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Publicado el 17 Julio, 2017 por Luis Toledo Sande en Cultura
 
 

LIBROS

Acerca de Carmen Zayas-Bazán Hidalgo

Acercamiento biográfico que merece atención

Portada libro.Por LUIS TOLEDO SANDE

Obra de Mirtha Luisa Acevedo y Fonseca, Bautismo en la soledad (Camagüey, Ácana, 2016 [i.e.: 2017]) recorre la vida de la esposa de José Martí. Permítase al reseñador parafrasear lo que de ella escribió en Cesto de llamas: a pesar de las amarguras que compartieron, para Martí representó lo que, con insustituible “cursilería”, cabe llamar la mujer de su vida. Tal hecho bastaría para justificar el afán de conocerla y va más allá de considerarla meramente la mujer de quien Martí se enamoró y por quien fue correspondido.

A la investigadora Acevedo (nacida en 1947 en Cienfuegos, donde reside) se deben textos sobre el Ismaelillo martiano, la canción de cuna y otros temas. La relativa escasez de la documentación conocida en que basar su nuevo libro puede haberla movido a extenderse sobre personajes que rodearon a su biografiada, o con quienes esta se relacionó a lo largo de sus nexos con Martí.

Ese camino comenzó cuando ellos se conocieron en 1875 en México, donde se casaron en 1877, y rebasó la muerte del héroe. Entonces ella le rindió un homenaje póstumo amoroso, y corajudo en sus circunstancias: reclamó el cadáver con el propósito, que no logró, de darle sepultura familiar.

Acevedo no es responsable de las insuficiencias documentales con que tuvo que lidiar, y ante las cuales muestra vocación de honradez, junto a pasión en la defensa de su biografiada. Pero el déficit de fuentes parece haberla llevado a conjeturas e interpretaciones sembradas desde tiempos de Martí.

Unas y otras se vinculan con murmuraciones que, como es frecuente en todo colectivo humano, surgieron en parte de la comunidad de compatriotas emigrados en el entorno neoyorquino del patriota. Entre los móviles de las murmuraciones –que hallaron o tejieron tema en la relación que él tuvo con la familia Mantilla-Miyares, especialmente con la pequeña María– operó el deseo de algunos de lesionar la imagen del organizador revolucionario.

Desde entonces han dado pábulo a los rumores las pretensiones de algunos de figurar como depositarios de secretos y datos íntimos de la vida del fundador, o como descubridores de verdades recónditas. Pero no es lo mismo bajar a las tinieblas que ascender a la luz. Aunque los haya animado igualmente el deseo de hacer aportes al conocimiento de Martí, ha habido, insecteando por lo concreto, hasta modos “científicos” de identificarlo en fotos donde no aparece. Y esa no es la única maravilla “lograda” en ese afán.

Junto a su deseo de abarcamiento informativo, el mayor acierto de Acevedo estriba en corroborar algo que se intuía o se conocía: que José Martí, enamoramiento por medio, escogiese a Carmen Zayas-Bazán para esposa obedeció a razones como la fortaleza de carácter y la altura moral que la distinguieron, y que ella, en medio de grandes sufrimientos, ratificó al educar al hijo de ambos.

No la definió el heroísmo que para seguir a Ignacio Agramonte y a Máximo Gómez tuvieron, respectivamente, Amalia Simoni y Bernarda Toro, ni el que para impulsar a sus hijos al combate encarnó Mariana Grajales. Ellas son tres ejemplos de mujeres extraordinarias que han suscitado atención y merecen aún más que la recibida.

No basta ser o haber sido cónyuge –hombre o mujer– de un ser humano extraordinario para merecer veneración. La esposa de Martí –él lo vio tempranamente– abrazó más su condición de madre que la de compañera de un hombre de acción, y de voluntad inquebrantable, a quien habría sido hermoso que lo acompañara la mujer que él escogió para compartir la vida.

Pero no es lo mismo acompañar a un héroe en la victoria que mientras corre los riesgos y las privaciones de quien prepara, en medio de la pobreza material y de peligros, una revolución. Más que atender a la familia inmediata, un ser humano de esa estirpe echa sobre sus hombros otra mucho más numerosa y compleja.

Una reseña no suple la lectura que el libro merece y debe tener. Aquí apenas se le saluda, sin pasar por alto su final. Sobre “la coincidencia histórica” de que Martí y Carmen recibieran “la última sepultura el 30 de junio de 1951”, expresa que desde entonces los restos de ella reposan en el cementerio de la ciudad de Camagüey, “en la misma soledad en que vivió”, y los de él en el Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, “con los honores de quien se reconoce como el Apóstol de Cuba”.

¿Se reconoce como tal, o lo es? Lo que al respecto puede estimarse impreciso es quizás uno de los varios detalles que la autora podría afinar en una hipotética nueva salida de su obra. Pero no todos serán responsabilidad suya: los hay que atañen a los responsables de la edición y la impresión, aunque no abrumará con ejemplos de fallas una nota escrita para dar la bienvenida al libro.


Luis Toledo Sande

 
Luis Toledo Sande