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Publicado el 9 Marzo, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Los rumores de Milanés, a la carta D´Dos

Con sede en el Complejo Cultural Raquel Revuelta, del Vedado capitalino, Teatro D´Dos abrió 2017 ungido con las honduras de Parece blanca –de Abelardo Estorino-; ahora regresó sobre los pasos de ese mismo autor para presentar un nuevo montaje de Vagos rumores
Los rumores de Milanés, a la carta D´Dos.

Excelente consistencia dramática exhibió este nuevo montaje. (Foto: laparafe.fr).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

No es secreto para nadie la deliberada preferencia de Julio César Ramírez, y la nómina que lidera –Teatro D´Dos–, por Abelardo Estorino (1925-2013), quizá uno de los dramaturgos cubanos más representados de los últimos años, cuyas obras cargan el espíritu y la esencia de la identidad y la cultura –a partir del abordaje de problemáticas consustanciales a la historia de la nación– y permiten dilucidar la realidad contemporánea desde una mirada al pasado, sagaz y desprejuiciada.

Si el colectivo, con sede en el Complejo Cultural Raquel Revuelta, del Vedado capitalino, abrió 2017 ungido con las honduras de Parece blanca; ahora regresó sobre los pasos de ese mismo autor para presentar un nuevo montaje de Vagos rumores (1992), el cual propone un acercamiento a una figura literaria cubana del siglo XIX.

Este texto, de gran lirismo y carga dramática, es una versión de La dolorosa historia del amor secreto de Don José Jacinto Milanés (1973), de Abelardo Estorino, quien realizó una exhaustiva investigación histórica acerca del joven poeta, dramaturgo y ensayista matancero, autor de El Conde Alarcos, primera obra moderna cubana. Luego de casi dos décadas, retomó el argumento y lo convirtió en Vagos rumores, que compendia y reinterpreta personajes y circunstancias.

“La elevada exigencia ética con que Abelardo Estorino asume la creación teatral se articula con un tema recurrente en su obra: el análisis del papel del artista en la sociedad contemporánea”, ha afirmado la teatróloga Vivian Martínez Tabares, sobre la pieza que más allá de indagar en torno al rol social del creador, insta a repensar el presente, sus certezas y polémicas.

Con un singular estilo narrativo, discontinuo y delirante, el autor centra el conflicto del relato en la demencia –tan controversial como velada– que padeciera el escritor en los últimos años de su existencia, y lo enlaza con las contradicciones de la Cuba colonial de entonces.

Los rumores de Milanés, a la carta D´Dos.

Yany Gómez defiende varios roles con coherencia y organicidad. (Foto: laparafe.fr).

A partir de un marcado simbolismo, cuestiona la época y, sustentado en la locura del bardo, establece nexos sugerentes entre su retroceso psicológico y la decadencia económica y política del país bajo el dominio español. Advierte la situación de deterioro en el plano individual y familiar que rodearon al eminente representante de la lírica y el drama románticos en la historia literaria de la mayor de las Antillas y en las letras hispanas. A muy temprana edad, Milanés sufrió un ataque cerebral, cuyas secuelas fueron invalidando su carrera literaria; en el decurso del tiempo comenzó a mostrar los signos de desequilibrio mental que padeció hasta el término de sus días.

En Vagos rumores su autor vuelve sobre la familia y sus entresijos, como en muchas de sus obras, pero con una postura otra, diferente a las referidas en Mangos de Caín, Morir del cuento y Ni un sí ni un no. Y en el retiro existencial y material sugerido por Estorino brota la inspiración en forma de poesía, amalgamada a remembranzas, ensueños, alucinaciones; a aquel amor furtivo del poeta por su prima Isa, a esa relación apasionada con la madre y la hermana Carlota.

Julio César Ramírez ha tejido con hilos de seda la puesta en escena que, amén de las licencias tomadas, es notable por una concepción escénica que respeta y refrenda el sentido de la partitura dramática original, la gracia expresiva de la palabra del también creador de La casa vieja, el juego del teatro dentro del teatro a modo de recurso imaginativo de ineludible consistencia poética.

Sin duda, un espectáculo hermoso y repleto de sugerencias, imágenes, alegorías. Como esas en la que la proximidad de la muerte es encarnada por el personaje de un mendigo, quien le repite al Milanés moribundo, una y otra vez, la fecha de su deceso: 14 de noviembre de 1863, cual “ángel” de las tinieblas que no quiere darle reposo.

En medio de desvaríos y ensoñaciones, comienzan a emerger los versos junto a los recuerdos de la infancia, el hogar y los seres queridos; las incipientes aspiraciones literarias del joven artista y después el éxito de su obra en La Habana. Regresan trazas de aquellas presencias, de cofrades poetas.

El desempeño actoral es convincente, aunque con cierto desbalance. Yany Gómez se mostró orgánica en la caracterización del mendigo atormentador, y además tuvo la ventaja de desplegar mayor riqueza interpretativa con los diversos roles por los que alternó a partir del manejo de diferentes objetos (manta, capa, sombrero).

Los rumores de Milanés, a la carta D´Dos.

Las honduras del ser cubano fue uno de los temas centrales en la obra de Estorino. (Foto: cubadebate.cu).

Por su parte, Leyder Puig, en el personaje de Milanés, realizó una labor loable, con las debidas contenciones y sin caer en excesos ni representaciones manidas al sugerir la locura, pero aun así precisa más búsquedas y experimentaciones.

En esta ocasión, el diseño escenográfico se apartó bastante del enfoque minimalista frecuente en los montajes de Teatro D´Dos. Los libros por doquier, las sogas colgando del techo, el juego con la escalera, la reja en alusión al encierro de Milanés, incluso, la irrupción en escena del protagonista, en los minutos iniciales, conforman una simbiosis única, un todo de sutiles detalles que complementan el equilibrio entre los significados y los códigos aludidos por el texto y la interpretación de ellos para el montaje.

Una vez más, el equipo de Julio César Ramírez ha decidido apostar por la excelencia de la buena literatura, esa que como la de Milanés y Estorino se torna imperecedera en el imaginario de generaciones.


Roxana Rodríguez

 
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