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Publicado el 16 Septiembre, 2016 por Pedro Antonio García en Cultura
 
 

Cine, doce aventuras para un verano

Un ciclo que se desarrolló a sala repleta en el Multicine Infanta
Fue leal para enemigos y para amigos traidor.

Yuri Bogatyryov (Shilov) y Konstantin Raykin (Kayum) en Fue leal para enemigos y para amigos traidor.

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Foto: Cortesía Icaic

Hubo para todos los gustos. Desde ciencia ficción y oestes, hasta cintas de horror y de misterio. Para los jóvenes significó la oportunidad de ver junto a filmes recientes, aquellos del pasado que solo conocían por referencias. Y para quienes ya peinamos canas, reencontrarnos con títulos vistos en la adolescencia, en otra vuelta a la nostalgia que ha devenido (al menos para mi generación) característica de esta temporada estival cinematográfica.

En la memoria, Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) era un buen recuerdo. Un visionaje actual nos revela costurones nunca antes detectados y un final deplorable y patético. Pequeño gran hombre (Arthur Penn, 1970) sigue siendo la sátira desmitificadora que disfrutamos hace ya más de cuatro décadas. En cuanto a El bueno, el malo y el feo (Sergio Leoni, 1966), aunque para cierta crítica especializada es la mejor parte de la trilogía de su director con Clint Eastwood, prefiero Por unos cuantos dólares más.

La sorpresa vino del este. Traída por la ópera prima de Nikita Mijalkov (Oblomov, Esclava del amor, Quemado por el sol), cuya obra, sin excepciones, es hoy objeto de culto. Nos referimos a Fue leal para enemigos y para amigos traidor (1974). Una nueva visión, 40 años después, nos convence de que ha ganado contra el implacable tiempo.

Una marcada influencia de los oestes espagueti de Leoni, de Howard Hawks –vía Leoni–, e incluso de Butch Cassidy y Sundance Kid, de G.R. Hill, se aprecia sobre todo en la fotografía de Pavel Lebeshev (Ascensión), en el encuadre de los personajes, en los amplios planos de la llanura y las montañas rusas. Pero aún mejor es la música de Eduard Artemev, asiduo colaborador de Konchalovsky, Tarkovsky y del propio Mijalkov, quien ha asimilado creativamente a su maestro Ennio Morricone en lo de convertir la partitura en un soporte dramatúrgico. Los solos de trompeta en el filme son algo que cada admirador de Mijalkov menciona, tiene que mencionar.

Párrafo aparte para el alto nivel de actuación. Yuri Bogatyryov (Oblomov, Ojos negros), protagonizando al agente de la Cheka (Seguridad soviética) Shilov, fue una de las pocas virtudes concedidas a la cinta por la crítica de la época, y debemos concordar con que estuvo muy bien. Pero para ser justos, igual calificación merecen Aleksandr Kaydanovsky (Stalker, Brillantes para la dictadura del proletariado), como el ambicioso Lemke; Konstantin Raykin, en el papel de su vida, Kayum, pues se mueve entre la demencia y la maldad, y se roba todas las secuencias en que aparece; asimismo, Nikita Mijalkov, en su rol como actor (el jefe cosaco Brylov), quien no acapara tanta cámara como le acusaron sus detractores de entonces.

No podemos dejar de mencionar a esa gran figura de la escena rusa, Anatoli Solonitsyn (Andrei Rubliov, Solaris, Stalker), quien demuestra, con su secretario partidista Sarychev, que no hay papel pequeño. Este personaje tendrá ecos no lejanos, incluso reitera su forma de vestir, en otra genial interpretación del actor: Portnov, el interrogador nazi en Ascensión, de Larisa Shepitko.

La crítica resultó excesivamente cruel con Fue leal… durante su estreno, en todas partes. Incluso ciertos colegas hablaron de cabos sueltos en el filme: evidentemente no se percataron de que al infiltrado en la Cheka lo matan en la secuencia del almacén, al ser descubierto e intentar sacar un arma. Tampoco entonces estaban acostumbrados al humor de Mijalkov, como luego asimilaron con su obra posterior.

Muchos de los reproches a algunas secuencias que entonces se calificaron de simples imitaciones de clásicos, ahora se consideran intertextualidades. Cuando Sarychev echa a correr por el pastizal al ver que a lo lejos Shilov, sobreviviente de su odisea, viene tambaleándose, ¿no es una remembranza, un homenaje a Otelo y Cuando vuelan las cigueñas?


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García