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Publicado el 11 Febrero, 2017 por Liset García Rodríguez en Cultura
 
 

Canto por Santi

Tres años después de su partida, el más pequeño de los hermanos Feliú tiene algo que decirle a la esperanza y viene a encontrar enamorados de él y de su música

Por LISET GARCÍA

El alba tiene su casa en La Habana, donde está permitido soñar. Pero, por lo vivido allí este 9 de febrero, casi fue una obligación ponerse a volar y entregarle a la imaginación todo el poder.

En ese tono, con tales señales y otros avisos, transcurrió la velada que preparó en la Casa del Alba Cultural, del Vedado habanero, el trovador Vicente Feliú en homenaje a su hermano Santiago, quien un día de febrero de 2014 decidió irse para siempre. ¿Será cierto que no está?, y ¿no estará más?

Los que abarrotaron la sala para ese homenaje tuvieron suerte.  En su tradicional Canto de todos, espacio que organiza Vicente cada mes en esa Casa, esta vez pudieron disfrutar de recuerdos y buena música, la que hizo Santiaguito Feliú, la más conocida y alguna que otra pieza que dejó inédita, sin grabar…

Se hizo acompañar de otro poeta, Augusto Blanca, y el guitarrista y concertista argentino Félix Robledo, quien estuvo junto a Santi en dos giras por su país y es un especialista de su obra. “Él ha tenido la osadía de llevar al pentagrama –al decir de Vicente–, sus canciones, algo que nosotros no hemos tenido el valor de hacer”.

Como lo anunció Vicente, era creíble que “el concierto sería fundamentalmente un recordatorio al Santi”, pero podía haber anticipado: Aquí se va a hablar de poesía, de luciérnagas, de enamorados que andan con su luna entre los brazos.

O que se iba a soñar con ese hombre que fue gago, zurdo y único. Con ese jodedor cubano que se apareció de madrugada en la casa de su amigo Augusto Blanca –¿cuántas veces habrá aparecido así, sin más?, a pedir un café. Corrían años de estrecheces, conocidos eufemísticamente como período especial, y acabado de despertar, Augusto le dijo: no hay café. Lo traje, respondió el más pequeño de los hermanos Feliú, y “también leche, y hasta alfajores”, una delicia de dulce que recién había traído de Argentina.

El encuentro sirvió para acercarnos más a ese ser humano, ayer y hoy enamorado, como declaró en una de sus piezas, en cuya voz florecieron canciones y en sus ojos vimos nacer la bondad. De quien se seguirá hablando porque de su guitarra, que tocaba lo mismo a la derecha que a la zurda, siguen saltando notas, corazones, palomas, noches, locuras, desamparados…

Por ese sentido de lo ignoto que nos ronda, nadie dudó que en el homenaje él era esa luna llena que alumbraba, desde donde veía y sonreía, como siempre.

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Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez