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Publicado el 22 Marzo, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

Leer como respirar

Si recorremos la historia advertimos que esta práctica no estuvo, antes ni ahora, al alcance de todos. Fue cosa de élites políticas y religiosas durante siglos. También sucedió así en Cuba, hasta que la Revolución de 1959 rescató el derecho de las amplias mayorías al conocimiento
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Feria Internacional del Libro Cuba 2017

La Feria del Libro, evento que se celebra en Cuba una vez al año, ha de ser solo una parte de los esfuerzos por fomentar la lectura.

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Se dice, y mucho, que en el siglo XXI se lee menos. Quizás no se lea menos, sino diferente. La lectura es un proceso cognoscitivo y comunicativo complejo que bien mirado ya no se ciñe solo al concepto tradicional: decodificación de un mensaje a través de un canal escrito.

Si recorremos la historia advertimos que esta práctica no estuvo, antes ni ahora, al alcance de todos. Fue cosa de élites políticas y religiosas durante siglos. También sucedió así en Cuba, hasta que la Revolución de 1959 rescató el derecho de las amplias mayorías al conocimiento. Aquí significaron hitos culturales relevantes la Campaña de Alfabetización y el surgimiento de la Imprenta Nacional. Hay una conocida expresión del Comandante en Jefe Fidel Castro que caracteriza el espíritu ilustrado con el que avanzó durante aquellos años el proceso emancipador: “No le decimos al pueblo: ¡cree! Le decimos: ¡lee!”.

Desde entonces, a contrapelo de estrecheces económicas, ha sido mandato de las instituciones cubanas promover entre la población el encuentro placentero y necesario con productos de calidad artístico-literaria. Ejemplo de ello es la 26ª Feria Internacional del Libro que durante estas semanas se desarrolla en las provincias del país. Según autoridades del Instituto Cubano del Libro, en la capital se vendieron más de 300 000 ejemplares, cantidad que supera en 100 000 a la del pasado año. Ojalá estas cifras tengan una sustancia de real florecimiento de lectores, porque a veces llevamos volúmenes a casa que nunca abriremos o compramos los de fácil degustación: libros de métodos y filosofías de dudosa eficacia para estimular el intelecto.

¿Por qué –se preguntarán– la insistencia de BOHEMIA en que llenemos nuestros armarios, “reales” y digitales, con textos que nos llevarán días o meses digerir? Leer no solo enriquece el vocabulario y alimenta el arsenal de ideas con las que tratamos de explicarnos el mundo ancho y ajeno, sino que depara beneficios a la salud. Uno de los mejores ejercicios que podemos hacer para mantener vigoroso el cerebro es abrir un libro y transitarlo. Especialistas en neurociencias aseguran que tal actividad requiere poner en juego un importante número de procesos mentales, entre estos la percepción, la memoria y el razonamiento; activa el hemisferio izquierdo del cerebro, reino del lenguaje y el análisis, aunque también se estimulan otras zonas. Además, refuerza las habilidades sociales, la empatía y reduce el nivel de estrés.

En 2015 el Observatorio Cubano del Libro y la Literatura coordinó un estudio de hábitos y consumo de la lectura en 34 universidades de las 15 provincias del país y el municipio especial Isla de la Juventud. La mayoría de los encuestados declaró gustar de esa práctica, pero no supera el 15 por ciento la cantidad de estudiantes que terminó más de un libro en un año. Lo anterior lo leímos en el informe presentado a finales de 2016 por la Comisión Permanente de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el cual dio cuenta del funcionamiento en Cuba de las bibliotecas públicas, el hábito de lectura y el uso de la lengua materna.

Según el documento, leer continúa considerándose en la Isla como un valor, aunque muestra una tendencia decreciente. Si bien otros análisis consultados por los parlamentarios coinciden en que alrededor de 40 por ciento de la población reconoce leer libros y un 50 por ciento revistas y periódicos, también verifican que el consumo audiovisual constituye la práctica cultural fundamental de más de 60 por ciento de los cubanos. De manera que en nuestro escenario las prácticas de lectura son cada vez más distintivas de grupos poblacionales específicos, por lo general vinculados a ocupaciones profesionales.

Aunque a tientas, el libro digital también llega a Cuba; todavía son escasos los autores y editoriales que deciden publicar en ese formato –barato, fácilmente distribuible–, pero numerosos jóvenes lo consideran fundamental. Aquí, como en otros lugares del orbe, se está configurando un nuevo tipo de lector y quienes crean, atesoran, y comercian literatura no pueden dar la espalda al fenómeno.

El mundo digital es particularmente beneficioso para las bibliotecas públicas, cuyas colecciones sufrirán menos desgaste si a la par del viejo y entrañable texto “físico” almacenan su clon de bits. Ese es solo uno de los caminos por los que podemos rescatarlas como templos de la comunidad –por concurridas y veneradas, no por aburridas. Tales centros precisan inversiones que diversifiquen sus espacios y prestaciones, que las conviertan en sitios bellos y acogedores. Si ha de derrumbarse algo, en medio de las carencias materiales, ha de quedar en pie el santuario de las letras.

Si bien el Estado propicia el acercamiento a la literatura, no es el único responsable de la formación de un ciudadano lector, crítico. Importa sobremanera los tempranos encuentros del niño con las narraciones o poemas que pudiera oír en el hogar. Luego, en la escuela, ha de esperarle un maestro que sea él mismo ávido leedor, y no mero repetidor de cartillas.

Durante el tercer milenio la aparición y el movimiento de las informaciones son continuos y veloces como nunca antes en la historia de la humanidad, los datos se diseminan por la sociedad mediante disímiles canales y códigos. No pocos añoran el reinado del libro como símbolo de crecimiento cultural. Nosotros también, y creemos que puede ser decisivo en la actual pelea cubana contra el imperio de la banalidad. Debemos trabajar creadoramente para que leer –al menos para la mayoría– sea tan natural como alimentarse, andar, respirar.

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Raul Medina Orama

 
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