0
Publicado el 11 Abril, 2017 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Por el amor… un sí o un no

Se repone obra de un clásico de la dramaturgia contemporánea cubana. La obra que Abelardo Estorino llevara a las tablas junto al otrora Teatro Estudio está narrada en retrospectiva e impregnada de ese exquisito solaz que caracteriza a toda su creación
Por el amor, un sí o un no

La música de Los Van Van enriqueció la versión y el montaje de Fabricio Hernández, en una puesta compleja asumida con seriedad y en un género tan difícil como la comedia.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: CORTESÍA COMPAÑÍA HUBERT DE BLANCK

Un matrimonio en crisis llega al colofón de sus días luego de una “simple” querella doméstica. Tras el incidente comienzan a renovarse los recuerdos, esos de los primeros encuentros en que prometieron amarse por siempre y unir sus vidas. Atrapados por la rutina cotidiana, los afectos y las emociones iniciales colapsan y sus existencias se colman de contrariedad y desencanto.

Narrada en retrospectiva e impregnada de ese exquisito solaz que caracteriza la dramaturgia toda de Abelardo Estorino (1925-2013), recientemente se repuso la comedia Ni un sí, ni un no, que el autor llevara a las tablas en 1981 junto al otrora Teatro Estudio.

La versión y la puesta en escena que por estos días convidaron a reflexionar riendo están a cargo de Fabricio Hernández y tuvieron su estreno en octubre de 2015 con amplia acogida del público y la crítica. En la actual temporada, volvió a suscitar risas y hasta carcajadas, a partir de la universalidad de las problemáticas que aborda, cinceladas con el tino y el buen hacer de los jóvenes actores y actrices de la compañía teatral Hubert de Blanck, liderada por Orietta Medina.

Desde los minutos preliminares la obra deviene un sugerente juego alrededor del amor, las relaciones de pareja, la inequidad de género y las posturas estereotipadas sobre lo femenino y lo masculino. Aunque se ubica en La Habana de finales de los años 70 del pasado siglo, dialoga de manera coherente con el espectador contemporáneo que asume con espontaneidad las referencias de la época, las bromas y los comentarios distintivos de la identidad del cubano y que, a la vez, son perceptibles en la idiosincrasia de cualquier región latinoamericana o caribeña.

Estorino concibió esta partitura dramática de manera que los personajes no tienen nombres propios, prefirió designarlos como Él, Ella, el Padre, la Madre, el Otro, la Otra; y no resulta casual la elección, es una forma de desdibujarlos para amplificar el sentido ecuménico de conflictos que inquietan a muchos, sin importar el lugar y el tiempo, solo las circunstancias y los apremios de la existencia misma.

Por el amor, un sí o un no

Intérpretes jóvenes encarnaron con organicidad y dominio de la técnica del actor, personajes de mayor edad.

Sin duda, Fabricio Hernández junto a su equipo son consecuentes con la estructura y discurso definidos por el autor de El robo del cochino (1961) y Parece blanca (1994), quien no decepciona como un experimentador sagaz en Ni un sí, ni un no, una pieza en la que comienza a integrar elementos dramatúrgicos no vistos en sus obras precedentes.

Con estilo y sencillez meridianos el público se sumerge en los vaivenes de la historia que continuamente se mueve entre la realidad y la ficción, y viceversa. Aquí los personajes se desdoblan de sus caracterizaciones en las actrices y los actores que son, un distanciamiento revelador de la naturaleza de verdad inventada que es en sí el teatro.

A este recurso se suman los cambios de vestuario en escena o los fragmentos en que los intérpretes interrumpen la acción para remarcar algún juicio u observación, tal cual obrarían en medio de los avatares de un ensayo ordinario.

Todo ese contraste entre irrealidad y verosimilitud sacan al espectador de su zona de confort para convertirlo en cómplice de la trama. La ilusión se trueca en realidad patente, reprobable; quien observa deja de advertir personajes para percibir comportamientos correctos o errados, posturas positivas o negativas vinculadas con las ansias de superación, las relaciones de subordinación entre los sexos, las discordancias generacionales y filiales.

Minimalista en su concepción escenográfica, el montaje apuesta y se apoya, especialmente, en los desempeños del reparto que lució frescura, dominio actoral y no abandonó ni un minuto el sentido de comedia que singulariza a la pieza. Sugerentes fueron las caracterizaciones de El Padre, que doblaron Enrique Barroso y Carlos Treto, quienes encarnaron de manera diferente, pero acertada, a un anciano prejuicioso, machista y, a la vez, campechano. Lissandra Travieso y Juan Carlos García defendieron con organicidad y mucha vis cómica, sus roles de la Otra y el Otro, respectivamente.

La joven Elizabeta Domínguez, la Madre, refrendó el principio de que los personajes no tienen edad y tejió a una cuarentona mañosa y dominante. Mientras, Beatriz Guillén (Ella) demostró consistencia y mesura como la contraparte de Jansel Lestegás (Él) en los pasajes de humor.

Una vez más la nómina de la compañía Hubert Blanck se entregó en cuerpo, energía y escena a la creación dramática de uno de sus más notables mentores; un homenaje que inmortaliza su obra, allí justo donde yacen sus esencias.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez