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Publicado el 17 Junio, 2017 por María Victoria Valdés Rodda en Cultura
 
 

MÚSICA

Por quien merece amor

Silvio Rodríguez, fue investido como Doctor Honoris Causa de la Universidad de las Artes, de La Habana, el 13 de junio de 2017. Inspirada en su más reciente logro, ofrezco esta crónica de homenaje

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Lo escuché por primera vez en la Casa de la Cultura de San Antonio de los Baños, en los 70. A los alumnos más destacados de la beca “Batalla de Jigüe” se nos premió con una salida nocturna. Siendo franca debo reconocer que apenas le prestamos atención inducidos por la adrenalina adolescente a cometer travesuras. No obstante, a partir de ese día hubo un antes y un después. Él no lo sabía y no tenía por qué; entre nosotros mediaban Kilómetros de páginas escritas y otros derroteros, pero sus discos empezaron a acompañarme en mis intentos por descifrar los enigmas adultos y las complejidades del Universo humano.

Imaginaba un tropiezo casual en alguna calle habanera o tal vez en cierto Sábado del Libro. Una vida cruzada en hipótesis de diálogo con el “fusil” de la Nueva Trova. No me quedaba claro para qué quería tenerlo frente a frente; soy demasiado torpe para decir que admiro a alguien cuando ese sentimiento es sumamente telúrico. Tenía la determinación de elogiar el grado de influencia suya en esa filosofía personal que cada quien va hilvanando desde el mismo momento en que al amanecer se abren los ojos.

Terminé una carrera universitaria, me casé, nació mi hijo mayor, me divorcié, mudé de casa y de trabajo, sin embargo, yo “continué domesticando la razón” en un ejercicio infructuoso de apaciguamiento porque una vez que el sueño desencadena la canción, que hecha “prisa lleva maravilla y lleva error”: dos antagonismos que me han hecho, por increíble que parezca, una persona mejor.

Entonces, sobrevino la crisis económica y con ella otras peores; de sensibilidad, de moralidad, de humanismo. Y yo en mis treces porque, gracias a él, aprendí que no se puede ser juez y parte, que queda incluso tiempo para perdonar y comprender, más nunca para justificar. Yo “continué dándole cuerda a mi reloj. Con timbre atado sobre número invisible. Poco me importa donde rompa mi estación. Si cuando rompe está rompiendo lo imposible”.

Y esa increíble idea de la resistencia, de abstracta se volvió tangible y formé coro, junto a millones en la Plaza, ya que, tomando prestada sus palabras, “mi deber era cantarle a la patria, alzar la bandera…en un momento más bien optimista, un renacimiento, un sol de conquista”. Me persuadí de que era posible continuar a pesar de las partidas y de las ausencias. Cuando un hijo abandona la casa, el país, con un “chao mamá, tal vez para siempre” el dolor no cabe en un diccionario; se expande al mundo y uno, como que se muere.

Pero de nuevo él me tendió la mano: “Dime qué pena te puedo sanar, yo quisiera también ser doctor. Sólo deseo que para tu mal tenga alivio mi vieja canción”. No podía defraudarlo: me alcé sobre mi misma y seguí viviendo, marcada sí, pero esperanzada en una patria libre, “sin pedir nada o casi nada que no es lo mismo pero es igual”.

No digo que las dificultades hayan pasado, ni que me acostumbré a ellas, pero me volví más tolerante, más comprensiva, más abierta a las razones ajenas. No digo que el tiempo diario se haya hecho menos monótono pero sí más soportable. Y entre las muchas compañías necesarias para enfrentar lo impredecible, él no se volvió avaro, por el contrario, un día me cantó: “lo que te doy de mortal a mortal se desprende gustoso de mí. El resto espera por ti”.

Entendí que la única manera de vencer es a través de la reflexión práctica, sabiendo “que hay dolores que no curarán ni la más esmerada canción. En todo caso te invito a llenar de optimismo este buen corazón. Vale la pena dejar de llorar y hacer cita con el porvenir, vale la pena vivir”.

Y eso hice, seguí su consejo. Me volqué hacia el trabajo, hacia los tropiezos cotidianos, donde el amor puede tener su cetro dominante. Tal vez me volví menos audaz, y por eso dejé de imaginar un encuentro accidental con Silvio Rodríguez. Mi compañero-canción. Mi amigo secreto.

Olvidé que “las causas y los azares” están a la vuelta de cada esquina. Y una noche, en febrero de este año, el maestro de juventudes, el iconoclasta poeta de mi generación, asistió al Teatro Martí, como sencillo espectador de su esposa la flautista Niurka González. Las antiguas ansias de abrazarlo renacieron en mí, y a pesar de ser tímida ante lo asombroso, no podía dejar pasar esa oportunidad irrepetible.

Al acercarme solo atiné a decirle: “Silvio, buenas noches, disculpe, yo quería darle las gracias. Porque en momentos muy difíciles de mi vida, dos cosas me ayudaron mucho: sus canciones y la poesía”. Ni lo toqué apenas un poquito, ni lo abracé. No podía estaba repleta de alegría, de gracias a la vida por ese instante. Sucedió lo que menos imaginaba. Silvio contestó: “yo también”.

Siéndome imposible entender le repetí mi alegato, pensando que se había molestado, teniendo en cuenta sus pasadas y conocidas “malas pulgas” pero él corrigió esa suposición injusta: “Yo también le doy las gracias, para mí es muy importante saber que lo que hago ayuda a los demás”.

No hubo más. Apenas un intercambio breve y sostenido de las miradas, y la retroalimentación espiritual de dos personas, hasta ese entonces desconocidas.  Silvio y yo compartimos un proyecto de país, de una Cuba más cercana a los sueños. Compartimos además el deseo de un constante crecimiento humano, y una similar estela de palabras redentoras que apoyan la resolución de salir hacia adelante. Y, en esa dosis de vanidad que a cada uno le toca, quiero creer que si algún día Silvio anduviera carente de ánimo positivo, me recuerde. Y yo estaré más que dispuesta a devolverle el mismo brío y brillo que él, una vez me enseñó a reconquistar.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda