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Publicado el 18 Agosto, 2016 por Pedro Antonio García en Cultura
 
 

Un regalo para los lectores

Conmovedor texto sobre la Heroína, desde la óptica intimista y familiar de una serranita
Portada del libro Celia, mi mejor regalo, de Eugenia Palomares

Celia, mi mejor regalo, de Eugenia Palomares, publicado por la Casa Editorial Verde Olivo.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Para quienes la conocieron, no siempre resulta fácil dar un testimonio sobre Celia Sánchez Manduley. Personalidad de referencia imprescindible en la historia patria, también se supo ganar el cariño y el amor de sus compañeros de lucha y de trabajo, los huérfanos de guerra que ella prohijó, los vecinos del barrio que aún se emocionan al recordarla. Nunca escatimó un saludo, una palabra de aliento, la ayuda solidaria a quien la necesitara.

Madrina del pueblo, como suele llamarla su amiga y estrecha colaboradora, la historiadora Nydia Sarabia, todos coinciden en afirmar que en la Heroína se conjugaban la ternura, la sensibilidad, el afecto, la exquisita dulzura, el desprendimiento personal, la alegría de vivir y el deseo de compartirla con los que estaban a su alrededor. Exigente hasta la rigurosidad, sabía ser a la vez profundamente humana.

Sobre ella ya hay escrita una excelente biografía, redactada por Pedro Álvarez Tabío y que apareciera en 2003. Pero se necesitaba otra óptica más intimista, familiar, que revelara a los lectores la arista apasionadamente tierna que suelen evocar sus allegados. De ahí la importancia de que la Casa Editorial Verde Olivo haya publicado Celia, mi mejor regalo, de Eugenia Palomares, una niña campesina, hija del capitán rebelde Pastor Palomares, caído en el combate de Palma Mocha el 20 de agosto de 1957, semanas antes del nacimiento de la pequeña, quien desde la edad de nueve años fue confiada por sus ya muy ancianos abuelos a la ejemplar revolucionaria.

El primer capítulo del libro es un recorrido por la vida de la Heroína cuando joven, a través de los relatos de hermanos y familiares, hasta su inserción en el movimiento revolucionario, en la clandestinidad y la Sierra. En este último lugar conoció a Eugenia, aún una recién nacida en una oscura e intrincada cueva, de quien fuera madrina de bautizo y para la que encargó personalmente su canastilla.

Según los recuerdos de la autora, Celia era una referencia constante en su casa y en la de sus vecinos en El Naranjo, Santo Domingo, en el firme de la Sierra Maestra. “Parecía que era de allí”. No es de extrañar que sus abuelos no dudaran en enviarla adonde la Heroína a La Habana. Eugenia nos lleva en su relato a sortear caminos de piedra y fango y los cruces del río Yara, en la grupa de un caballo, guiada por un amigo de su padre, para llegar a Providencia, de ahí en yipi hasta Manzanillo y en guagua, a descubrir la capital.

Asistimos a su primera noche en la casa de Celia en la calle 11, los cuidados que ella comenzó a prodigarle para restablecer su salud, cómo estaba atenta al aprendizaje de la niña que hasta entonces era casi analfabeta y de carácter arisco y rebelde, lo cual fue venciendo a fuerza de amor y cariño. Sonreímos con los avatares de la serranita, que al principio repudiaba el agua del refrigerador y la dejaba reposar para que perdiera el frío, y nunca había ido a un cine. Conocemos cómo su madrina la fue educando y preparando para la vida, hasta llegar a lo que hoy es, una graduada universitaria, especialista en Historia y Ciencias Sociales.

Aunque Celia protagoniza la narración, los lectores descubrirán en el volumen a figuras cimeras de la Revolución, Fidel en primer plano, que tuvieron una estrecha relación con la antaño serranita. También aparecen sus hermanos de crianza –otros niños acogidos en la casa de la calle 11–, y sus condiscípulos y profesores de la escuela José Martí, de Santa María del Mar, donde conoció a pequeños y adolescentes de otros países y constató el espíritu de solidaridad de la Revolución Cubana.

Este es el segundo libro de Eugenia Palomares, ya nos había sorprendido en 2013 con Bajo el sol de la Sierra, publicado asimismo por la Casa Editorial Verde Olivo. Solo nos queda esperar que la autora cumpla su promesa, expresada en las últimas líneas de Celia…, de seguir “leyendo, investigando y contando historias que no se deben olvidar”. Y nos ofrezca otro texto tan conmovedor como el que ahora reseñamos.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García