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Publicado el 16 Diciembre, 2017 por Pedro Antonio García en Cultura
 
 

Comprometidos con su tiempo

Filmes sugerentes que plantean más preguntas que respuestas, sin dejar por ello de mantener viva la memoria histórica, caracterizaron el evento
Una vez más el público entusiasta asedió las salas de cine (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Una vez más el público entusiasta asedió las salas de cine (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Está finalizando la cita fílmica latinoamericana celebrada en la Habana cada diciembre. Como en todo evento de este tipo, hubo luces y sombras, pero de ello no ha escapado ni el Festival de Cannes. Este periodista no va a caer en la trampa de comparar esta edición con algunas de las anteriores recientes. Cada año tiene sus particularidades y este no fue la excepción. Tampoco proclamará sus disidencias con el fallo del jurado.

Como no tiene el poder de la ubicuidad, le fue imposible ver todas las obras en concurso. De lo que vio, pudo apreciar como una tendencia bastante generalizada el deseo de los realizadores de Nuestra América de hacer un cine sugerente, alejado de lo comercial, con más preguntas que respuestas, lo que exige mucho más del espectador, y cuya trama transcurra en un universo metafórico y no narrativo. Eso es todo lo que es Siete cabezas (Jaime Osorio/ Colombia), que sin estar totalmente lograda como obra artística, tiene sus momentos y obliga a seguir de cerca la carrera de este director.

¿Lo que más le satisfizo? La 4ª Compañía (México, España), una ópera prima de Mitzi Vanessa Arreola y Amir Galván, con un guion excelente de la primera, el buen soporte fotográfico de Miguel López y un alto nivel de actuación, sin fisuras, encabezado por Adrián Ladrón (Oveja negra), como Zambrano, y Hernán Mendoza (Las hijas de abril) como Palafox. Impactante denuncia al sistema carcelario mexicano, que aunque ambientado en 1979 tiene vigencia, pues nada ha cambiado allí. En sus 110 minutos de proyección los espectadores se ven atrapados por un ritmo intenso que casi no nos permite respirar.

A pesar de las exhortaciones de Obama, las críticas de Macri y las quejas de la aristocracia chilena del “Barrio Alto”, satirizada como ícono por Víctor Jara, los cineastas de nuestra región mantienen viva la memoria histórica, incluso con proyecciones hacia el futuro. Por un azar concurrente, coinciden en el festival un filme como Los perros (Marcela Said Cares/ Chile, Francia, y un impecable protagonismo de Antonia Zegers), acerca del silencio cómplice del sector adinerado en la patria de Allende con la larga noche del pinochetismo, y dos documentales de excelente factura sobre el tema: El pacto de Adriana (Chile), de Lissette Orozco Ortiz, y El color del camaleón (Chile, Bélgica), de Andrés Pablo Lübbert.

No solo Chile padece de ese mal. Matar a Jesús (Laura Mora, Colombia, Argentina) nos muestra el lado oscuro y menos mediático de la realidad colombiana que las transnacionales de los medios de comunicación obvian u ocultan. Entretanto, La cordillera (Santiago Mitre/ Argentina, Francia, España), jugando con los cánones del cine comercial, esboza inteligentemente una denuncia al injerencismo estadounidense en América Latina.

De la producción nacional, uno ríe con Sergio & Serguéi (Ernesto Daranas/ Cuba, España, Estados Unidos) y disfruta del humor negro de Daniel Díaz Torres en Los buenos demonios (Gerardo Chijona/ Cuba), pero a este comentarista les dejó la impresión de que daban para más. ¿O es que se les está exigiendo mucho a los compatriotas?


Pedro Antonio García

 
Pedro Antonio García