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Publicado el 22 Mayo, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

El arte de contar sin palabras

Un clásico de la dramaturgia cubana impresionó desde el lenguaje extraverbal
El arte de contar sin palabras.

Con escasos recursos escenográficos, Maritza Acosta, la directora de la agrupación, consigue un montaje sugestivo.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Auténtica fiesta de matices, gestualidad y sensaciones es la versión de Las Pericas que, basada en el original del dramaturgo y escritor cubano Nicolás Dorr (1947), repuso recientemente el colectivo Teatro del Cuerpo Fusión, liderado  por la actriz, bailarina y coreógrafa Maritza Acosta. Estrenado en 2016, el montaje convida a redescubrir, a partir de la pantomima, este clásico tantas veces representado en países europeos y latinoamericanos.

Fue con esta fábula de perversas ancianas que su autor, apenas un adolescente de 14 años, irrumpió en el panorama teatral antillano, cuando la obra se presentó por primera vez en La Habana, el espacio experimental Arlequín, durante abril de 1961. De entonces a hoy, el texto no ha tenido reposo ni dejado de deleitar desde esa hondura y universalidad que lo hacen único.

El arte de contar sin palabras.

Estas diabólicas pericas hacen reír y, también, reflexionar.

Estas villanas y, a la vez, graciosas pericas han desfilado de escenario en escenario con diversas estéticas y conceptos. El Ballet Nacional de Cuba, de la mano de Aurora Bosh, adaptó la pieza para danza clásica; y por si fuera poco, el Instituto Italo Latinoamericano de Roma la reconoció entre las 10 más representativas de la vanguardia teatral de América Latina, sin contar que una agrupación española le debe su nombre.

Justo cuando Teatro del Cuerpo Fusión celebra su primer cuarto de siglo, vuelve a cautivar con este espectáculo de Las pericas, imaginativo y pródigo en poesía, cargado de un elevado sentido experimental, en el cual la expresividad de los cuerpos danzantes genera un lenguaje fecundo, de elevada riqueza conceptual que no precisa de las palabras. Esa es una de sus mejores virtudes.

Maritza Acosta tejió con hilos de seda dicha puesta, que asume la difícil y audaz empresa de relatar a puro mimo la vida de las cuatro hermanas protagonistas, desde los años mozos hasta la ancianidad.

Coherencia y equilibrio escénico subliman el montaje, a partir de una interesante y acertada  concatenación de técnicas derivadas de la pantomima y la danza, las cuales le otorgan una esencia contemporánea a esta propuesta conocida como coreodrama.

El arte de contar sin palabras.

El elenco, en su mayoría muy joven, demuestra arrojo y talento en escena.

Sin apenas recursos escenográficos, personajes y espectadores consiguen un diálogo fluido perfectamente comprensible para públicos de todas las edades. A modo de elemento relevante, se aprecia el empleo de imágenes audiovisuales que complementan la historia, e incluso, perfeccionan la cadena de acciones.

Merece la pena acotar la creatividad con que Acosta soluciona el decurso del tiempo para aludir a los diferentes instantes de la existencia de los personajes; igualmente, la insinuación optimista que propone tras el nefasto final.

Cada movimiento, gesto o expresión de los intérpretes traslucen una intención, un propósito; exteriorizan los celos, las bajas pasiones, las angustias y los desencuentros que rodearon a tres hermanas de útero seco, en contra de una relegada a servirles de criada hasta el último de sus días.

La nómina dirigida por Acosta exhibió un desempeño danzario interpretativo meritorio. En su rol se destacó Beatriz Anaya Rodríguez, quien defendió con organicidad y dominio técnico a una Rosita marginada y sumisa. Asimismo, atraparon la simpatía del auditorio las hermanas, tan diferentes como maléficas, encarnadas por Dalila Calzadilla Jardines (Panchita), Miguel Ferrer Vidal (Serafina) y Carolina Cruz Hidalgo (Felina).

El arte de contar sin palabras.

Beatriz Anaya Rodríguez y Adrián Alejandro Dorta González logran instantes espléndidos –de danza muy teatral o teatro danzado–, junto a la banda sonora de Rigoberto Otaño Lafite.

El despliegue coreográfico de los demonios cabezones fue admirable e importante en la evolución de la trama; aunque esta reportera anotó como desatinado que el conteo de pasos y ciertos diálogos o monosílabos entre intérpretes resultaran perceptibles para los espectadores más cercanos al proscenio.

También realzaron la propuesta la incursión en escena de niñas y niños del Ballet Infantil de la Televisión Cubana, dirigido por Iraida Malberti, y los diseños de Carlos M. Marchante (vestuario y atrezos) y de Marvin Yaquis Escobedo (luces).

Con tan excepcionales atributos –y muy pocos desaciertos– resultó lamentable que la sala del teatro Mella, en el Vedado capitalino, apenas se llenara. Este “medio vacío” o “casi lleno” por ineficiente gestión de promoción –entre otras limitaciones– es inconcebible en el caso de una modalidad escénica que produce tanto goce y por décadas cautivó a numerosos seguidores cuando para disfrutar pantomima solo bastaba ir al teatro o encender la televisión.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez