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Publicado el 17 Octubre, 2017 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Con tantos palos…

Director escénico decide retomar la actuación desde el unipersonal
Con tantos palos…

Con cada objeto emplazado en el escenario el protagonista es capaz de construir y deconstruir su presente, su pasado y su futuro.

ROXANA RODRIGUEZ TAMAYO

Fotos: CORTESIA DEL ACTOR

Soledad, aislamiento, alienación, vuelven a orbitar en los predios de Teatro D´Dos, justo en el Complejo Cultural Raquel Revuelta que recientemente celebró su primer lustro de emplazado en las intersecciones de las calles Línea y B, del Vedado capitalino. Pleno de honduras y desarraigos se repuso El último café, un monólogo interpretado, escrito y dirigido por Julio César Ramírez, líder y mentor del reconocido colectivo cubano.

Durante casi una hora, un hombre enajenado y transido por su encierro existencial intenta reconstruir cada fragmento, cada palmo de su desolada vida. En los minutos iniciales, una carta leída por el protagonista vincula al espectador con un fenómeno que ha escindido a generaciones de seres humanos en todo el mundo: la migración.

A propósito de la reposición, Ramírez declaró en entrevista publicada en la red de redes que la actuación en solitario desde siempre le agradó, pero solo ahora -al filo de los 51 años de edad- se decidió a emprender un proceso de trabajo de tal complejidad.

Con la asistencia de dirección de Yenisel Macías, el destacado director escénico, dramaturgo, pedagogo y actor de teatro y televisión experimenta en escena disimiles sensaciones, emociones, en un montaje donde se evidencia que, paradójicamente, la incomunicación prevalece en un mundo “hipercomunicado”.

Perturbado por una obsesión delirante, un hombre sesentón arrulla recuerdos, añoranzas, desencuentros, cuenta acerca de sus derrotas, despedidas y -como a quien no le interesa- aguza la mirada sobre asuntos inaplazables de la sociedad contemporánea: los intereses generacionales disjuntos, la falta de afectos filiales, “el poder” del poder, los despropósitos de una espera que no acaba.

Esta propuesta teatral exhibe coherencia y riqueza conceptual y estética. Aunque si bien audiovisual juega un rol esencial y orientador para el público, en ocasiones reitera mensajes que ya fueron enunciados con otros recursos escénicos.

Diversos elementos simbólicos sirven de apoyo para contar sobre este ser humano marginado –pero no marginal-. El trabajo con objetos es primordial y con ellos ubicados en el escenario el personaje es capaz de relatar su historia íntima y, a golpe de gestualidad, exterioriza sentimientos muy hondos y sugiere evocaciones.

El acompañamiento sonoro reafirma estados de ánimo y junto a la selección musical caracteriza los avatares de supervivencia y resistencia que identifican a la generación de pertenencia del protagonista. Así es posible escuchar composiciones antológicas del repertorio cubano en las voces de Elena Burke, el dúo de Clara y Mario, el Trío Matamoros, entre otros notables intérpretes.

Asimismo, la recurrencia – latente o velada- a José Martí y Fayad Jamís procuran un halo poético sugerente y, al propio tiempo, evidencian matices mordaces para abordar problemáticas difíciles y universales.

No obstante el excesivo aniquilamiento interior que manifiesta este hombre, se atisba una aureola optimista cuando a cada instante se repite, nos repite: “Con tantos palos que te dio la vida/ y aún no te cansas de decir: te quiero”.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez