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Publicado el 22 Junio, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

Europa a la vista de los cinéfilos

La segunda edición del Festival de Cine Europeo en Cuba ancló por estas tierras, con un arsenal de 19 obras entre las que se incluyeron largometrajes de ficción y documentales. Alemania, Austria, España, Francia, Italia, Portugal y Reino Unido fueron algunos de los 17 países representados en la propuesta
Europa a la vista de los cinéfilos.

Fukushima, mi amor rinde homenaje a la célebre cinta de Alain Resnais, Hiroshima, mon amour (1959).

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Fotos: Cortesía del Icaic

Era una atracción poco más que circense. Los habaneros se acercaban curiosos para presenciar un acto de insólita “magia”, conocer el gran invento promovido por el francés Gabriel Veyre, embajador de los hermanos Lumière, durante aquel enero de 1897: el cinematógrafo. Varios sitios de la capital recibieron, 120 años después, a numerosos espectadores deseosos de apreciar lo filmado recientemente al otro lado del océano Atlántico.

A inicios de junio, la segunda edición del Festival de Cine Europeo en Cuba ancló por estas tierras, con un arsenal de 19 obras entre las que se incluyeron largometrajes de ficción y documentales. Alemania, Austria, España, Francia, Italia, Portugal y Reino Unido fueron algunos de los 17 países representados en la propuesta de la Delegación de la Unión Europea (UE), auspiciadora del evento junto con el Ministerio de Cultura, la Cinemateca y otras instituciones de la Isla.

El Viejo Continente fue seminal para nosotros también en esta expresión de la cultura, y no solo por las primeras exhibiciones decimonónicas. Cuando se fundó el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) sus bisoños directores se volvieron hacia el neorrealismo italiano para encontrar herramientas que inspiraran estilos diferentes de los modelos de Hollywood. Además, la vorágine del triunfo revolucionario de 1959 atrajo a numerosos y reputados intelectuales –entre ellos realizadores audiovisuales notables–, quienes acudieron como a la miel para “bañarse” en la realidad de entonces.

Europa a la vista de los cinéfilos.

De Lech Majewski, uno de los autores polacos más versátiles y experimentales, se vio Jardín de las delicias terrenales (2004).

Como recordó a propósito del evento Luciano Castillo, director de la Cinemateca, “los caminos de no pocos cineastas europeos convergieron en Cuba: el aragonés Luis Buñuel sumó a su tumba de proyectos muertos su sueño de filmar El acoso de Alejo Carpentier en las calles de La Habana, donde su padre amasó fortuna. Si Chris Marker tradujo sus impresiones de los tiempos fundacionales de la Revolución –y del Icaic nacido con ella–, en Cuba sí (1961), Agnès Varda las sintetizó a través de miles de fotografías en Saludos cubanos […] mientras que el holandés Joris Ivens registraba (durante 1961) los convulsos momentos de los que fue testigo, en Carnet de viaje y Cuba, pueblo armado”. También es preciso citar, entre otros, al georgiano Mijaíl Kalatózov, quien dirigiera en 1964 ese “mamut siberiano” de renovada fama que es Soy Cuba, cinta hoy relevante sobre todo gracias a la alucinante fotografía de Sergey Urusevsky.

El blanco y negro obligado por la tecnología predominante de aquel entonces, todavía seduce a algunos realizadores acaso nostálgicos, quizás esnobs. Fukushima, mi amor (Alemania, 2016) se vio en toda su descolorida extensión durante el momento inaugural. La película de Doris Dörrie fue galardonada en el Festival de Berlín y en los Premios del Cine Bávaro, y narra una historia muchas veces contada: la del occidental que intenta salvarse o expiar alguna culpa haciendo filantropía entre gente pobre de una cultura extraña. En este caso la joven germana Marie entabla amistad con Satomi –una antigua geisha– cuando viaja a Japón para ayudar a los sobrevivientes de la catástrofe de Fukushima.

Fue muy promovida la exhibición del documental Un capitán sin miedo (Irlanda-Estados Unidos-Cuba, 2016), sobre el aventurero marino John Dinamita O’Brien (1837-1917), traficante de armas y explosivos que se involucró en varias revoluciones latinoamericanas, incluida la de nuestra independencia. El director Charles O’Brien entregó una película no ya tradicional en su modo de representación, sino totalmente desproporcionada. Creyó que cualquier islote de información merecía ser explorado como un continente, y durante 97 minutos caminamos en círculos solo con la presunción de que Johnny Dinamita no le temía a nada, como repetía cada cierto tiempo el realizador. Él lanzó la dramaturgia por la borda y lució más errático que un grumete doblando el Cabo de Hornos.

Europa a la vista de los cinéfilos.

El niño de los miércoles –premiada en diversos festivales– se integra a la tradición cinematográfica de Europa Oriental con una historia de fuerte contenido social.

David Rühm sí cumplió lo prometido: una divertida comedia llamada Terapia para un vampiro (Austria, 2014) donde parodia, con cierto toque estético de cine noir, el estilo de las películas de terror. Al parecer los chupasangres, como cualquier caballero, también las prefieren rubias, y una humana de dorada cabellera

–falsa, por demás– se convierte en la obsesión de un conde, quien carga 500 años de matrimonio con su tenebrosa concubina. ¡Más que suficientes! Numerosas peripecias se suceden en la puja por la presa codiciada, entre el oscuro aristócrata y el joven pintor Viktor, novio de aquella. La Viena de inicios del siglo XX es el escenario de la historia, en la cual aparece mediando el conflicto un Sigmund Freud que no se entera de a quién tiene acostado en su diván de psicoanálisis.

También integraron la muestra las ficciones Cobras y serpientes (Jan Prusinovský, República Checa, 2015), La sorpresa (Mike van Diem, Holanda-Bélgica-Alemania-Irlanda, 2015), Soy un soldado (Laurent Larivière, Francia-Bélgica, 2015), Los gatos no tienen vértigo (António Pedro-Vasconcelos, Portugal, 2014), Ex Machina (Alex Garland, Reino Unido, 2015), La ultimadora (Enrico Pau, Italia-Irlanda, 2015), Jardín de las delicias terrenales (Lech Majewski, Polonia-Reino Unido-Italia, 2004), La herida (Fernando Franco, España, 2013), Historias de Estocolmo (Karin Fahlén, Suecia, 2014), Swing (Csaba Fazekas, Hungría, 2014), El niño de los miércoles (Lili Horváth, Hungría-Alemania, 2016) y Pequeño crimen (Christos Georgiou, Grecia-Chipre-Alemania, 2008).

Además, se proyectaron los documentales Samuel en las nubes (Pieter Van Eecke, Bélgica-Holanda-Bolivia, 2016), Agua y azúcar. Carlo Di Palma: los colores de la vida (Fariborz Kamkari, Italia, 2016), Alentejo Alentejo (Sérgio Tréfaut, Portugal, 2014) y Bicicletas vs. Autos (Fredrik Gertten, Suecia, 2015).

Europa a la vista de los cinéfilos.

Dirigida por Alex Garland, Ex Machina aborda problemáticas relacionadas con el desarrollo de la inteligencia artificial.

Una idea elegante fue homenajear a la música en tanto complemento importante de los audiovisuales. La orquesta del Lyceum Mozartiano de La Habana, dirigida por José A. Méndez Padrón, brilló en el concierto La música clásica en el cine europeo. El programa incluyó Punto y tonada, pieza de Carlos Fariñas empleada en el filme cubano-soviético Soy Cuba; el segundo movimiento del Concierto No. 21, de Wolfgang Amadeus Mozart, utilizado en películas como la danesa Elvira Madigan (Bo Winderberg, 1967) y la francesa Le concert (Radu Mihăileanu, 2009); y Appalachian spring, de Aaron Copland, que integra la banda sonora de Martha Graham Dance Film (1958), del letón Peter Glushanok. Completaron la selección Aires tropicales, obra de Paquito D’Rivera aparecida en Calle 54 (Fernando Trueba, España, 2000), y un arreglo de Jenny Peña sobre El manisero (Moisés Simons), el tema cubano más utilizado en el cine.

Según Herman Portocarero, jefe de la delegación de la UE en Cuba, los organizadores aplicaron al Festival el principio de ese organismo multinacional de buscar “equilibrio entre diversidad y unidad”. Ciertamente, llegarse por los cines 23 y 12 e Infanta, o por el Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa, ubicado en el Palacio del Segundo Cabo, significó ponerse al día con lo producido en aquella influyente y variada cinematografía. Temas como la violencia de género, la degradación del medioambiente, la influencia de las tecnologías cibernéticas en los humanos y las reacciones de las personas ante difíciles circunstancias sociales, convocaron a las salas oscuras.

Concluido el Segundo Festival de Cine Europeo, no cesó el arribo de expediciones fílmicas provenientes de allende los mares. Para junio también se anunció la Muestra de Cine Español y la XIII Semana del Cine Alemán, oportunidades siempre esperadas por los cinéfilos cubanos, quienes ya no acuden como a un espectáculo de feria, sino a un diálogo fecundo entre culturas iguales y diferentes a la vez.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama