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Publicado el 31 Octubre, 2016 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

Paradigma de permanente resistencia

Flora Lauten, directora del grupo Buendía.

La maestra Flora Lauten, directora del grupo Buendía y mentora de varias hornadas de creadores, volvió a sorprender como actriz en una difícil caracterización. (Foto: LEANDRO PÉREZ PÉREZ).

Por: ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Ni la proximidad del huracán Matthew ni las limitaciones de recursos impidieron andar los derroteros que singularizaron a la escena de los dos últimos años en este archipiélago del Caribe bloqueado, pero siempre acucioso en refrendar la identidad y la cultura nacionales.

Lo visto hace pocas semanas en el recién concluido 16º Festival Nacional de Teatro de Camagüey reafirmó que –como reza el verso del notable bardo– “no hacen falta alas para hacer un sueño”, si prevalecen las ganas de continuar concibiendo un arte que sea luz y reflejo de la nación en que germina.

La Ciudad de los Tinajones abrió sus puertas y convidó a una fiesta entre públicos y teatristas con presentaciones de probada calidad en espacios cerrados y al aire libre; mientras, exhibió instalaciones remodeladas para la cita, especialmente, las del actual Centro Cultural José Luis Tassende y el centenario Teatro Avellaneda, donde en sus inmediaciones se develó la escultura monumental del artista Sergio Roque Ruano que perpetúa la presencia en el imaginario colectivo de una de las figuras femeninas más sobresalientes de las letras hispanoamericanas del siglo XIX: Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Aunque por las inclemencias climatológicas, se lamentó las ausencias de colectivos de Las Tunas, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo, el evento se renovó en su concepción de ser una plataforma de intercambio vivo, orgánico, más allá de los espectáculos vespertinos que –para éxito de sus hacedores– colmaron las salas de seguidores, a pesar de las lluvias.

Las conferencias magistrales y los talleres fueron algunos de los ejes promovidos en las jornadas teóricas que sesionaron en el Centro de Convenciones Santa Cecilia y sirvieron de marco para la reflexión, la polémica y la actualización de saberes en torno a los diversos tópicos que atañen a los centros cubanos de la Unima (Unión Internacional de la Marioneta) y la Assitej (Asociación Internacional de Teatro para Niños y Jóvenes, por sus siglas en francés).

Tras años de dispersión en capítulos precedentes del Festival, los encuentros con la crítica trazaron un nuevo cauce a modo de zona valiosa para el diálogo y el pensamiento en torno a las connotaciones múltiples que sobre este particular ocurren en el panorama teatral cubano.

Todo agasajo de respeto siempre tiene un espacio para los homenajes. Por ello, se dedicaron sendas muestras de admiración a dos Carlos imprescindibles en la escena antillana de ahora mismo: los premios nacionales Carlos Celdrán y Carlos Díaz, líderes de los grupos Argos Teatro y El Público, respectivamente.

El Fórum por los 40 años de la Universidad de las Artes (ISA) develó aristas imprescindibles sobre este centro estudios que, como sustento de la praxis y la teoría desde la academia, es inspirador y guía de la creación escénica cubana. Asimismo, se tributó momentos de deferencia a la Asociación Hermanos Saíz (AHS) que, por estos días, celebra su aniversario 30.

Mecánica, del dramaturgo Abel González Melo.

De Henrik Ibsen a la Cuba de hoy mismo es el mensaje de esta “casa de muñecas” a que invitó Mecánica, del dramaturgo Abel González Melo, y cargo de Argos Teatro. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

Muchas voces y un solo teatro

Si algo distinguió a la muestra de esta edición fue la convivencia de diversas estéticas y lenguajes, reflejo en la actualidad de todo cuanto coexiste en el panorama teatral de la mayor de las Antillas. Volvió a conmover a los espectadores y la crítica la poética de Éxtasis, de Teatro Buendía, la cual trajo de regreso a las tablas en la condición de actriz a la maestra y directora teatral Flora Lauten, después de varias décadas alejada  de la actuación.

Desde una partitura dramática creada por Raquel Carrió, Eduardo Manet y la propia Lauten, y con puesta en escena de estos últimos, la pieza bien reverencia al nombre que le da título por la fuerza y el sentido coherente con que se traen a la contemporaneidad reflexiones sobre la existencia de Santa Teresa de Jesús o la madre Teresa de Ávila, reconocida por la historia universal como reformadora de amplias luces y artista prominente.

Teatro de Las Estaciones que dirige Rubén Darío Salazar, una vez más, se sumergió en la sabiduría que emana de la obra martiana, e inspirado en el poema Los dos príncipes, propuso una versión homónima para teatro de sombras concebida por María Laura Germán; un obsequio pródigo de sugerente visualidad que entrelaza, armónicamente, el discurso poético y sonoro.

También para compartir en familia la agrupación Teatro Tuyo, de la provincia de Las Tunas, presentó la obra Superbandaclown que evidenció cuánto se puede experimentar y crear desde el mimo y la técnica del clown, y desde ahí cumplir el cometido primordial de legitimar la cultura popular tradicional, en tiempos en que se pretende cargar de tergiversaciones las raíces identitarias de los pueblos.

Hasta calles y plazas públicas llegó la selección del Festival con propuestas que construyen la universalidad sobre la base de la reafirmación de lo autóctono. Así ocurrió en Yayaberías, del proyecto Teatro Garabato, único representante de Sancti Spíritus en el evento, y liderado por José Meneses. Sustentada en la interpretación de música en vivo, danzas y manejo de figuras de grandes proporciones, la nómina espirituana revalidó elementos de la cultura campesina y a la vez, deleitó a quienes anduvieron en esas jornadas por la plaza del Carmen.

Igualmente, en espacio abierto, los transeúntes y visitantes vieron –y disfrutaron, además– de El viejo y el mar, en una adaptación para teatro callejero de la novela original de Ernest Hemingway; un montaje con variados recursos simbólicos que se impregnó con tino de la energía del protagonista de la obra.

Los habaneros de los colectivos Argos Teatro y El Público dejaron gratos recuerdos con 10 millones y Mecánica, ambas del equipo de Celdrán; y por la nómina de Díaz, cautivaron Charlotte Corday o el animal y Perla Marina, esta última, la puesta en escena que sirvió de ejercicio de graduación a estudiantes de la Escuela Nacional de Teatro y mediante la cual su principal mentor continúa su ya habitual vocación pedagógica. Sin duda, pinceladas de toda una muestra que, a pesar de las inevitables ausencias, se distinguió por la heterogeneidad, y la riqueza estética y conceptual.

La urbe camagüeyana, más que anfitriona, demostró tener un público conocedor y avezado, capaz de aprehender la pluralidad de poéticas que acompañó a este encuentro dieciséis, cuya memoria es “un saco gigante” –al decir de Freddy Núñez Estenoz, director artístico del Festival y líder de Teatro del Viento–  “que guarda dentro de sus viejos muros y en el alma de su gente tanto teatro, nuestro teatro made in Cuba”; una expresión artística que, aquí y ahora, confirma su postura de resistencia; en tanto, se revela cuestionador, inquisitivo y preocupado por el  pasado, el presente y el futuro de la nación; suscribe así su permanencia en el tiempo y las generaciones.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez