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Publicado el 9 Noviembre, 2017 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

Resistencia y teatro más que cuestión de fe

La fiesta de las tablas volvió a latir en el apremio de su permanencia
Resistencia y teatro más que cuestión de fe.

Los caballeros de la mesa redonda, de Christoph Hein, es teatro alemán que vocifera sus esencias en perfecto “idioma cubano”.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Los reencuentros casi siempre traen consigo el sabor del asombro, la ilusión contenida de una espera que entre tanto se percibe eterna. Así “teatrómanos” y “teatrodictos” reciben cada nuevo convite para disfrutar la verdad inventada de un espacio mágico capaz de movilizar resortes insondables.

El 17º Festival de Teatro de La Habana sacudió energías, dejó vibrar el espíritu, amilanó desesperanzas y, aun en medio de las estrecheces económicas, no renunció al intercambio y la confraternización; no desistió en repensar la creación escénica y sus encrucijadas.

“Teatro-Sociedad-Resistencia” fue el lema que refrendó la cita y más que slogan devino declaración de principios de un arte que insiste en pervivir desde la confrontación, las certidumbres y las incertidumbres de este orbe cada vez más agitado, amenazado por circunstancias humanas y ambientales.

Por primera vez, la selección nacional excedió con creces a la foránea, la cual tuvo representación de naciones de casi todos los continentes (Argentina, Brasil, Alemania-Grecia, Canadá, Chile, Francia, México, Noruega, República Dominicana, Uruguay).

Resistencia y teatro más que cuestión de fe.

Lupa. Mundos para mirar de cerca, de Lupa, Compañía de Muñecos, de Argentina, junto con No hay flores… también evidenció el contraste y riqueza de la muestra internacional. (Foto: BUBBY BODE).

En contraste con ediciones anteriores, esta sobriedad de la muestra ofreció la oportunidad de desarrollar una propuesta curatorial más asequible y cercana a los intereses de los seguidores, sin desestimar lenguajes otros, diversidad estética, en tanto privilegió, también, la danza, la música, el audiovisual, las novedades editoriales sobre la materia; en verdad, ingredientes ineludibles para que el arte continúe siendo esencia vital que contribuya a creer, crear y crecer por un planeta mejor.

Teatro social, político también, y ciertamente muy comprometido con las realidades de ese escenario convulso que llamamos mundo, se palpó y sintió a lo largo de las 10 jornadas del evento, a partir de los montajes presentados en varios circuitos de la ciudad (especialmente Plaza de la Revolución y La Habana Vieja), los cuales alternaron con una plataforma dedicada al pensamiento que se extendió, en días diferentes, a la sala Abelardo Estorino, del Ministerio de Cultura; la Casa del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

En este capítulo del Festival, el encuentro teórico Escenarios críticos discurrió y reflexionó acerca del alcance en la política de las experiencias escénicas contemporáneas, sustentadas en diferentes y diversos entornos sociales de estudiosos, críticos y artistas participantes.

Prácticas del cuerpo, dispositivos de resistencia; formas y fórmulas para la colaboración, la gestión, la producción de espacios, encuentros, obras; fueron líneas temáticas ampliamente analizadas en las sesiones. El centro cubano de la Unima (Unión Internacional de la Marioneta) volvió a convocar desde el hacer y la impronta de la animación de figuras.

Resistencia y teatro más que cuestión de fe.

Con Bertold Brecht como pretexto y eje central, los antillanos de Impulso Teatro, ahondan en preocupaciones relacionadas con la maternidad, la guerra, el dinero, la sociedad, en fin, las desesperanzas de la vida.

Cortejando la muestra de las puestas en escena –antillanas e internacionales– regresó la Expuesta, una suerte de espacio para diálogo entre públicos y creadores que se propició tras cada presentación y generó sinergias, retroalimentó a los organizadores de la cita bienal y activó ciertas zonas para la polémica y el debate.

Asimismo, el proyecto InServi, residencia de creación, permitió que un grupo de jóvenes cubanos y extranjeros compartieran en charlas, talleres, muestras y procesos creativos, desde la interdisciplinaridad y la investigación, lo experimental y lo colaborativo.

Razones para contar

Cada nueva fiesta de las tablas regala una apertura especial que recompensa las exigencias del más encumbrado espectador; y esta ocasión, no fue la excepción con Welcome, una de las más recientes propuestas de la bailarina y coreógrafa ibera Susana Pous junto a la destacada compañía DanzAbierta, la cual en la noche inaugural revalidó su intenso trabajo que no deslinda barreras creativas y música, danza, artes visuales, actuación conforman un todo armónico y sugerente.

Los más jóvenes de casa contaron con varias invitaciones escénicas, en su mayoría de exponentes del patio, como Cuba de sol a mí, de los granmenses de Teatro Andante; Superbandaclown, de Teatro Tuyo, de Las Tunas; o los habaneros de La Proa con la historia conmovedora de Érase una vez un pato.

De igual modo, la tropa de Rubén Darío Salazar, Teatro de las Estaciones, regresó a La Habana con Los dos príncipes, en versión dramatúrgica de María Laura German, sobre el poema original de José Martí. Un montaje hermosísimo, calado de mensajes de amor y entrega al prójimo, y presto a entrenar gustos estéticos y oídos infantiles con música barroca e imágenes sugestivas.

Resistencia y teatro más que cuestión de fe.

La pasión King Lear, y sus paralelismos con la Isla de ahora mismo, volvió a cautivar en esa manía de “hablar inglés en español”.

Por su parte, la nómina foránea en este rubro, con escasa presencia, pero atildada representación, impresionó a partir de Monigote en papel carbón: historia negra y ensuaciante, de Théâtre de la Pire Espèce, de Canadá; y Lupa: Mundos para mirar de cerca, de Lupa, Compañía de Muñecos, de Argentina, selló una impronta cargada de humor, una poética muy singular y la animación de figuras como esencia.

En el teatro para adultos hubo bastante por donde cortar. Lenguajes, estéticas y enfoques se advirtieron en su pluralidad, con insistencia en remarcar los conflictos y las problemáticas que asuelan a la contemporaneidad, muchas veces desde humoradas repletas de dolor latente, otras, tan manifiesto al tocar el presente y el apremiante futuro que oprimen el alma.

No hay flores en Estambul, el monólogo del actor y profesor uruguayo Iván Solarich; There, de los noruegos de Jo Strømgrem Kompani; La razón blindada, el texto de Arístides Vargas que presentara la Compañía Paulicea de Teatro, Brasil, fueron algunas de las propuestas internacionales que llamaron la atención de los espectadores y la crítica.

Mientras, los antillanos del colectivo El Público, liderado por Carlos Díaz, aprisionaron el resuello de quienes encontraron lugar en el Trianón para ver Harry Potter: se acabó la magia-Academia Documental, una obra con dramaturgia de Agnieska Hernández que hurga en honduras y polémicas que ahora mismo subyacen en la cotidianidad del ser cubano.

Resistencia y teatro más que cuestión de fe.

Lucida y diversa fue la selección foránea. Lo evidencia el unipersonal No hay flores en Estambul, del actor y profesor uruguayo Iván Solarich. (Foto: prensa-latina.cu).

En la misma cuerda Argos Teatro, que dirige Carlos Celdrán, revolvió la memoria con 10 millones; y para no decepcionar Los caballeros de la mesa redonda, de Teatro del Viento; y Guan Melón…!! Tu melón…!!, de El Ciervo Encantado, dirigidos por Freddy Núñez Estenoz y Nelda Castillo, respectivamente, no dejaron tregua a las emociones con sus singularísimas y excepcionales propuestas.

“La Tierra voltea, los humanos emigran (y también perecen) en masa, la vida se siente amenazada ante los desquites de la Naturaleza; hagamos de la escena un convite al amor, un movimiento de justicia y perpetuidad de nuestra especie”, ha dicho el doctor Noel Bonilla-Chongo en entrevista a propósito de este Festival que una vez más, asumió las urgencias sociales como pendón y desde su savia vital e inmediata, pretende transformar el mundo.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez