impuesta por siglos de coloniaje y latrocinio imperial.

Apenas dos años después del triunfo, en 1961, luego de la victoria de Playa Girón, la Escuela Nacional de Instructores de Arte se convertiría en una realidad para millones de cubanas y cubanos que por primera vez salían del seno familiar para ingresar en la vida social de la nación; en tanto la Campaña de Alfabetización conmocionaba a todos y cada uno de los habitantes de la isla caribeña.

Mientras el Imperio, sacudido en su derrota, instigaba por medio de la subversión interna y externa que aspiraba a culminar con una intervención directa a Cuba, el entonces primer ministro Fidel Castro Ruz dedicó tres históricas jornadas a atender paciente y denodadamente las inquietudes y las propuestas de los escritores y artistas.

Aquel acontecimiento, ocurrido en la Biblioteca Nacional, en junio de 1961, esclareció incertidumbres, propició el consenso de los participantes y culminó con una memorable alocución conocida como Palabras a los intelectuales. La frase expresada por Fidel “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, sentó las bases para concebir una política cultural única, inclusiva, desasida de sectarismos y dogmas.

Devino convocatoria a la unidad de todas las tendencias, las generaciones, las perspectivas de pensamiento porque el proyecto social naciente precisaba “ganar para sus ideas a la mayor parte del pueblo, la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo”, enfatizaba el líder en aquellos instantes.

Al propio tiempo, exhortaba a que las personas decentes y virtuosas, aun cuando no evidenciaran una postura revolucionaria, se integraran al proceso de transformaciones que acontecía y ejercitaran sus energías creadoras en favor de la colectividad. Advertía, también, que “la Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.

Tras aquellas Palabras… surgió la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), que contó en su época primigenia con la presidencia del poeta nacional Nicolás Guillén y los vicepresidentes José Lezama Lima, Alicia Alonso y René Portocarrero; quienes devendrían artistas emblemáticos en sus respectivas expresiones (literatura, danza y artes plásticas). La Uneac, como otras organizaciones e instituciones que vieron la luz en los años siguientes, se dotó de esa hondura revolucionaria y martiana que singularizan al pensamiento de Fidel.

En uno de los tantos encuentros de Fidel con los intelectuales, intercambia con la poetisa Carilda Oliver.

En uno de los tantos encuentros de Fidel con los intelectuales, intercambia con la poetisa Carilda Oliver.

Aunque las décadas precedentes no fueron una panacea de glorias, pues diversos entuertos hubo que afrontar, a veces, por la desidia de algunos o la ignorancia de otros, se logró modelar una política cultural a partir de la máxima del Apóstol de ser cultos para ser libres y un sistema de educación al alcance de todos los grupos y estratos de la sociedad. Esta fue una intención manifiesta desde los días iniciales del Gobierno Revolucionario y en especial, del líder cubano.

OJEADA A LA ACTUALIDAD

En los más complejos años del período especial el Comandante en Jefe insistió en preservar las conquistas del socialismo y con ello salvaguardar la cultura, los valores y la identidad nacional, en una definición de resistencia y supervivencia de la Revolución ante el recrudecimiento del bloqueo estadounidense que desde 1962 ha pretendido barrer la autenticidad de nuestros ideales y convicciones.

En esta difícil etapa, como en otros ámbitos, la política cultural concretada en décadas atrás se perjudicó notablemente. Desapareció casi la totalidad de los centros académicos formadores de instructores de arte. El sistema nacional de Casas de Cultura, un logro irrefutable de la Revolución, decayó por las coyunturas económicas.

Una vez más, Fidel se reveló como artífice y alentador del ingenio creador y en el año 2000, a la cabeza del grupo de trabajo de la Batalla de Ideas, aprobó instituir nuevas Escuelas de Instructores de Arte (EIA) y simultáneamente, replicar la experiencia en todas las provincias del país con el propósito de revitalizar la difusión de las artes en espacios cuya presencia era limitada.

Con los “valientes abanderados de la cultura y el humanismo”, como calificara a los egresados de las EIA, la escuela comienza a consolidarse en tanto institución más importante de la comunidad y su acción trascendió al claustro familiar y abarcó a la sociedad en su conjunto, pues la labor de estos preceptores de las artes se interrelaciona estrechamente también con las distintas instituciones que coexisten en sus respectivos entornos sociales y culturales.

Gracias al trabajo de los instructores en los centros educativos, el sistema de aprendizaje de los más jóvenes se perfecciona y sublima. En poblaciones suburbanas del país, y en lugares donde algunas personas evidenciaban una conducta social inadecuada, la labor de estos activistas sociales no solo contribuyó a corregir actitudes, sino, además, favoreció la apreciación estética y ética de las artes.

Resultó constante la presencia de Fidel en las actividades relacionadas con la cultura.

Resultó constante la presencia de Fidel en las actividades relacionadas con la cultura.

Todavía queda mucho por conseguir, descubrir y explorar. Las políticas y estrategias culturales se replantean hoy cada vez más, en medio de los actuales escenarios que vive Cuba frente a las intenciones estéticas y conceptuales que pretende imponer quien persiste en ser enemigo, que se enfrenta con la vigencia de la política trazada por Fidel.

Que la mayor de las Antillas ostente una escuela cubana de ballet, academias de arte en todos los niveles (elemental, medio y superior); proliferen los espacios para disfrutar y consumir arte y literatura; se organicen eventos de amplia convocatoria nacional e internacional, deben mucho a la visión preclara de aquel joven de poco más de 30 años que en las definitorias Palabras a los intelectuales recalcó sin medias tintas ni rodeos:

“Nosotros, los de esta generación sin edades en la que cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños, los que tienen abundante cabellera o no tienen ninguna o la tienen blanca. Esta es la obra de todos nosotros. Vamos a librar una guerra contra la incultura. Vamos a librar una batalla contra la incultura. Vamos a desatar una irreconciliable querella contra la incultura y vamos a batirnos contra ella y vamos a ensayar nuestras armas”.

 


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez