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Publicado el 7 Diciembre, 2016 por Pedro Antonio García en Cultura
 
 

CINE: Shakespeare en celuloide

Junto a Otelo, Hamlet, Los amantes de Verona y El Rey Lear, el terrible Próspero hizo de las suyas en la sala 3 del Infanta, justo en el aniversario 400 de la muerte del célebre bardo
Yuri Jarvin (el monarca) y Valentina Shendrikova (Cordelia) en El Rey Lear.

Yuri Jarvin (el monarca) y Valentina Shendrikova (Cordelia) en El Rey Lear.

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA

Foto: Cortesía del Icaic

Desde que el cine se transformó en sonoro, surgió la polémica infinita de si el autor de Romeo y Julieta era o no el “argumentista” idóneo para el séptimo arte. Desde entonces han llovido las adaptaciones fílmicas, con éxitos y fracasos. La Cinemateca de Cuba, que ha trasladado provisionalmente sus proyecciones para el Multicine Infanta, quiso incursionar en el debate y puso a disposición de los espectadores una excelente muestra sobre el bardo inglés con el pretexto de cumplirse cuatro siglos de su fallecimiento.

El cine soviético se mostró muy proclive hasta su desaparición en adaptar obras de Shakespeare a la gran pantalla. El Rey Lear (Grigori Kozintsev, 1970) fue uno de esos tantos intentos. Una vez que nos acostumbramos a oír hablar al protagonista en el idioma de Tolstoi en vez de la acostumbrada lengua original del dramaturgo isabelino, quedamos impresionados con la fidelidad del realizador soviético con el texto (el diálogo está basado en la traducción al ruso de Boris Pasternak, Premio Nobel de Literatura) y su hábil conducción de los actores, que en nada tiene que envidiar a antecesores y sucesores en sus papeles.

Este redactor, como cualquier admirador de Shakespeare, quedó inmediatamente atrapado. Pero no lo suficiente como para dejar de advertir que Kozintsev a veces no se percata de que las reglas del audiovisual difieren de las de las tablas y en su fidelidad a ultranza, no obvie ciertas escenas (como la de Lear y Kent en la choza con los pobres), que enfoca como teatro filmado y no cinematográficamente. Otro momento de la muestra, Romeo y Julieta (Franco Zeffirelli, 1968), ofreció varios ejemplos de cómo con imaginación puede hallarse una solución adecuada.

La música de Dimitri Shostakovich, un verdadero lujo, también se desaprovechó, pues poco aporta como recurso dramatúrgico, como sí sucede con la banda sonora, un personaje más, en Hamlet (Laurence Olivier, 1948) y Otelo (Orson Welles, 1951), también exhibidas en el ciclo. En cambio, las actuaciones son antológicas. Yuri Jarvet es el definitivo rey Lear y costará trabajo hacerlo olvidar. Y para quienes peinamos canas, significó un rencuentro con Donatas Banionis (Solaris), como el duque de Albany, y Regimantas Adomaitis (Nadie quería morir), en el papel de Edmundo, el traidor hijo de Gloucester. Y con Valentina Shendrikova (Cordelia), esa belleza nórdica de la que siempre lamentaremos que no haya tenido más oportunidades en el cine de su país.

La Tempestad fue representada por primera vez el 1º de noviembre de 1611. Aunque su argumento sirvió de inspiración a varios pintores (William Hogarth, Angélica Kauffman, John W. Waterhouse) y a más de 40 óperas, en la actualidad ha sido vapuleada por pensadores del Tercer Mundo, que la catalogan de colonialista, y por el movimiento feminista, que la acusa de machista.

A Peter Greenaway lo que le interesó de esta pieza teatral para su versión fílmica Los libros de Próspero (1991) es la historia del omnipotente mago, inventor y manipulador de personajes, a quien aprecia “como un autorretrato de Shakespeare”. Para ello tuvo la complicidad de John Gielgud, el veterano actor británico, entonces frisando los 87 años, el fotógrafo Sacha Vierny y la editora Marina Bobdiji, y entre todos nos bombardean con un barroquismo visual donde las imágenes son más importantes que el largo monólogo declamado por el protagonista.

Para algunos, Los libros… es una obra no lograda e insatisfactoria, con un hilo narrativo carente de sentido y desnudos gratuitos; otros la clasifican como una impresionante puesta en escena y llegan a afirmar que ese es el cine del futuro. Este redactor prefiere quedarse en el justo medio: es un filme original, que no le desagradó, aunque hubiera preferido un poco más de Shakespeare y un poco menos de Greenaway. Y en cuanto a la desnudez, es mejor llamarla “despreocupada”, como la calificó cierto crítico amigo hace algunos años.


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García