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Publicado el 5 Septiembre, 2016 por Caridad Carro Bello en Cultura
 
 

Camajuaní: Andanzas en tierra encantada

Famoso por sus parrandas y otras tradiciones populares, este lugar de ríos y fértiles valles donde se planta tabaco y caña de azúcar, mantiene vivos sus hechizos
Carrozas, elemento principal de las parrandas en Camajuaní.

Las carrozas son el elemento principal que identifica la parranda de Camajuaní. Reflejan temáticas distintas cada año.

Por CARIDAD CARROBELLO

Fotos: cortesía de ALEJANDRO BATISTA y CAROLINA VILCHES

Camajuaní es un vocablo siboney. El sufijo “ni” significa lugar, y el nombre del pueblo se traduce como el “lugar de las camaguas”, porque en la zona abundaba ese árbol en las orillas de los ríos. En tiempos coloniales el hato mostraba un espectacular paisaje de frondas reflejadas en las aguas claras.

Alrededor del siglo XVII, la entonces finca de San Francisco de Camagua-ní, pertenecía al territorio de Remedios. Según Alejandro Batista López, especialista de comunicación en el sectorial municipal de Cultura del territorio, el pueblo está “sembrado” sobre el río que atravesaba la parte central de la finca. Le rodean grandes llanuras, de ahí que también se le denomine la tierra de los valles y las parrandas.

En Camajuaní se respira constantemente un aire parrandero. Lo demuestran las simpáticas esculturas de un chivo y un sapo que, con gestos retadores, se ubican a la mismísima entrada del pueblo villaclareño. E igual se halla ese espíritu desenfadado en el carácter del camajuanense, en sus modos de hacer literatura, en las artes plásticas, los bailes, vinos, comidas…

El efecto de entrada de los barrios en la parranda se perdió, no existe la emoción de los palenques, ni el delirio de los parciales, ya no hay faroles ni faroleros, lamenta Alejandro Batista. (Foto: CARIDAD CARROBELLO).

El efecto de entrada de los barrios en la parranda se perdió, no existe la emoción de los palenques, ni el delirio de los parciales, ya no hay faroles ni faroleros, lamenta Alejandro Batista. (Foto: CARIDAD CARROBELLO).

Entre cohetes y tambores

La parranda es un concepto que agrupa todo, donde se unen manifestaciones de artes plásticas, pirotecnia, farolería, música, teatro, danza, literatura, convertidos en elementos competitivos. Es el gran fenómeno cultural, que trasciende al año entero, aunque se hace más patente entre enero y marzo.

Alejandro Batista explica que esta fiesta sumamente hermosa moviliza a muchos creadores populares, la mayoría sin formación profesional, para expresar sus inquietudes artísticas.

Destaca que igual se encuentran bellas labores artesanales en los trabajos de plaza de Remedios y de Caibarién, así como en las monumentales carrozas de Vueltas. Pero Camajuaní es especial.

“Aquí confluyeron diversas etnias mucho antes de que el terruño adquiriera (en 1879) el título de pueblo, y aquellos habitantes sintieron la necesidad de mantener vivas las prácticas festivas que traían consigo.

“Los chinos trajeron la pirotecnia, sus faroles, la técnica del trabajo con papel, los dragones; los españoles, sus carrozas, la letra poética de los cantos, además de sus cabezones (muñecones); los africanos, su música e instrumentos para el toque de conga en el changüí de parranda; y los árabes -aquí se mezclan turcos y judíos- aportaron sus tejidos, joyas y abalorios”.

La parranda camajuanense tiene más de 120 años de existencia. Es un arte de imitación que cautiva desde el momento mismo de seleccionar el tema a representar, hasta que se lanza a la calle como espectáculo.

Sobre sus orígenes, René Batista Moreno contó en sus escritos que en enero de 1890 Antonio Méndez Ginoria bajó por una loma del poblado con una campana que soportaban sobre un madero los negros Juan Quintero y Motembo; recorrieron con gran ruido el territorio e iban llamando a la fiesta del santo patrón San José, en la barriada de La Loma.

Aquello disgustó a los habitantes del barrio bajo La Cañada, quienes entendieron dichas incursiones como una provocación, y comenzaron a salir entonces con un grupito musical cantando canciones alusivas a su barriada.

El 6 de enero de 1894 fueron organizadas las primeras parrandas; el pueblo quedó dividido en los barrios denominados Chivos y Sapos. Entonces aparecieron carrozas tiradas por bueyes y caballos, hubo luces de bengala, cohetes y fuegos artificiales; además se presentaron por ambos barrios los primeros arcos de triunfo.

Precisa el entrevistado que con los años, estas fiestas siguieron enriqueciéndose, y del simple cohete se pasó a los voladores de luces y explosivos, al palenque y al mortero; se incursionó en piezas de fuego, cascadas, barquillos, zarandas y tableros.

“Los toques de changüí, que habían adoptado la variedad instrumental española, a partir de 1910 tomaron el sabor de la música de los negros. Desaparecieron la bandurria, la guitarra, el acordeón, las claves, el güiro y la pandereta, para dar paso a tambores, bombos, tumbadoras, rejas de arados, cencerros, trompetas y quijadas de caballos”.

Tierra de escritores y artistas

Después del triunfo de la Revolución hubo un fuerte movimiento literario en la municipalidad. Fue fundado el taller literario José García del Barco. Se creó la editorial y la revista Hogaño, única en la provincia, a finales de los años 60.

Coheteros de las parrandas de Camajuaní.

¿Qué se harían las fiestas de este lugar sin sus coheteros?

Un artículo del escritor e investigador Joel Sequeda valora que el mismo René Batista plantó como nadie sus ojos sobre la parranda, con su mirada de folclorista la vio no como un simple festejo sino como un fenómeno cultural digno del más exhaustivo análisis.

Como es de esperar, las artes plásticas hoy también se relacionan con la festividad municipal. Destacan nombres como Adoración Hernández, Enrique de Paz y José (Pepe) David Garrido, artesanos y dibujantes.

Se afirma que años atrás otro artífice de la plástica, Roberto Prieto, había dado a las magníficas piezas rodantes la imagen monumental, con grandes escenarios de palacios y de obras de la literatura, lo cual ha servido de sedimento cultural en los espectadores.

Desde entonces hasta la fecha, las carrozas abordan asuntos históricos, mitológicos, literarios, entre otros. “Los lugareños comienzan a conocer sobre estos temas, a estudiarlos, buscarlos, y de esa manera cualquier parrandero, hasta el más humilde, habla del renacimiento o el barroco, de la corte del Rey Arturo, o narra la historia de Madame Dubarry”, dice Alejandro Batista.

Otra figura destacada es María López Martínez, viuda de René Batista Moreno: artesana, decoradora y dibujante popular del grupo Signos de Santa Clara, fundado por Samuel Feijóo en la década de los 70.

Ella lleva trabajando en las parrandas más de 45 años y por esa trayectoria de vida se le otorgó, en 2015, el premio Memoria Viva, que confiere el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

Mitos y fantasías

Aparte del gran festejo parrandero y las artes que le acompañan, existen otros focos de cultura popular en Camajuaní. En las tradiciones campesinas, abundan los decimistas, los improvisadores; y mucha fama tienen los dulceros del central José María Pérez y los vinicultores de Taguayabón.

Aunque no hay muchos alfareros, se pueden encontrar algunas obras de barro en los espacios de los trabajadores por cuenta propia, donde desde luego sobresalen las representaciones de sapos y chivos. Es posible hallar labores con pieles, en forma de calzado y cintos, que contribuyen a cubrir la demanda popular.

Varias culturas foráneas añadieron sus peculiares sazones a las tradiciones del municipio. Los hebreos aportaron mucho, fueron orfebres, joyeros, y esas labores aún las mantiene el pueblo en adornos y pinturas. También la presencia china se observa en las comidas.

Por la herencia canaria y africana, este pueblo posee una gran religiosidad. Los velorios de santos, que estuvieron desaparecidos por un tiempo, se rescatan en Salamanca La Vieja, en el central José María Pérez. Allí, en una cueva, se vela a San Lázaro cada 17 de diciembre.

El mayor foco de cultura tradicional popular de la provincia existe en la zona de la familia Fusté. Se llama la Celebración de la Santísima Cruz de Mayo, realizada cada día 3 del quinto mes del año. Esta manifestación cultural tiene unos 200 años de existencia. Consiste en una peregrinación de la cruz, llena de flores, hasta el río; mereció en 2010 el premio Memoria Viva.

En la Quinta Junco, a ocho kilómetros del centro municipal, hay guajiros cuentistas. Ellos organizan eventos de decimistas, narran historias fantásticas sobre brujas que vienen de Islas Canarias a robarse a los niños y también fantasean sobre los diablos.

En general, los camajuanenses poseen gran fantasía: como si los estuvieran viendo delante de sus ojos, hablan de aparecidos, güijes, jigües en los ríos Sagua la Chica y Camajuaní, cuentan de madres de agua que salen de un pozo en las inmediaciones del antiguo ingenio La Matilde.

No faltan en los campos las historias de muertos, luces espeluznantes que aparecen en los caminos, mujeres con cuencas verdes en los ojos, apariciones de ahorcados, fantasmas, y de grandes bandoleros, casas embrujadas y dineros hallados en botijas.

Aun en la ciudad se narran historias fantásticas. El hotel Cosmopolita, un edificio donde se alojaron personalidades como el famoso violinista Claudio Brindis de Salas, luego de quedar abandonado y en ruinas ha servido de caldo de cultivo para la habladuría popular. Allí la gente oye ruidos, ve luces, imagina escenas macabras.

En fin, que Camajuaní es mezcla agradable de folclor, de fantasía, de belleza, que ni el más travieso güije de los cuentos cubanos lograría desaparecer.


Dibujo de Samuel Feijóo.

Dibujo de Samuel Feijóo.

Así lo vio Feijóo

Las rivalidades de los barrios de Camajuaní, divididos en Sapos y Chivos, han enardecido por décadas a los habitantes de este pequeño pueblo villaclareño. Vale la pena conocer cómo rivalizan.

Desde complicadas carrozas monumentales hasta changüíes de gran estruendo musical, fuegos artificiales, explosiones de morteros, voladores, palenques, cohetes, luces de bengala y fieras broncas, se pueden ver y escuchar en los días de sus famosas parrandas, que continúan.

(Samuel Feijóo, 18 de julio de 1971)


Caridad Carro Bello

 
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