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Publicado el 24 Abril, 2017 por ACN en Cultura
 
 

Leyendas y verdades del Marqués de Guáimaro

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Tania Rendón Portelles

Trinidad, Sancti Spíritus, abr (ACN) Pese a los siglos transcurridos, aún en Trinidad la leyenda de los enterramientos de oro y el asesinato de los esclavos que trasladaban la fortuna del Marqués de Guáimaro para conservar el secreto, han mantenido su vigencia y hay quienes aún buscan el tesoro.

Y es que ese señor, uno de los individuos más acaudalados de la otrora villa de la Santísima Trinidad y que llegó a poseer una fortuna de cinco millones de pesos oro por el año 1850, dejó en su testamento a una gran cantidad de esclavos beneficiados con ese caudal, por la fidelidad prestada.

Sin embargo, al momento de testar tenía el ilustre personaje cerca de medio millón de pesos oro en préstamos a sus parientes y amigos, aunque también había invertido oro en negocios para poder incrementar su fortuna.

La leyenda continúa viva y todavía hay quien piensa en ir en busca del oro que enterró, en medio del misterio, este hombre de abolengo, ya que no son pocos los que han indagado en la historia del Marqués y aseguran que en algún lugar del ingenio Guáimaro pueden existir tales riquezas, de acuerdo con hábiles charlatanes.

Perteneciente a la familia Borrell, un linaje que llegó a convertirse en un símbolo de poder del siglo XIX y atesoró una de las más grandes fortunas trinitarias, ostentaba el título de Marqués de Guáimaro por su hacienda e ingenio, cuya casa se conserva con sus arcos, escalinata y pinturas murales, situada en la finca de su nombre, en el Valle de San Luis o de los Ingenios, en esta ciudad, en el sur de la provincia.

Para que se tenga una idea de su poderío sépase que la dotación de esclavos del ingenio Guáimaro, el 22 de octubre de 1861, era de 424 hombres (congos, criollos y moros) y 83 mujeres (congas, moras y criollas), mientras en la quinta había nueve varones y 10 hembras; sin contar otros ingenios y propiedades.

Lo cierto es que aún otros mitos se ciernen en torno a esta figura, pues la cláusula vigésima de su testamento guarda un marcado interés y curiosidad para cualquiera, ya que Don José Mariano Borrell y Lemus, su nombre exacto, consigna que su esposa “ha sido la persona que el sábado16 de febrero de 1861 me mandó a asesinar de un tiro de arma de fuego de la que milagrosamente he escapado infiriéndome cinco heridas en el pecho y brazo izquierdo”.

Mariano Borrell y Lemus ciertamente murió joven, mientras -sin saber durante qué tiempo- entre los sólidos muros del antiguo Cuartel de Dragones, instalación que luego sirvió de Academia de Artes de Trinidad, guardó prisión Doña María Concepción Villafaña, marquesa de Guáimaro, por su responsabilidad en el atentado contra su cónyuge.

La tradición oral cuenta que en uno de los aposentos de la casa hacienda el dueño mandó a dibujar un diablo y que a su muerte sus descendientes se dieron a la tarea de pintar una y otra vez –infructuosamente- la pared para eliminar al demonio, aunque siempre volvió a aparecer.

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