Un filme entretenido
La cinta argentina El ciudadano ilustre, con un excelente nivel de actuación, convence a los espectadores cubanos
Por PEDRO A. GARCÍA
Foto: Cortesía del Icaic
Una vez más un filme argentino inicia el 38º Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Esta vez el seleccionado fue El ciudadano ilustre (Gastón Duprat y Mariano Cohn, 2016) precedida de favorables críticas tanto en Europa como en Latinoamérica y por una espectacular acogida de taquilla en su país.
Mantovani, un escritor argentino autoexiliado en España gana el Premio Nobel y como es natural, expresa en el acto de premiación en Suecia el sentir de sus coterráneos, quienes aún sangran por la herida de que a Jorge Luis Borges los académicos de Estocolmo siempre le negaron el galardón.
Ante una invitación de sus coterráneos, regresa al pueblecito natal tras décadas de ausencia y después de un comienzo paradisiaco, transita por el infierno y el terror, pues su cosmovisión de intelectual choca con el tradicionalismo abúlico de provincia, congelado en el tiempo. Y con intereses creados.
En cierta medida, El ciudadano ilustre es una cinta convencional que se queda a medio camino entre la comedia y la crítica social. Sin embargo, convence a los espectadores, que no abandonan la sala hasta después de los créditos. Y lo que es más extraordinario, a pesar de su comicidad a ratos burda y su humor negro, funciona.
Como muchas películas argentinas, solo muestra la punta del iceberg, lo esencial subyace, es sugerido. No es de extrañar que el público europeo la ovacionara en su estreno allá: no solo logra una pincelada de la realidad sudamericana, eso también sucede en España, Italia, Francia, lo que le otorga una innegable universalidad.
Hay momentos predecibles, como en toda comedia: cualquier cinéfilo avezado intuye quién es la muchacha que se le mete al escritor en el cuarto del hotel. Y otros discutibles: los retratos en la oficina del intendente que delatan su filiación peronista, cuando en todos los partidos argentinos abundan políticos de este tipo.
Uno de los grandes méritos del filme es la caracterización de los personajes. Son tan humanos que parecen haber sido copiados de la vida real. Sin dudas el mejor delineado es el del escritor, ese Mantovani de verbo ácido y filoso, que ha olvidado (o que es incapaz ya de comprender) la lógica y la dinámica de su terruño natal.
Oscar Martínez (Retratos salvajes, No te mueras sin decirme adónde vas) es un actor fuera de serie, ha sabido llevar magistralmente a la pantalla el protagónico que esbozaba el guion y nos regala una de sus grandes interpretaciones. Sin dudas, gran parte del éxito del filme se debe a su talento.
Dady Brieva, usualmente un actor cómico de televisión, parece destinado inicialmente en Antonio (el amigo de la infancia) a ser el compinche gracioso pero luego, gracias al inteligente guion y a una adecuada dirección actoral, transita de la amabilidad a la violencia más brutal y es otra actuación memorable.
Son eficaces Andrea Frigerio (conocida entre nosotros por Poné a Francella), como la antigua novia, y Belén Chavanne (la muchacha del hotel), aunque para ser sinceros, la última exhibe mejor su hermosura de hembra formidable que sus dotes actorales, pues no le exige mucho el libreto.
Otra actuación destacada es la de Manuel Vicente como el intendente, más proclive a contemporizar que a defender un criterio, capaz de todo por comprar la paz a cualquier precio. No es una caricatura, menos aún un estereotipo, como algún crítico señaló. Es un espécimen común, incluso en el primer mundo.
“El arte es una interpretación de la realidad’’, reitera Mantovani a todo lo largo de la cinta. Ese parece ser el credo de los realizadores, que junto con un poeta cubano, parecen decir: “La realidad no es fácil imaginarla, se vive simplemente”




