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Publicado el 27 Abril, 2017 por María Victoria Valdés Rodda en Cultura
 
 

PATRIMONIO: El azul como escenario

Insignia de los 500 años del Imperio Otomano, una Mezquita teñida de añil, sigue dejando perplejos a quienes la contemplan. Fidel la visitó en 1996
Patrimonio: El azul como escenario.

La Mezquita Azul de Estambul sobresale por la cascada de sus cúpulas. (Foto staticflickr.comstaticflickr.com).

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Color considerado frío por su asociación con los tonos invernales, pero qué hay de un buen azul marino o un azul celeste, relacionados con experiencias conmovedoras y apasionadas a lo largo del ciclo de la vida.

Color refugio del espíritu y blasón de un poderío: quiso el Sultán Ahmet I de Estambul, en 1609, que la Mezquita Azul fuera el templo religioso por excelencia de su villa, la que fue conocida antiguamente como Constantinopla, hoy la ciudad más poblada de Turquía.

Sus seis minaretes se levantan cual estoicos estandartes de un corazón que nutre sus arterias. En este templo del saber islámico, cada parte se vuelca hacia el todo, donde cada elemento arquitectónico ha adquirido una función jerárquica en la composición general, subordinada a una cúpula central soberbia, la cual no obstante tiene réplicas en minicúpulas, como recordatorio de los botones semiabiertos de un jazmín o una rosa.

Peritos en arquitectura le han hallado un símil con los elementos de la naturaleza, en la que el agua juega un papel purificador. Por eso dicen que dentro de la Mezquita Azul hay una especie de cascada de 30 pequeñas cúpulas, bóvedas y contrafuertes ascendentes que hacen que la vista dance de arriba a abajo, y de adentro hacia fuera.

Fidel visitó la Mezquita Azul, en 1996, en ocasión de la Cumbre Mundial Hábitat II. (Foto: granma.cu).

Isidro Costa Martínez en el texto Arquitectura y construcción islámica, confiesa que es imposible precisar cuántas mezquitas tiene Estambul. Se cree incluso que por calle hay un sitio venerable que los turcos llaman “camii”. El experto señala asimismo que las más grandes y más importantes se situaron en las zonas céntricas de la ciudad. Los complejos más pequeños fueron construidos por las familias de la dinastía otomana y los altos oficiales del estado, lo mismo dentro de los perímetros de la ciudad, como extra muros.

¡Que no quepan dudas!; en Sultanahmet cada piedra es testimonio de la grandeza de quienes hicieron de Estambul el centro del mundo, primero bizantino y luego musulmán. Incluso, refleja ese complejo de superioridad que tuvo el entonces temido Imperio turco Otomano (1299-1923). Se trató de un Estado multiétnico y multiconfesional, cuyo máximo esplendor se da en los siglos XVI y XVII, extendiéndose por una amplia parte del sudeste europeo, el Oriente Medio y el norte de África. Limita al oeste con Marruecos, al este con el mar Caspio y al sur con Sudán, Eritrea, Somalia y Arabia. Poseía 29 provincias, y Moldavia, Transilvania y Valaquia eran estados vasallos.

Su especial posicionamiento entre Europa y Oriente determinó sus relaciones internacionales y muchos de sus rasgos culturales, entre los que sobresalen el diseño y la arquitectura. Mucho tiempo deben haber consumido los técnicos en decidir qué peculiaridad debía distinguir a esa mezquita de las otras: los 21 043 mosaicos de porcelana (azulejos) de Iznik, hechos a mano, le aportaron la tonalidad por la que es mundialmente distinguida, y esa fue la clave del éxito.

Patrimonio: El azul como escenario.

Cientos de lámparas de aceite iluminan un vasto espacio. (Foto unplanetaporviajar.com).

Sépase que en Yerevan, Armenia, y en Samarcanda, Uzbekistán, también hay mezquitas azules, pero no como esta de Estambul, ubicada frente a otro coloso del arte bizantino, la iglesia de Santa Sofía. Delante de la Mezquita Azul hay un pequeño parque con fuentes, en las que el viajero tiende a refrescar un pañuelo en el reflejo de los azulejos como si el agua allí fuera más pura, condición imprescindible, según los sacerdotes, para allanar el mágico santuario. Incluso es costumbre lavarse los pies para entrar.

Erigida entre 1609 y 1617 por el arquitecto otomano Mehmet Aga, su construcción no estuvo exenta de polémica, pues igualaba en número de minaretes a la mezquita de La Meca, la más sagrada del Islam. La cuita derivó en que el Sultán otomano tuvo que sufragar los costes de construcción de un séptimo minarete en la mezquita de Arabia Saudí para frenar las habladurías de sus enemigos.

Como todo templo musulmán tiene en el centro del patio una fuente hexagonal para las abluciones. Y al penetrar ya limpio en el sagrado lugar se pueden traspasar cinco puertas, donde destacan los mukarna, las formas geométricas en forma de estalactita que cuelgan de la parte superior de la cúpula que hay sobre la puerta de entrada. Una vez en el recinto la mirada vuela y casi se marea con lo impreciso aunque certero; una cúpula central, de 23.5 metros de diámetro y a una altura de 43 metros.

Patrimonio: El azul como escenario.

El interior del sagrado lugar es impresionante en abalorios y mosaicos azules. (Foto static.magazine.dafy.org).

El interior no es menos fastuoso que su fachada, con lo cual gana admiración superlativa. Está recubierto de alfombras, casi todas de color rojo, de cientos de metros cuadrados, tejidas en los telares imperiales. Vaya a saber cuántas ovejas fueron necesarias esquilmar para obtener tamaña proporción. Y en lo referido a la luz del recinto, está repetida en fulgores de cientos de lámparas de aceite, multiplicados en cristales tallados, se dice que de Bohemia. Posee además 260 ventanales, traídos de Venecia, y alineados en cinco niveles, que filtran la claridad, ya sea del sol como de la luna llena, creando un espacio a veces íntimo, otras imponente.

Sigue activa como centro para la fe al tiempo que combina los paseos de altos dignatarios y de turistas. El Comandante en Jefe Fidel la visitó cuando estuvo en Estambul el 14 de junio de 1996 a propósito de la Conferencia de Naciones Unidas sobre asentamientos humanos, Hábitat II.

La Mezquita Azul es como un gran espejo que parece reflejar las aguas de uno de los canales más estratégicos del mundo, el Bósforo, que al unir el mar Negro con el mar de Mármara pareciera que el universo marino convergiera en la Estambul de las conquistas, solo que ahora lo atrapado es el corazón de cada viajero.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda