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Publicado el 1 Noviembre, 2017 por ACN en Cultura
 
 

PROYECTO CULTURAL

Carambola, el rincón de Omayra

En una comunidad del artemiseño municipio de Candelaria, se desarrolla un proyecto cultural muy ligado a la historia local, a las raíces, tradiciones y costumbres de los pobladores de esa zona
Carambola, el rincón de Omayra.

La promotora cultural Omaira Scott Alfaro (Mayi), una encantadora mujer que hace florecer su proyecto de historia, raíces, tradiciones y cultura.

Texto y fotos: ODALIS ACOSTA GÓNGORA

Especial de la ACN para BOHEMIA

Cuando me hablaron por vez primera de Omayra Scott Alfaro (Mayi), la promotora del Patio Cultural La Montaña y Yo, imaginé a una rústica mujer perdida en medio del lomerío de la sierra del Rosario, en el artemiseño municipio de Candelaria.

Carambola, la comunidad donde reside desde el año 2008, por su nombre verbal bien pudiera ser el más recóndito de los lugares, adonde se llega por accidente -de “chiripa”-, como solemos decir cuando de casualidad logramos algo que nos acerca a la realidad.

Y así fue que llegamos a Mayi, sin una dirección precisa que nos orientara en aquel caserío ubicado en la ladera de la montaña, con la única referencia de tratarse de una persona única, totalmente enamorada de la vida que lleva, sin lucros pero con mucho cariño y entrega para su familia y quienes la visitan.

Tiene cuatro hijos, dos hembras y dos varones, seis nietos y una bisnieta, quienes le ayudan a hacer realidad sus sueños.

Una de las muchachas vive con ella y es la que se encarga de mantener relucientes las instalaciones del patio: coloca los manteles, barre y recoge las hojas de los árboles, atiende a las visitas que -como nosotros- se arriesgan a llegar sin previo aviso, entre otras funciones.

“No llevo una vida en pareja porque no he tenido la suerte de encontrar a alguien que comparta mi manera de ser”, me cuenta mientras me deja ver detalles de lo ocurrido con su último pretendiente, a quien tuvo que dejar libre porque no entendía el lenguaje de su mundo, del que vive enamorada.

“Soy nieta de franceses, y natural de San Diego de Núñez, el pueblo natal del famoso novelista Cirilo Villaverde”, recalca con una sonrisa que deja claro el orgullo que siente de sus raíces, y de inmediato nos habla del sincretismo de los cubanos, “ese que llevamos en la sangre, por herencia”, recalca Mayi.

Omayra vio la luz el 6 de enero de 1961, y desde que tiene conocimiento, nos cuenta, siempre se sintió fascinada por la historia de Cuba, la de los negros cimarrones sobre todo, sus hábitos y costumbres, los platos tradicionales y bebidas, la necesidad de ser libres…

“Eso me obligó a leer mucho”, enfatiza, mientras voltea la vista a un librero que tiene a la entrada de un ranchón dedicado a las tradiciones, donde conserva  maravillosos textos que recorren, por ejemplo, la ruta del esclavo, historias de cimarrones, de barracones, de mambises e indígenas.

Las tradiciones son rituales que se repiten

Conservar las tradiciones se trata de hacer en cada ocasión lo mismo, exactamente como lo concibieron nuestros antecesores, sin cambiar ni un solo detalle, opina Mayi.

Y entonces me muestra una rústica construcción donde se levanta lo que ella llama el Rincón de Tradiciones Campesinas, que va mucho más allá porque en él resguarda objetos de tiempos inmemoriales:

Viejos faroles de distintas épocas, botellas nevadas blancas, negras y azules del siglo XIX, vasos con más de 100 años de fabricados, envases del legítimo ron Bacardí santiaguero, botellas de agua La Cotorra y Lobatón, un bacín de porcelana inglesa, cafeteras muy antiguas y hasta una desgranadora de maíz.

Una bandera y un escudo cubanos te dan la bienvenida al rincón, y al fondo del local, algo invisible para los curiosos, un camastro carente de estética pero necesario para descansar de cuando en cuando, o para albergar -por una noche- a algún amigo perdido que llegue a su patio a deshoras.

Carambola, el rincón de Omayra.

En Carambola, comunidad del municipio de Candelaria, la promotora cultural Omaira Scott Alfaro (Mayi) desarrolla un proyecto muy ligado a la historia local, a las raíces, tradiciones y costumbres de los pobladores de esa zona.

Caminamos cada pedacito de la parcela donde se enclava su vivienda. El lugar parece mágico, como salido de los cuentos de hadas: a un costado, justo en el trillo por donde se entra al barrio, está lo que ha bautizado como “El camino de la Ceiba”.

Esta planta, muy ligada a la religión, parece inmensa ante mis ojos, pero no pasa de seis años desde que se sembró, un 19 de febrero, Día de las Tradiciones del Patio.

Descansan en su hermoso tronco pequeñas vasijas con monedas, depositadas por los visitantes y vecinos, como ofrendas que le regalan -muchas veces- esperando un milagro o el cumplimiento de un deseo.

Adelantando unos metros, un área conformada con palos del monte, en forma de aula al descampado, solo con los postes que hacen la estructura -pintados de color verde- y los rústicos asientos, para que los niños puedan recibir charlas de historia, conversatorios y leyendas propias de la zona.

Unos pasos a la derecha, frondosas plantaciones de frutales, y si seguimos por el caminito de la Ceiba hasta la vivienda, tropezamos con una exposición de objetos artesanales, hechos con elementos que ofrece la naturaleza como el coco, la yagua y la güira.

La presencia del negro en el patio de Mayi

No es algo que te puedas imaginar, es preciso ir allí e impresionarte cuando colisionas con el lugar. Le llama el Ranchón de la Madre Melchora, y como todo lo que hay en su patio es una rústica construcción, con piso de cemento sin pulir, techo de guano y cuatro mesas diseñadas para cualquier ocasión.

Una muñeca negra -confeccionada a mano- reina en el sitio, y como cartel de fondo, una manta de artes manuales que refleja varios personajes de la zona, algunos de ellos cimarrones fugitivos que se intrincaban en el monte, como manera de revelarse contra sus dueños y evadiendo a los rancheadores.

Quizás esa haya sido la historia de Melchora, de quien Mayi nos comentó que era “la mejor capitana de cimarrones de la Sierra del Rosario, jefa de una banda que vivió más adentro, en lo espeso del monte, donde se hacía difícil encontrarlos.

Dicen que de ella se habló mucho durante los años 40 del siglo XIX porque nunca quiso ser esclava y era un genio evadiendo las persecuciones de los rancheadores, incluso, los cimarrones que bajo su mando formaban parte del grupo lo nombraron Cuadrilla Fantasma.

Carambola, el rincón de Omayra.

Exterior del Bohío de Tradiciones, parte de las locaciones que conforman el proyecto cultural.

Al frente de La Madre Melchora está el Bohío de Domingo Macuá, graficado en una pequeña estatuilla de color negro, con pantalón y camisa impecablemente blancos. Sus bembas, bien pronunciadas, y rituales religiosos a la entrada de su barracón.

Macuá también formó parte de la cimarronería de la serranía, y en la actualidad, el bohío que en el patio de Omayra ilustra su existencia, es utilizado para procesar -debajo de la tierra y en total oscuridad- la bebida conocida como el Ponche Mambí, a base de miel de abeja, jengibre, aguardiente y plantas medicinales.

La influencia mambisa en la cocina de Mayi

Omayra se niega a usar la tecnología para elaborar sus platos tradicionales, en parte, según ella, porque no saben de la misma manera, “es más sabroso cuando debajo del caldero solo hay carbón y leña”, asegura.

El problema de esta forma de cocción es que no todos saben controlar las brasas, pero Mayi conoce mucho de esos menesteres, y vincula esta práctica a una de sus grandes pasiones: rescatar diversos platos y manjares de la cocina insurrecta.

Cuenta que “los mambises consumían el pan de boniato, hecho con esta vianda como principal ingrediente, pero además, hay que agregarle coco rallado y cocinarlo a fuego lento hasta que se ponga duro y doradito”.

También de esa época es el pan patato, y otras muchas recetas con picante, pues el consumo de este les aportaba calorías al cuerpo y los ayudaba a resistir largas horas encima de los caballos.

No sé cuánto de cierto hay en ello, pero el día que decidimos aventurarnos al encuentro con esta lumbrera de mujer, aceptamos su invitación para degustar un almuerzo en el Ranchón de la Madre Melchora.

Ese día saboreamos una deliciosa harina criolla, con textura totalmente distinta a la que podemos encontrar en el mercado, con trozos de jengibre y acompañada de bacalao, aguacate y jugo de guayaba blanca, servido sobre soportes artesanales y en jícaras de güira.

Antecedió al manjar, una bebida hecha también con jengibre, de la cual poco nos atrevimos a consumir porque dicen que tiene poderes afrodisiacos.

Los logros de Mayi

Carambola, el rincón de Omayra.

: Muestras de objetos artesanales que se confeccionan a través del proyecto cultural La Montaña y Yo.

La fama del Patio Cultural La Montaña y Yo ha hecho crecer el nombre de su protagonista, promotora formada en la Casa de Cultura Enrique Jorrín, del artemiseño municipio de Candelaria.

En febrero de 2017 Mayi participó como invitada especial del Primer Taller Nacional de Trabajo Comunitario Integrado, convocado por la Asamblea Nacional del Poder Popular, y efectuado en el Centro de Convenciones de Cojímar, donde expuso la experiencia de su proyecto.

Ha sido propuesta a recibir el premio Memoria Viva, y durante las celebraciones por el aniversario 57 de la Federación de Mujeres Cubanas (2017), fue condecorada con la Distinción 23 de Agosto.

Esta peculiar mujer es miembro activo de la Casa de África, del Festival del Caribe y de la Asociación Caribeña de Cuba, institución que en octubre de 2013 le entregó un reconocimiento por su disertación magistral en el Primer Evento Internacional Latinoamérica y el Caribe, unidos por nuestras raíces.

Poseedora de incontables distinciones otorgadas en eventos comunitarios organizados por el municipio donde reside y por la dirección provincial de cultura, sin embargo, su mayor premio está en el beneficio que aporta a la comunidad con el trabajo que realiza, confiesa.

Desde el barrio, haciendo más que cultura comunitaria

Mayi se define como una mujer con responsabilidad y palabra, no le gustan las justificaciones y utiliza el intercambio como método para conocer las tendencias en el mundo y saber cómo piensan los otros, porque es en el testimonio de las personas y en los libros donde ha aprendido todo lo que sabe.

Asegura haber logrado -con amor y paciencia- transformar el entorno donde vive para bien de la comunidad. Desde su humilde vivienda, en la ladera de la montaña, donde siempre quiso vivir, detectó las carencias de la población y con la ayuda de diferentes factores creó este proyecto.

En ese espacio ha logrado inmiscuir a los vecinos, a quienes les enseña, entre otras cosas, la cocina indígena, cimarrona y mambisa, ha logrado la incorporación incluso de familias disfuncionales y la erradicación -en muchos casos- de problemas como el alcoholismo y las actividades ilícitas.

“Soy de los que piensan que el arte tiene el mágico poder de aliviar los problemas”, nos cuenta casi satisfecha de lo que ha logrado, y acota: “Los niños, por ejemplo, se interesan mucho por las artes plásticas y vienen desde muy lejos a pintar, detrás de ellos llegan los padres, y el grupo va creciendo”.

Las intimidades de las montañas

Carambola, el rincón de Omayra.

Collage de imágenes que muestran las actividades que realiza la promotora Omaira Scott Alfaro desde su proyecto La Montaña y Yo.

“Usted no se imagina los secretos que se esconden en esas lomas”, dice, mientras describe lo aprendido allí de medicina verde, con esas plantas que ahora crecen en el patio de su casa para el bien de la comunidad, o que manda a buscar con los guajiros que viven en el mismísimo corazón del monte.

Confiesa que tiene su propio refugio en la colina al que va de vez en vez a darse sus propias terapias espirituales y regresa al patio como nueva a incentivar a sus vecinos.

Aquí vienen de todos lados a buscar consejos y medicina verde para curar sus enfermedades, y es ahí donde un colega le muestra el pie derecho, lastimado por tantas horas de trabajo con botas y en lugares húmedos, y la solución la tiene al momento:

Deja la conversación y se va al camino para regresar con cuatro güiras cimarronas en una java de nailon: “Las picas a la mitad, les sacas la pulpa, las trituras y las colocas en una palangana, luego restriega esa masa por tus pies”, le dice, y él sonríe agradecido y seguro de la solución a su dolencia.

“¿Y para esclarecer mis ideas?”, insiste el colega como buscando dejarla sin palabras, pero ella tiene remedio para todo: “Báñate con abrecaminos, rompesaragüey, y en un baño aparte, echa flores blancas y miel de abeja”.

Parece como inventado, pero son estas de las tradiciones que tampoco faltan en el patio de Mayi, y que según ella, aprendió a desarrollarlas con las inmensas bondades que le brindan las montañas.

Sueños inacabables

“Me siento presuntuosa -afirma rotunda- por así decirlo, cuando por ejemplo, llega enero y los niños de las escuelas aledañas comienzan a preparar su traje para el desfile pioneril del 28, en homenaje al Apóstol de Cuba. Hasta mi pequeño patio llegan vestidos de los diferentes personajes que acompañan la obra literaria de José Martí, sobre todo La Edad de Oro: he visto al camaroncito duro, a Pilar con aro, balde y paleta, a Nené traviesa, a Meñique con su jolongo al hombro… sencillamente es hermoso”.

“Los talleres de historia los disfruto a plenitud, y ni hablar de los de arte culinario donde participan muchas mujeres de Candelaria”, me dice mientras me enseña numerosos folletos y libros que muestra a las interesadas en aprender más acerca de la comida cubana criolla.

“Una vez al mes –agrega- realizamos una peña campesina, muy esperada en la comunidad, también ahí exhibimos los logros artesanales de los niños que participan del proyecto, y como detrás de las tradiciones siempre hay muchas montañesas, aprovechamos para hablar de equidad de género”.

Ante la inevitable pregunta: ¿cuáles son las mayores ambiciones de Mayi con el Patio Cultural La Montaña y Yo?, la respuesta no se hizo esperar: “Quiero llegar hasta donde alcancen mis sueños”. Y esto lo dice con el optimismo de quien consiguió estar allí, como ella quería, en la ladera de la montaña, saboreando los frutos de su trabajo (ACN).

 


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