0
Publicado el 5 Febrero, 2017 por Redacción Digital en Cultura
 
 

JOSÉ SOLER PUIG

La vida y las palabras

A propósito del centenario de su natalicio ocurrido en 2016 BOHEMIA se acerca a una de las figuras más notables de la literatura cubana

Por CIRA ROMERO*

Fotos: CORTESÍA DE LA AUTORA

La obra narrativa de José Soler Puig (1916-2016), uno de los autores más sobresalientes aparecidos poco después del triunfo revolucionario de enero de 1959, marca un momento significativo de la literatura cubana. Recorrer sus novelas, cuyo punto culminante es El pan dormido (1975), pero a la que antecedieron títulos tan relevantes como Bertillón 166 (Premio Casa de las Américas, 1960), En el año de enero (1963), El derrumbe (1964), El caserón (1976) y Un mundo de cosas (1982), entre otros títulos, es emprender caminos que transitan desde los temas, donde su Santiago de Cuba natal ocupa espacio preferente, hasta su indiscutible y reconocida pericia narrativa. El recientemente conmemorado centenario de su nacimiento propicia el recuento obligado.

Los inicios: guionista de cine y de radio, dramaturgo

Este escritor –nacido el 10 de noviembre de 1916–, autodidacto y forjado al calor de lecturas y empeños que a veces superaron sus fuerzas, siempre amenazadas por su delicada salud, pero no temió, sino se exigió a veces leer y releer una misma obra que le provocaba interés y hasta, incluso, copiarla en libretas para que tal ejercicio avivara su propia creatividad. Estas experiencias y necesidades literarias estuvieron enriquecidas por su propia vida, que lo condujeron, previo a su ejercicio literario, a desempeñar los más diversos oficios, algunos de los cuales estuvieron presentes en sus novelas.

Así, conoció de cerca la elaboración del pan, los secretos para fabricar el aceite de coco y la destilación del ron, la vida de jornalero, de cortador de caña, desempeños que marcaron su vida y su obra. De este modo fue forjando lo que todo creador necesita: un mundo amasado desde su memoria factual, que en su caso encontró sitial geográfico imprescindible: su natal Santiago de Cuba, evocada en cada una de sus creaciones.

soler-puig-y-chilaSer el novelista por excelencia de la ciudad heroica no fue un título concedido, sino ganado a fuerza de llevar a sus páginas no solo situaciones específicas de ese entorno, porque sus novelas respiran al ritmo, al olor y al color de esa ciudad, de sus calles, plazas y gentes que la habitan. También pertenecer a la Juventud Socialista y al Movimiento 26 de Julio le aportaría, desde sus respectivas vivencias, ganancias para su labor.

En 1939, con 17 años, Soler Puig publicó su primera obra, el cuento Noche infernal, aparecido en la revista Cúspide, que veía la luz en el central Merceditas, de la antigua provincia de La Habana, firmado como José Magín Soler. A partir de entonces escribió muchos otros, algunos de los cuales se publicaron, a fines de los años 50, en las revistas Carteles, Galería y Antorcha, estas dos últimas de Santiago de Cuba.

Tras recibir el Premio Casa de las Américas por la más universal de sus novelas, Bertillón 166, traducida a más de 30 idiomas y llevada el cine por Rebeca Chávez con el título de Ciudad en rojo (2009), Soler se inició como guionista de radio y de cine en el Icaic y a él se debieron dos guiones: el de su cuento Año nuevo, que cerró la trilogía fílmica Cuba 58, y el de la película Preludio once. Cuando el ataque a Playa Girón en 1961 integró el equipo que viajó a ese territorio para filmar escenas de los combates.

De regreso a Santiago de Cuba se afirmó como escritor radial, medio en el que colaboró hasta 1980 y para el cual redactó unas 12 novelas, entre estas El nudo y El caserón, que después aparecieron como libros. En dicha ciudad, de la cual no se separó jamás, fue asesor de teatro y presidió la filial de la Uneac. En 1964 el Conjunto Dramático de Oriente escenificó su comedia El macho y el guanajo, basada en una pieza francesa del siglo XVI. Su novela El derrumbe fue adaptada por su autor al teatro y en 1980 estrenada por el Conjunto Dramático de Camagüey.

Las palabras de José Soler Puig

No se obtienen el Premio Nacional de Literatura, concedido a él en 1986, junto con quien fue su guía, mentor inicial y coterráneo, el ensayista y crítico José Antonio Portuondo, ni tampoco la Distinción por la Cultura Nacional y la Orden Félix Varela de Primer Grado si no existe la solidez de una obra, en este caso literaria. La suya lo es por muchas razones.

Escribir puede ser un placer, puede llegar a convertirse hasta en un vicio sano, pero también puede constituir un gran problema. Para José Soler Puig el acto de la escritura se convirtió en un verdadero dolor y sintió la literatura ceñida a su esqueleto. De sus desgarraduras interiores brotó, en un desplazarse vertiginoso, un microcosmos urbano unido siempre a la región de nacimiento, para legarnos una obra fruto de una pasión y también de una profunda meditación ante el arte literario, tensión vital forjada en un empeño en el que casi se le fue la existencia. Escritura la suya de linaje pasional, dadora clave de lo que hoy se conoce como narrativa de la Revolución Cubana, a ella contribuyó de manera decisiva con un impulso indetenible hasta casi su fallecimiento, ocurrido el 30 de julio de 1996.

Junto a jóvenes escritores santiagueros, con quienes tam-bién les interesaba departir.

Junto a jóvenes escritores santiagueros, con quienes tam-bién les interesaba departir.

Lejos del individualismo intelectual para contar historias, Soler conjugó de manera ejemplar referentes colectivos, bordeó la llamada “novela de ideas”, donde aunó la acción y cierto suspense tradicional, mientras en una especie de juego entre el pasado histórico y el presente inmediato creó telones de fondo que, en la mayoría de los casos, no fueron un pretexto, sino elementos relevantes de una trama hasta cierto punto afín a lo melodramático, pero sin correr el riesgo de tomar el estilo como un artefacto final, teniendo en cuenta que las posibilidades creativas pueden (y deben) ir más allá de la mera reflexión política o filosófica, o de las preferencias de determinados lectores.

Si la literatura duele a veces tanto como la vida, es precisamente porque en ella el escritor saca a la luz, incluso de forma involuntaria, sus propios “fantasmas”. En la novelística de José Soler Puig se dan cita esas visiones recurrentes, que son las del propio autor y las de sus protagonistas, reconocibles en lo que pudo ser pero también en lo que no pudo ser, en tanto la memoria suele comportarse como conciencia de pérdida.

En sus novelas la construcción de esa conciencia y su sentido a través de la potencia re(creadora) de la memoria se convierten en la materia y en el objeto de toda su operación literaria: la memoria –la literatura– inventa la vida al recordarla, y de este modo la dota del sentido de que carece y la arranca de su condición mortal. En este sentido Soler Puig se abrió a la literatura desde altas tensiones dramáticas, de las cuales es expresión mayor Bertillón 166, cuya estructura circular le permite erigirse tanto como un reflejo fiel de la acción clandestina, como también elevarse a cotas más altas: ser expresión del heroísmo popular en la lucha por conquistar la pisoteada libertad.

La pintura realista de personajes y la atmósfera de las situaciones permiten que el lector se erija, él mismo, en constructor del texto que lee, trasladando a través de las peripecias y vicisitudes de los personajes sus propias circunstancias, mediante un ritmo fluido y una prosa adecuada a sus propósitos.

En el momento de su publicación constituyó la visión más auténtica del dramatismo de la lucha clandestina y expresión del nivel de participación de las diferentes clases y grupos sociales en el conflicto, marcados cada uno de los personajes principales por una clara conciencia clasista.

Asimismo, los incidentes y vicisitudes que tienen lugar se presentan ajustados y precisos, según el alcance de cada situación. Bertillón 166 supo recoger en una unidad temporal de apenas 24 horas la esencia de uno de los momentos más convulsos de la historia cubana más reciente, expresados de una manera auténticamente convincente, con imágenes efectivas y rotundas, en medio de una acción revolucionaria maciza, menos individual que colectiva, lo cual permite una mayor penetración en las urdimbres de las historias narradas.

Sin desmerecer sus novelas posteriores, entre las que se destaca preferentemente Un mundo de cosas, donde recogió más de un siglo de la historia de Cuba mediante conflictos y situaciones diversas, El pan dormido marcó el cenit literario de José Soler Puig y representa uno de los momentos cimeros de la novelística cubana contemporánea, sobre todo por sus perfiles innovadores desde la perspectiva de la narración en sí misma, pues la historia –los años 30 del siglo pasado durante la dictadura machadista– gira alrededor de dos ejes importantes: la panadería La Llave y la familia Perdomo, propietaria del establecimiento.

Con una novedosa forma de narrar, esta obra posee una profunda riqueza expresiva y transita hacia el ahondamiento de la realidad sin desechar discretas concepciones mágicas como un modo de evadirse de las urgencias de la vida cotidiana. Calificada como novela testimonial de aprendizaje –“podría decir, ha dicho el autor, que me impuse la tarea de escribir la biografía de mis familiares […] y es que en mi familia ocurrieron muchas cosas curiosas, había gente interesante”–, la obra no es solo el relato de los años de formación de un niño santiaguero, sino además el testimonio vívido de una clase social: la pequeña burguesía, cuya imagen dinámica y compleja representa a partir de registrar su inestabilidad, la esencia de sus relaciones de producción con el proletariado y con sus competidores en el mismo giro, sus patrones de conducta y su anodina tabla de valores.

El pan dormido y toda la obra narrativa de José Soler Puig se inscriben en lo mejor de la tradición de la novelística cubana de todos los tiempos. Vista en su conjunto se abre a la realidad más común en una especie de fuego súbito ofrecido al conocimiento. No aporta conceptos, sino se confunde con la luz y el instante, restaura el fluir de lo real y deja las palabras a su libre brotar.

Las novelas de José Soler Puig constituyen la arquitectura espiritual de un hombre realizado a través de sus obras, portadoras de sus pesadillas y de sus lúcidas miradas. Nos legó un gesto especulativo alimentado de su personal modo de decir y se abrió a búsquedas existenciales diversas, mientras su espacio literario se tendió hacia indagaciones donde nació el sentimiento de la exaltación. Fue un narrador fiero y pasional, ardiente y memorioso. El mejor homenaje en el centenario de su nacimiento es leerlo con gozo.

 

*Escritora, ensayista e investigadora del Instituto de Litera-tura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor.


Redacción Digital

 
Redacción Digital