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Publicado el 14 marzo, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

ARTES ESCÉNICAS

Islas excitantes

En Cuba, folclor de la tierra del sol naciente. En la sala Covarrubias del Teatro Nacional, una noche reciente, la Compañía de Danza Teatral de Okinawa Chura presentó el espectáculo Okinawa excitante: la flor del sol, como parte de una gira que incluyó escenarios de Guatemala, México y Panamá
El taiko es un instrumento tradicional del folclor japonés.

El taiko es un instrumento tradicional del folclor japonés.

Texto y Foto: RAÚL MEDINA ORAMA

No es exotismo pasado el hechizo que ejercieron los paisajes, estéticas y filosofías del lejano Japón sobre algunos poetas cubanos de centurias anteriores, sino fascinación presente. La cultura de aquella nación antes tan enigmática, se ha extendido por occidente en mangas (sus historietas), animes (sus “muñequitos” audiovisuales), el estilo kawaii (moda de enternecedor kitsch), la tecnología y los emojis, esos coloridos ideogramas con los cuales se dice mucho en Internet.

Hace 402 años arribó allende los mares el samurái Hasekura Tsunenaga –primer nipón huésped en Cuba, que sepamos– y con él comenzaron los vínculos entre los dos archipiélagos anclados en caras opuestas del orbe, pero cada vez más cercanos. Quien dude sobre esta proximidad que revise la prensa de septiembre de 2016, y leerá de la acogida brindada al premier Shinzō Abe –el que invocara el olimpismo ataviado como Supermario, hijo pródigo de los videojuegos Nintendo– cuando nos visitó entonces. Lo sabrá bien quien haya visto cómo entre nosotros retoñan criollos otakus, aficionados a los personajes de la industria del entretenimiento originada en el Imperio del Sol Naciente.

El espectáculo fue auspiciado en Cuba por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y la Embajada del Japón.

El espectáculo fue auspiciado en Cuba por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y la Embajada del Japón. (Foto: Facebook de la compañía)

También constató la “niponmanía” este redactor, en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, una noche reciente. Allí la Compañía de Danza Teatral de Okinawa Chura presentó el espectáculo Okinawa excitante: la flor del sol, como parte de una gira que incluyó escenarios de Guatemala, México y Panamá. Lo mostrado entonces no se originó del universo de calcomanías, fanzines y consolas electrónicas, sino de antiquísimas tradiciones y leyendas pertenecientes al folclor del territorio más septentrional del país asiático, representado a través de la música, la danza, el teatro y las llamadas “artes marciales”.

Desde 1998 la agrupación promueve por el mundo las singularidades de la ínsula más grande del archipiélago Ryūkyū, a medio camino (cultural y geográficamente) entre China y Japón. Gracias a Chura, en 38 países y 72 ciudades de cuatro continentes saben de qué hablamos cuando se menciona la tradición de Okinawa, conocida como “la isla del baile y el canto”.

¿Cuántas veces no se ha dicho algo parecido de Cuba? Tal vez la musicalidad desarrollada por ambos pueblos –de notables diferencias rítmicas, pues ellos parecen tener el don de lo apacible– tendió un hilo cálido entre los públicos de acá y las danzantes lideradas por la directora Wakako Komine. Lo cierto es que la compañía integrada casi toda por mujeres llenó la sala.

¿Qué trajeron las alegres emisarias? El intérprete Kouji Hishimoto explicó en español el significado de cada una de las obras. Abrieron con Yotsudake, en la que se utiliza el sombrero Hanagasa, símbolo de la región sur de Okinawa. Para crear tales accesorios los artesanos se inspiraron en las flores rojas, el cielo azul y las olas blancas que caracterizan la zona. Yotsudake es el nombre de algo parecido a lo que conocemos aquí como castañuelas, utilizadas para percutir. Con esta danza –y con el Baile de la grulla y la tortuga– se le da a bienvenida a la felicidad. ¡Pues que venga!

Abundaron las coreografías que representan estampas de paisajes, costumbres y personajes típicos de la región: El baile del mar, El baile de los remos (sobre los pescadores), Angama (danza humorística donde se remeda a los ancianos, usando una máscara) y MamidomaIneshiri, simpática imitación de una jornada en la vida de los agricultores del pueblo.

El baile del león mostró un ingenioso muñeco que escondía en el vientre a dos bailarinas pasmosamente coordinadas. Subieron al escenario luego de juguetear entre el público, para ahuyentar malos espíritus, pedir una próspera descendencia y una cosecha abundante. Imploramos que el felino danzante –originario de China– saliera del teatro y no parara hasta recorrer todas las fincas del país, de Pinar del Río a Guantánamo, pero no sucedió. Entonces la dulce voz de Megumi Gushi nos tranquilizó con baladas okinawenses.

La cantante se acompañó del sanshin, instrumento musical parecido a un laúd, pero de cuerpo de madera cubierto con piel de serpiente, y tres cuerdas extendidas por un mango largo y angosto. Otro ingenio sonoro característico: el taiko, tambor que apoya el desenfreno de la danza Eisa.

Sumergida en la serenidad de algunas formas coreográficas, está el valor para el combate de los nativos de las islas Ryūkyū. El baile de las artes marciales es en realidad una de las kata –técnicas organizadas en peleas imaginarias- que preservan el conocimiento del kárate-do, originario de Okinawa y muy popular en Cuba.

Según Ernesto Guzmán, investigador y sensei de kárate vinculado durante años a la Cátedra de Estudios de la Cultura Japonesa de la Universidad de las Artes, en 1507 prohibieron a los civiles del pequeño territorio usar armas y métodos de autodefensa para beneficiar a los samuráis y sus señores. Por ello los instructores de bailes populares enmascararon las formas de combate en alegres danzas, como las que deslumbraron en el espectáculo Okinawa excitante: la flor del sol.

Debe pensarlo dos veces antes de echar un pasillo con un okinawense, si lo invitan. ¿No quiere arriesgarse a las consecuencias de un pisotón? Doble la cerviz, sonría con misterio asiático y diga: “No, gracias”. Mejor: ¡Arigato!


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama