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Publicado el 3 Abril, 2017 por ACN en Cultura
 
 

Añeja torre de la Iglesia Mayor, símbolo de Sancti Spíritus

Testigo de los más disímiles acontecimientos de este terruño, su construcción demoró unos 80 años. Está considerada una de las obras arquitectónicas más relevantes del período colonial en Cuba

ACN FOTO/ Oscar ALFONSO SOSA

Tania Rendón Portelles

Sancti Spíritus,  abr (ACN) Todo aquel que tiene el privilegio de conocer la Iglesia Parroquial Mayor, en el corazón del centro histórico de esta ciudad, sabe que el Monumento Nacional se caracteriza, además, por su torre-campanario, reflejo del tesón de los constructores de antaño.

  Testigo de los más disímiles acontecimientos de este terruño, cuya historia registra que se demoraron en erigirla unos 80 años, la torre-campanario pertenece a una de las construcciones arquitectónicas más relevantes del período colonial en Cuba, de ahí que cada año cautive a todos aquellos que llegan hasta ese lugar para contemplarla y admirarla.

  Única a un lado y edificada luego de la visita del obispo Espada en 1891, según recogen documentos históricos de Sancti Spíritus, el símbolo espirituano tiene tres cuerpos cúbicos que disminuyen ligeramente en ancho y ostensiblemente en altura y llegó a ser en su momento la torre más alta de la mayor de las Antillas.

   Su altura inicial fue de 40 metros, equivalente a un edificio de 15 pisos, pero varias descargas eléctricas afectaron la cúpula y a mediados del siglo XIX se le dio el remate que aún conserva, por lo que actualmente el campanario del conocido Templo del Espíritu Santo posee unos 30 metros.

   Quienes se atreven a subir aseguran que allí se respira el aire fresco, se puede observar gran parte de la ciudad espirituana y también admirar las enormes campanas de la iglesia, las cuales, al sonar, recuerdan a los pobladores que en el corazón de esa otrora villa todavía se erige, majestuoso, el templo católico más antiguo de la ínsula.

   Acompaña a la torre-campanario un reloj que da la hora para el norte y para el sur de la ciudad y data de 1911; pero el primero que tuvo fue comprado en 1771 con 600 pesos reunidos por el pueblo.

   A cada hora, este reloj mide el tiempo y ya forma parte de la vida de los espirituanos, por lo que muchos recurren, confiados, al gran círculo donde giran las manecillas para garantizar la puntualidad de sus quehaceres.

   En algunos momentos de su larga existencia, la vieja maquinaria detuvo el paso y fue como si dejara de latir el corazón de la ciudad e incluso, aquellos que antes no repararon en el reloj, lo reclamaron de igual forma.

   Ya sus sonidos se han tornado habituales, pero siguen atrayendo las miradas de los transeúntes cada vez que anuncia el paso de las horas; mientras, desde su altura, observa a los caminantes y se muestra “orgulloso” de resistir tempestades o simplemente, porque “sabe” que es herramienta fundamental de la vida humana.


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