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Publicado el 28 Diciembre, 2017 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

JOAQUÍN BETANCOURT

Por todos los terrenos de la música

Diálogo con un destacado violinista, compositor, director y profesor cubano
Por todos los terrenos de la música.

La música es su pasión y sostén, confiesa.

Por RAÚL MEDINA y MARLEIDY MUÑOZ

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Casi siempre está vestido de blanco. Su figura se deja ver poco entre los integrantes de la orquesta que conduce con precisión de otro mundo. Cuando lo presentan en el teatro o en la pantalla de la televisión, solo algunos espectadores reconocen en ese pequeño hombre de azabache a un exitoso productor discográfico y arreglista cotizado, que ha controlado espectáculos de Olga Tañón y grandes shows del cabaret Tropicana.

A primera vista Joaquín Betancourt Jackman parece alguien laborioso y humilde. Es también un sensible compositor, profesor de varios de los instrumentistas y directores cubanos más célebres de estos tiempos, triunfadores tanto en la penumbra de los clubes de jazz, como en frenéticas pistas de baile.

Cuando pareciera que cualquiera con cierta pericia merece ser reconocido como un maestro –a juzgar por el abuso del epíteto en nuestros medios de comunicación–, a este, que ha ganado el título mediante su trabajo limpio, no le gusta que lo llamen así. Solo espera de sus alumnos un agradecimiento íntimo por el esfuerzo de ponerles en las manos todos sus conocimientos, sedimentados durante décadas de exploración por ese vasto universo conocido por todos como la música.

Gracias a la rumba

Por todos los terrenos de la música.

A la rumba le debe más de una satisfacción. (Foto: ERIC MARTIN/Le Figaro Magazine).

Nació en Camagüey, el 27 de mayo de 1951. Allí escuchó melodías populares y de las llamadas cultas, mezcladas en similares proporciones. A su abuelo, tallador de mármol en un cementerio, le encantaba la sinfónica y cuando descubrió que al pequeño también le gustaba la música, lo sentó todos los días a su lado para oírla en la radio nacional.

Joaquín recuerda: “Me crié en un barrio de obreros, donde tocaban rumba en las esquinas y me escapaba a escucharla. Abuelo, aunque de origen pobre, negro, era alérgico a ella y cuando me sorprendía participando, solo me miraba con severidad. Entonces yo regresaba a la casa.

“Él fue el primero en llevarme a una presentación de la Orquesta Sinfónica Nacional. Allí conocí el Concierto para violín del alemán Felix Mendelssohn y me impresionó tanto que abuelo me compró mi primer instrumento de ese tipo. Lo utilicé durante muchos años”.

También lo influyó su padre, instrumentista de la Orquesta Sinfónica de Camagüey y músico popular. “Él y sus compañeros eran pobres –continúa– y ensayaban en la sala de mi casa, donde también aprendí a disfrutar aquellos discos grandes de Louis Amstrong, Benny Moré…”.

Muchos años después, vestido de gala, habría de recordar su Camagüey natal y las tumbadoras que descubrió furtivamente en las calles laberínticas de la villa. Le entregaron un premio Grammy Latino por La rumba soy yo (2000), gran producción discográfica amalgamada junto con la musicóloga Cary Diez.

“Me sorprendió cuando me propusieron su realización, no me sentía preparado, pero acostumbro a trabajar con rigor profesional y estudié mucho. Llevo la rumba por dentro y le reconozco el mismo valor de la Quinta sinfonía de Ludwig van Beethoven. La polirritmia que se logra con la rumba es genial, su energía es algo sin precedentes”, dice.

Por todos los terrenos de la música.

En la gala de Cubadisco 2016 dirigió la Orquesta Sinfónica Nacional, que interpretó arreglos suyos a obras de Juan Formell popularizadas por los Van Van.

En el CD reunieron, entre otros, a Clave y Guaguancó, Los Muñequitos de Matanzas, Yoruba Andabo, Los Papines, Tata Güines, estrellas cubanas de ese género en el cual se inscriben las variantes yambú, guaguancó y Columbia, y que fuera reconocido en 2016 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco.

“¿Qué hubiera pensado mi abuelo?”, pregunta el entrevistado y se deshace en una carcajada.

De aprendiz a profesor

Con nostalgia rememora varias estaciones en la formación de su personalidad artística. Luego de aquellos días infantiles llegó adolescente a la Escuela Nacional de Arte (ENA).

“Fui formado como violinista por pedagogos europeos y nunca me puedo desprender de la enseñanza académica. Hasta hoy todo lo que hago se imbrica con la música popular cubana, pero también con la llamada música culta”.

En la ENA integró una hornada importante para la cultura de la Isla. Allí tuvo compañeros de estudio brillantes que se convirtieron en grandes amigos.

“Éramos más de 500 alumnos y todos conocíamos varias manifestaciones. Los músicos aprendimos a apreciar las artes plásticas, el teatro, la danza. Nuestra generación, además del talento de sus integrantes, recibió una preparación muy fuerte”.

Orgulloso, recuerda algunos de sus condiscípulos de entonces: Adalberto Álvarez y José Luis Cortés, quienes se dedican a la música popular bailable cubana; el violinista sinfónico Alfredo Muñoz; del ballet, a Jorge Esquivel, a los hermanos Salgado y los Carreño; a la actriz Adria Santana, y al inolvidable actor y dramaturgo Alberto Pedro.

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Betancourt ha contribuido a la carrera de noveles instrumentistas, entre ellos el saxofonista Michel Herrera. (Foto: CALIXTO N. LLANES).

Por aquel entonces nació Opus 13, agrupación que lideró y la considera como un gran taller, donde él y los demás integrantes experimentaron e hicieron muchos sacrificios para sostenerse en el escenario. La experiencia –en el vórtice de la salsa– acabó cuando arreció la crisis económica de los 90. La disyuntiva era alimentar a sus familias o hacer la música que les gustaba.

“Aquel período fue para las agrupaciones como si hubiera sucedido una epidemia, hay quien se salva y quien se enferma. Opus 13 no sobrevivió”, se lamenta; pero razona que luego de ese difícil momento pudo concentrarse en otras aristas de su creación, entre ellas la producción discográfica, en la que tanto se ha distinguido.

También es reconocido como director de orquesta. Aunque una década atrás no pensaba retomar la conducción de ningún proyecto musical, armó un grupo para algunas presentaciones específicas y luego decidió continuarlo. Así nació la Joven Jazz Band, con la que ha grabado dos discos y tocado hasta para el gran trompetista, compositor y arreglista estadounidense de jazz Wynton Marsalis.

“Este formato se perdió en Cuba hace mucho tiempo. Su sonoridad resulta muy necesaria, vital para el desarrollo de los instrumentistas”, señala quien concibió una banda apta para hacer todo tipo de música, a su imagen y semejanza.

“Antes que jazzista me considero un músico amante del jazz, pues no improviso. En sentido general me he preocupado por ser todoterreno, estudio para estar preparado ante cualquier situación”.

Con semejante filosofía da ejemplo a sus alumnos, a quienes por ser jóvenes e inexpertos no los exime del máximo rigor. “Trato de inculcar en las nuevas generaciones el principio de cumplir con los compromisos, eso es fundamental también en el arte”, explica. Así ha contribuido a la carrera de noveles músicos, entre ellos Eduardo Sandoval, Michel Herrera, Alexander Abreu, Rolando Luna, Harold López-Nussa.

¿Por qué tanto interés por la obra de quienes empiezan?, indagamos. “Para la juventud de hoy no puedo ser menos que como fueron mis maestros conmigo”, afirma quien se considera afortunado por haber aprendido de verdaderos profesores.

Entre quienes le impartieron clases menciona a Félix Guerrero, Roberto Valera y José Loyola, nombres a los que añade los de otros grandes que lo han influenciado, de ellos aprendió en la distancia: Rafael Somavilla, Armando Romeu, Leo Brouwer y el músico y crítico Leonardo Acosta.

Melodías interminables

Por todos los terrenos de la música.

Su vocación pedagógica lo ha llevado a fomentar entre los jóvenes el añejo formato de la jazz band.

Le molesta la vulgaridad y el irrespeto. En su hogar habanero se acuesta tarde, luego de componer. Se levanta muy temprano, porque le gusta mirar el amanecer. Su único pasatiempo es la propia música, si no la disfrutara tanto se podría decir que siempre está trabajando.

Como parte de su método, escucha diariamente composiciones de su autoría, se autoanaliza como aprendió del jazzista cubano Emiliano Salvador, fallecido en 1992. Es la manera de no repetirse.

Joaquín disfruta ayudar en los discos de otros, los siente como suyos también: “Los arreglistas y orquestadores tenemos el deber de hacer bien cualquier encargo que nos encomienden”. A algunos les pone todo el corazón, “la bomba”. Entre ellos el que produjo para su esposa Zunilda Remigio (A mi tierra), en el cual realizaron un homenaje a destacadas intérpretes cubanas, de diversas épocas.

Prefiere trabajar a un nivel profesional muy alto. Afirma que “si dejamos de ver tanto las ventajas económicas que pudieran derivarse de los álbumes, y nos centramos en hacerlos bien, tendríamos un mejor panorama discográfico. Para ello necesitamos un equipo de arreglistas, como sucede en el mundo, no puedes tener una concepción demasiado personal del disco”.

Pero hay una cuestión que desvela a Joaquín Betancourt. Le preocupa la enseñanza de la música popular en Cuba. Esta expresión, según el maestro, continúa estando en un buen momento, pero hay errores que se repiten entre quienes la instruyen y quienes la promueven.

“Aunque disfrutamos de magníficas escuelas de arte, no existe en ellas una cátedra de música popular cubana. El tiempo pasa y será difícil recuperar algunos saberes que podrían perderse si no ponemos en nuestras aulas, como profesores, a los mejores creadores del país”.

Habrá que escuchar a quien posee en su récord personal más de 100 discos producidos, también una nominación al Grammy, por São Vicente di Longe (Cesária Évora, 2001) y la responsabilidad recibida de Juan Formell: interpretar con arreglos sinfónicos los temas emblemáticos de los Van Van.

Joaquín Betancourt tiene mucho que enseñarnos para que nuestro país conserve la potencia cultural de la auténtica música cubana.

Junto al músico habita el productor discográfico de éxito.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama