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Publicado el 1 Diciembre, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

LITERATURA

El respeto se gana con la obra

Diálogo con uno de los ganadores del reciente Premio de la Crítica, que se suma al Calendario, de la AHS; La Rosa Blanca, de la Uneac, y La Edad de Oro, de la Editorial Gente Nueva
El respeto se gana con la obra.

No se arrepiente de haber puesto la creación literaria por encima de su carrera de médico.

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Fotos: Cortesía de la AHS

Los libros de Eldys Baratute Benavides provocan todo tipo de reacciones. Cuando publicó Marité y la Hormiga Loca (Editora Abril, 2007) y Cucarachas al borde de un ataque de nervios (Oriente, 2010) fue aplaudido por muchos y denostado por algunos. Hubo quien envió cartas de protesta a un periódico importante por el rumbo torcido que creyó ver en la literatura nacional, y un líder religioso prohibió a sus seguidores leer aquellas narraciones donde se hablaba de otras orientaciones sexuales y modelos de familia.

Sin embargo, el autor guantanamero, nacido en 1983, también es bien mirado por otros lectores y especialistas. Ha recibido varios de los galardones más prestigiosos otorgados a quienes hacen en la Isla literatura para niños y jóvenes, entre ellos el Calendario, de la Asociación Hermanos Saíz (AHS); La Rosa Blanca, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y La Edad de Oro, de la Editorial Gente Nueva. Con Otras tonadas del violín de Ingres (2016) fue merecedor este año del Premio de la Crítica Literaria, concedido por el Instituto Cubano del Libro y el Centro Dulce María Loynaz a las mejores publicaciones de las editoriales cubanas.

Todavía, dice, se conmueve como sucedió cuando, muy niño, leyó Del amor y otros demonios, la obra que lo convirtió en discípulo de Gabriel García Márquez. “En esa época también leí todas las de la sueca María Gripe, las del alemán Michael Ende, los tres tomos de El Señor de los anillos escritos por el británico J.R.R. Tolkien, y un libro del cubano Luis Cabrera Delgado, que me gustó mucho: El aparecido de la mata de mango. A Eliseo Diego, Mirta Aguirre, Nersys Felipe y Onelio Jorge Cardoso los conocí luego”.

– ¿Cuándo creíste que podías hacer literatura?

–No me percaté yo, sino mis maestros. En la escuela primaria me complacía transcribiendo diálogos de telenovelas y haciéndoles algunos aportes, y más tarde escribiendo poemas infames de los cuales no quisiera acordarme. En octavo grado gané un concurso de poesía y una instructora me llevó al taller de la Casa de Cultura. Mi primer acercamiento con escritores de verdad fue violento, porque después de hacer picadillo el texto que llevé me recomendaron libros demasiado aburridos, así que dejé aquel lugar. En el preuniversitario me convencí de que definitivamente sería escritor. Entonces regresé al taller, leí aquellos autores recomendados, y ya no me parecieron tan aburridos.

– ¿Qué no puede faltar en tu narrativa?

–Trato de inculcar a los niños que luchen por su felicidad más allá de dogmas, imposiciones y falsos moralismos. También que respeten al otro, porque ahí también va un poco de felicidad. Se evidencia en mis personajes: una de mis cucarachas quiere ser una Diva, y otra boxeadora o peluquera; la abuela Rosa se enorgullece de su alocada vida juvenil; Soledad se tatúa noticias en el cuerpo.

– ¿Qué te propones con tus obras?

El respeto se gana con la obra.

Sus obras son polémicas y premiadas.

–Divertirme, y contribuir a la formación de mejores personas. Pero no busquen en ellas recetas para comportarse, quiero que la gente descubra la emoción, el sentimiento, la felicidad y la tristeza. Cuando alguien se emociona está prevaleciendo su condición de ser humano, eso se necesita hoy.

– ¿Hay temas tabúes para los niños, adolescentes y jóvenes?

–Es curioso: mientras algunos adultos se alarman con mis obras, sus hijos, nietos y vecinos pequeños disfrutan las narraciones y simpatizan con esos personajes condenados por los mayores. Antes de pensar en los temas habría que hablar de los lectores: existen diferentes tipos, influenciados por el medio social donde se desarrollen. Dos niños de edades similares pueden demandar libros y temas diferentes.

– ¿En Cuba respetan a los creadores de esta literatura? ¿Hay suficientes espacios en las editoriales, concursos y en los medios de comunicación?

–Sí, aunque muchos autores digan lo contrario. No puedo quejarme. La mayoría de las puertas que toco se abren, y cuando no, salto la tapia y entro por la cocina. Apuesto mucho por el sistema de concursos: si ganas te garantizan una publicación, y si no, al menos tres o cinco personas te leen y se hacen un criterio de tu libro.

“Si sumas las editoriales territoriales, las de la AHS, las colecciones de Abril, Oriente, Unión, Gente Nueva, Cauce y otras, te percatarás de que hay mucho espacio para publicar. Los jóvenes debemos llegar a ellas, escribiendo y convirtiéndonos en promotores. El respeto se gana con la obra.

– ¿Qué autores lees por estos días?

–Me encantó Wakolda, de Lucía Puenzo, tanto que compré varios ejemplares y los regalé a mis amigos. He tenido que parar la lectura por placer y ser jurado en concursos. Así leo también con goce, pero con un bolígrafo en las manos.

– ¿Notas un retroceso en el gusto por la lectura? ¿Qué responsabilidad corresponde, en ese escenario, a escritores y promotores?

–No he hecho estudios, pero sé bien que el mundo marcha a la velocidad de la luz, y la agitación con que viven los seres humanos es antagónica al disfrute de un libro. También el audiovisual se ha vuelto muy atractivo, y si a eso le sumas Google y Wikipedia, la competencia es difícil. Sin embargo, cada relato encuentra su lector y los escritores deben tratar de contextualizar su obra y reflejar en ella ese mundo de hoy. Con eso no niego la fantasía.

–Acabas de recibir un Premio de la Crítica. ¿Qué historias propusiste en el volumen galardonado?

–Aunque resulte cliché decirlo, no me lo esperaba. Que lo haya ganado por Otras tonadas del violín de Ingres me anima a continuar con proyectos nobles como este. En él aparecen nueve narraciones inspiradas en obras de pintores de la vanguardia cubana: Los niños (Fidelio Ponce), Flores amarillas (Amelia Peláez), Gitana Tropical (Víctor Manuel), El Intelectual (Marcelo Pogolotti), El rey del juguete (Wifredo Lam), Retrato de Flora (René Portocarrero), Las Comadres (Mariano Rodríguez), Rapto de la guajira (Carlos Enríquez) y La joven de la mano verde (Eduardo Abela).

“Creé narraciones que reflejaran mi lectura sobre las pinturas, e incorporé elementos de la vida de los artistas. El libro demandó un largo proceso investigativo, pero al final valió la pena porque a la gente le ha gustado, se han publicado varias reseñas…”.

– ¿Qué escribes ahora?

El respeto se gana con la obra.

Vinculado a la AHS se ha convertido en promotor cultural y organiza, entre otros eventos, la Jornada de la Canción Política, en Guantánamo.

–Trabajo en dos volúmenes de cuentos. Uno muestra a los adolescentes y jóvenes cubanos con los conflictos habituales en esas edades, enfatizo mucho en el tema del amor. En el otro se recrean historias de los héroes de la patria, de su infancia y juventud. Quiero mostrar cómo eran –con defectos y virtudes–, que los niños se acerquen a ellos. Lamentablemente hemos deshumanizado a los héroes, y los pequeños salen a buscar referentes en los protagonistas de las series de ficción o las películas, y no en la rica historia de nuestro país.

– ¿Quién es tu novelista favorito? ¿Qué relees una y otra vez?

–Sigo prefiriendo a Gabriel García Márquez. Además de Cien años de soledad, siempre vuelvo a El vino del estío, de Ray Bradbury. A los míos no. Después de publicados me provoca pavor leerlos.

– ¿Cuáles libros te avergüenzas de no haber leído?

Paradiso, de Lezama Lima, cada vez que comienzo lo dejo; y gran parte de la obra de Carpentier. ¡Ahora es cuando muchos encenderán una hoguera para echarme a ella!

–Eres el presidente de la AHS en tu provincia ¿Qué ha sido para Eldys esa organización de jóvenes creadores?

–Mi casa. Escribí mis primeros libros en la computadora de la presidencia. Mis personajes más queridos han florecido allí, mi personalidad –con lo bueno y lo malo que tiene– se ha forjado dentro de la Casa del Joven Creador de Guantánamo.

“Convivir entre bailarines, actores, músicos o artistas de la plástica me obliga a beber de referentes que salen en mis narraciones. Además, como no tengo formación en carreras de Humanidades, vivir entre ellos me obliga a estudiar para tener criterios a la hora de tomar decisiones. Luego de conocer a tanta gente fuera de lo común, uno termina escribiendo sobre su mundo, que también es el mío, el de los artistas que me rodean y comparten conmigo las fiestas, y también mis tristezas. Primero son mi familia y después mis personajes.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama