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Publicado el 29 Diciembre, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

ARTES VISUALES

Piedras certeras de aquel David

La fotografía, el diseño escenográfico y editorial, la pintura de caballete y el muralismo, la pedagogía e incluso la literatura, fueron terrenos de enunciación frecuentados por el artífice con genio de fundador. Homenaje a un creador imprescindible
Piedras certeras de aquel David.

Siempre dispuesto a cuestionarse, a evolucionar, en su obra Martí es recurrente. (Foto: casa.co.cu).

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Laborioso y hábil nadador a contracorriente, con una imaginación a prueba del tiempo, Raúl Martínez (Ciego de Ávila, 1927-La Habana, 1995) legó una de las obras más robustas y variadas del arte nacional. La fotografía, el diseño escenográfico y editorial, la pintura de caballete y el muralismo, la pedagogía e incluso la literatura, fueron terrenos de enunciación frecuentados por el artífice con genio de fundador.

Siempre mantuvo a salvo su curiosidad innata y un hambre insaciable de experimentación. Quien lo dude, o desconozca, haría bien en llegarse al Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam (CAC), en la capital, donde se expone hasta enero Allegreto Cantabile. Con la muestra, esa institución –apoyada por el Consejo Nacional de Artes Plásticas y el Museo Nacional de Bellas Artes, a cuyos fondos pertenece la mayoría de las 44 piezas– celebra los 90 años de quien mereciera el máximo reconocimiento dado en la Isla a los protagonistas de su ámbito de creación.

Inició su trazo de manera autodidacta. Se trasladó a La Habana en 1940 y poco después estudió en la Academia de San Alejandro. En 1952 logró una beca en el Instituto de Diseño de Chicago, donde fue influenciado por el húngaro László Moholy-Nagy.

Cuando regresó a su país, integró el grupo Los Once y reflejó mediante el expresionismo abstracto el espíritu de la época imperante durante la dictadura de Fulgencio Batista. Asimismo, por aquel entonces desarrolló una exitosa carrera de diseñador publicitario, oficio que le permitiría, luego del triunfo rebelde de 1959, desempeñarse como director artístico del controvertido suplemento Lunes de Revolución.

Piedras certeras de aquel David.

Desde su primera etapa dedicada a la abstracción experimentó con diversos materiales. (Foto: Cubasí).

En 1964 realizó la serie Homenajes, donde integró fragmentos de muebles, portadas de revistas, fotos de familia, con las consignas revolucionarias recurrentes en las paredes de las ciudades. Funde en el lienzo, mediante el collage y la estética del graffiti, la marea de cambios que recorría el país. Significó el atisbo de un punto de giro en su poética, que lo llevaría hasta la iconografía heroica, su trabajo más conocido por los públicos.

Corina Matamoros, curadora de Allegreto Cantabile, junto a Gabriela Hernández y Rossana Bouza, considera: “No se trata de un arte panfletario que repitiera y se plegara a íconos prestablecidos por una orientación prioritariamente política de la vida, sino de una obra que inventó los íconos, la imagen y el rostro de un pueblo en revolución”.

Martínez utilizó la estética del arte pop para narrar su visión de la Cuba de entonces. José Martí, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro se multiplicaron en sus composiciones, al lado de héroes anónimos y la gente común. A diferencia de las estrellas cinematográficas de Andy Warhol, y otros objetos de consumo sublimados por ese creador estadounidense, las figuras del cubano llenaban la superficie pictórica sin desgastarse en su reproducción en serie.

Se evidencia en la presente exhibición, cuya museografía está organizada cronológicamente. Recorriéndola, constatamos la tensión entre lo colectivo y la individualidad del artista, testigo ingenioso y polémico de su tiempo, quien volvió a la abstracción durante la década de los años 90.

Si algo se extraña en las salas del CAC es la presencia de obras surgidas en el ámbito del diseño, como su célebre cartel de la película Lucía (Humberto Solás, 1968), o sus portadas de libros, reproducidas alguna vez en millonarias tiradas. Incluirlas hubiera dado una idea más completa del múltiple trabajo intelectual de Raúl Martínez.

Piedras certeras de aquel David.

Raúl Martínez “creó la más sorprendente iconografía social que se haya realizado en el arte cubano”, asegura Corina Matamoros. (Foto: CAC).

Entre las últimas piezas vemos dibujos sobre lienzos –presumiblemente inconclusos– pertenecientes a la colección del dramaturgo Abelardo Estorino. Así conocemos que el impulso de crear nunca abandonó al artífice, siempre dispuesto a cuestionarse, evolucionar.

En enero de 1995 le entregaron el Premio Nacional de Artes Plásticas, y dijo al agradecerlo: “Cuando somos jóvenes descubrimos que pintar deja de ser un regocijo para convertirse en un desgarramiento. Yo era un David lanzando mis piedras de mal tirador […] Las críticas y el reconocimiento no eliminan la inseguridad, pero un premio […] hace que, lentamente, las piedras comiencen a dar en el blanco”.

En el siglo XXI, todavía aquellos guijarros arrojados por Raúl Martínez son certeros, e impactan en los disímiles nervios de la cultura cubana.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama