0
Publicado el 14 Mayo, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

RAÚL MARTÍNEZ GONZÁLEZ

“Pintor revolucionario en la revolución”

Hito de las artes visuales cubanas deja impronta para las generaciones de todos los tiempos
"Pintor revolucionario en la Reviolución".

“El primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo”, reza la máxima de José Martí, de quien Raúl Martínez perpetuó su imagen y estirpe patriótica.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: Fotocopias de la Colección Espiral/Arte Cubano Contemporáneo

Contaba poco más de siete años de edad la reportera que hoy escribe estas líneas, cuando un cartel atrapó su atención. Apenas entendía por qué le deslumbró, entonces, el dibujo de grueso trazo negro, realzado por el contraste de tonalidades cálidas (naranja, amarillo, ocre) y frías como el malva, el magenta, la gama de azules.

Tampoco comprendía cómo en tan singular fiesta de matices, tres rostros femeninos de parecido estado de ánimo, pero cada uno en sí mismo investido de personalidad y psicología propias, cautivaron su todavía desentrenada sensibilidad y apreciación hacia las artes visuales. En el extremo superior de la pancarta alcanzó a leer: Lucía.

Aquella amalgama de línea y color no era otra que la del cartel de la película cubana homónima, de Humberto Solás, que concibiera en 1968 Publio Amable Raúl Martínez González (1º de noviembre de 1927-2 de julio de 1995); para sus contemporáneos y las generaciones que le sucedieron y seguirán, sencillamente, Raúl Martínez.

Algunas décadas después del inocente hallazgo, y antes de que profesión y oficio periodísticos devinieran razón existencial y material, esa imagen volvió una… muchas veces, y junto a ella, revelaciones de diversa procedencia que conformaron la visión sobre este artista comprometido con su tiempo y su isla caribeña, capaz de encarnar, a partir de la creación, el optimismo, la lozanía de un proceso social que respondió a las aspiraciones de varias generaciones.

Generó una obra diversa, genuinamente expresiva, cuyo rasgo esencial es la renovación constante del lenguaje visual. Tal vez, a modo de sustento inconsciente para no traicionar la energía indagadora y suspicaz de su personalidad, atenta a cada acontecimiento o transformación en todas las esferas de la vida.

A lo largo de su trayectoria artística discurrió por la figuración, luego por el expresionismo abstracto; en consecuencia, hasta hoy se le considera uno de los cultores más notables de esta corriente nacional e internacionalmente. A la vez, devino paradigma en Cuba del pop art, movimiento artístico surgido en Estados Unidos e Inglaterra a mediados del XX, del cual Martínez se apropió y transformó el sentido otorgado por los iniciadores, para ponerlo en función de su pueblo y sus principales protagonistas.

Artista que germina

Desde la niñez, en su natal Ciego de Ávila, lo atrapó el universo de los dibujos mientras leía las aventuras de Tarzán y otros héroes de los comics que publicaban entonces las ediciones dominicales de la prensa. Fue uno de los cinco descendientes varones concebidos por un matrimonio que emigró a la capital en 1940, en busca de mejores condiciones de subsistencia.

“Al segundo día de estar viviendo en La Habana me decidí a explorarla –ignorando las advertencias de que no lo hiciera […] Desembocamos en la [calle] de Galiano […] Allí me tropecé con un maravilloso descubrimiento: el Ten Cents de San Rafael […] Encontré lugares donde vendían pintura, libros para colorear, álbumes de sellos de correos, juguetes […] Todo era un mundo extraordinario y se desplegaba ante mí. Salí fascinado”.

Así describiría el pintor sus vivencias, en una suerte de recorrido desinhibido por las zonas iluminadas y de sombras de toda su existencia, las cuales vieron la luz en el libro Yo, Publio. Confesiones de Raúl Martínez, de su autoría y editado póstumamente.

"Pintor revolucionario en la Reviolución".

En este collage de la serie Murales y banderas (1983) se realza el sentido simbólico de la fotografía en blanco y negro, sin obviar el color original de las banderas y el logo de los CDR.

En la urbe que lo tomó como hijo adoptivo realizó diferentes oficios para colaborar con la precaria economía familiar. A partir de 1941 matriculó en la Escuela Anexa a San Alejandro y un poco más tarde, en la propia academia, donde permaneció hasta 1948, año en que abandonó los estudios por falta de recursos.

Para inicios de la década siguiente, todavía el influjo de la figuración aprehendida y asimilada en San Alejandro se mantuvo latente y, sustentado en esa estética, ganó medalla de plata en la exposición Cuba Painting Exhibition, convocada por la norteamericana Universidad de Tampa.

Su creación pictórica, ya activa desde antes de interrumpir la formación académica, comenzó a alcanzar resonancia. Se unió a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, dirigida por Harold Gramatges, y fue uno de sus miembros iniciadores. Igualmente, seducido por las exploraciones artísticas del fotógrafo y pintor estadounidense de origen húngaro László Moholy Nagy, fundador del Instituto de Diseño de Chicago, optó por una de sus becas y fue aceptado.

Allí Raúl Martínez se fogueó en la experimentación de soluciones eficientes sobre diseño básico, tipografía, grabado, fotografía y escultura. Advirtió los presupuestos estéticos del expresionismo abstracto y su relación con las experiencias vivenciales de los individuos; se adscribió así a dicha tendencia, propia de la vanguardia mundial de la segunda posguerra.

“Nadie entendía entonces lo expresado, ni tampoco nosotros lo exigíamos. Fue un desafío y un acto de fe en medio de una época desgastada y mentirosa”, expresaría al cabo de muchos años, en 1987, durante una entrevista realizada por el Museo Nacional de Bellas Artes para el catálogo de la exposición Nosotros.

De regreso a Cuba, en 1953, se enroló en el Grupo Los Once, junto a una pléyade de destacados creadores, y en varias oportunidades exhibió sus piezas en la galería del Lyceum and Lawn Tennis Club de La Habana. Eran años convulsos para el país en el orden económico, político y social; los artistas de la época no estaban ajenos a este escenario, tampoco Raúl Martínez, quien se vinculó con algunos coetáneos en una exposición sobre plástica contemporánea cubana, conocida como la AntiBienal y que rechazaba la Bienal Hispanoamericana de Arte, organizada por el Instituto Nacional de Cultura, del gobierno de Fulgencio Batista, y el Consejo de Hispanidad franquista.

Durante toda su carrera artística rindieron disímiles frutos los conocimientos obtenidos en la academia de Chicago y su labor como dibujante en la agencia publicitaria OTPLA (Organización Técnica Publicitaria Latinoamericana), adonde fue a trabajar en 1954 por recomendación de un amigo, el pintor rumano-cubano Sandú Darié Laver.

Paralelamente al quehacer en el panorama publicitario, se mantuvo muy dinámico en la creación plástica: participó en diversas muestras personales y colectivas en la arena nacional y foránea; muchos de sus murales se alzaban en distintos centros habaneros. Para 1959 ya Raúl Martínez era reconocido por la crítica local e internacional como uno de los exponentes más sobresalientes del expresionismo abstracto en la Isla.

Legado para las generaciones

"Pintor revolucionario en la Reviolución".

El pueblo y sus héroes se funden en una sola masa, diversa y genuina, en Isla’70.

Su obra y existencia anduvieron enlazadas a todos los instantes cruciales de la cultura en la mayor de las Antillas desde el triunfo de la Revolución. En noviembre último, en ocasión del  aniversario 90 del natalicio de este artista, se reunió la muestra personal –incluidas algunas piezas inconclusas de gran creatividad– ”Raúl Martínez: Allegreto Cantabile”, en la que aparecieron diferentes etapas de su poética artística.

Su prolífica creación visual, impregnada de los códigos estéticos de la pintura, el diseño y la fotografía, aportó saberes e ingenio en las etapas fundacionales y de florecimiento del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), la Casa de las Américas, el Instituto Cubano del Libro.

En aquellos primeros años, se apartó del ámbito publicitario para asumir la plástica y la fotografía como su razón de ser. No obstante, jamás desistió de la condición de diseñador gráfico y ajustó esta faceta a las nuevas circunstancias. Desde esa esencia innovadora encauzó con coherencia la relación diseñador-pintor-fotógrafo que siempre lo identificó.

Por su aguda intuición visual percibió los diversos modos en que se expresó la voluntad popular y los cambios radicales tras la victoria de enero de 1959. Creó carteles de propaganda como aporte a los apremios comunicativos en marcha; se insertó como gráfico en el suplemento cultural Lunes de Revolución.

La obra del artista se presentó en varios países del otrora campo socialista. A mediados de los 60, nuevamente regresó a la figuración, sin que ello implicara un retroceso; al contrario, con esta acometida se arrogó códigos renovadores y alternaba con la fotografía a fin de potenciar el alcance generado a partir de la plástica. Entre las muestras más destacadas de esta etapa estuvieron Homenajes (1964), inaugurada con motivo del aniversario 11 del asalto al cuartel Moncada y en la cual experimentó de una manera muy particular con el collage; y ¿Foto-mentira! (1966), evidencia de una metamorfosis significativa en su poética.

La creación fotográfica de sugerencias artísticas ganó en Martínez a uno de los precursores más sobresalientes. Al respecto, escribió la curadora y estudiosa de su obra, Corina Matamoros, en el catálogo de la exposición Hay que saber (inaugurada como parte del 30º Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en diciembre de 2008): “¿Quién ha dicho que inventamos la fotografía manipulada? ¿Ha visto Ud. la serie Murales y banderas? ¿Se ha fijado cómo, en medio de tanto lugar humilde de La Habana que vemos en esas fotos, siempre halla el artista el magnetismo de una imagen iluminada que nos afianza como cubanos”.

La época dorada del cartel antillano en proyectos para el cine y el teatro, tuvo en Raúl Martínez a uno de sus más importantes exponentes. Esa pulcritud en el trazo y el denuedo por crear en función de las exigencias comunicativas y serigráficas del momento, muestra hasta hoy su virtuosismo y sensibilidad sempiternos.

Recordados son el cartel del estreno mundial de la obra teatral El robo del cochino (1961), de Abelardo Estorino; y aquellos que ideó para la naciente filmografía revolucionaria, entre estos, Desarraigo (1965), de Fausto Canel; o el documental David (1967), de Enrique Pineda Barnet.

Innovador impenitente

"Pintor revolucionario en la Reviolución".

Plena de poéticas visuales, la cartelística firmada por Martínez irrumpió en las artes escénicas y el cine, un ejemplo es este clásico de la filmografía cubana.

Aunque “fue un revolucionario en la revolución”, como lo calificara Jorge R. Bermúdez, crítico de arte e historiador de la gráfica y la plástica cubanas, la obra de Martínez –tan desasida de lugares comunes– no siempre resultó apreciada en la magnitud merecida. Quizá, por su aliento novedoso o el estilo tan distintivo de proyectarse ante la vida misma.

En 1966 nació su galería de héroes. Entre sus lienzos y pinceles, primero desfiló José Martí en retratos cíclicos y reiterativos de una energía intensa, y desbordados de suavidad y ternura. Le siguieron Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro y otros muchos que, también, brotaron de ese estilo basado en la fotografía y dado en repetir la imagen con un movimiento lineal, incluso, cinematográfico.

Pero los héroes anónimos no tardaron en llegar a sus óleos siguiendo la misma estrategia, como en Ustedes, nosotros (1969) y, posteriormente, Isla70 (1970), donde los ídolos revolucionarios desacralizados y vueltos a contextualizar se amalgamaban con el pueblo, entre símbolos representativos de nuestra identidad.

“El componente juvenil de la sociedad cubana termina por hacerse un espacio cada vez mayor en los cuadros, en la misma medida que lo heroico personal cede ante una épica plural”, refirió Jorge R. Bermúdez en el texto Lo eterno de todos los días, en el cual revela la admiración del artista por el acontecer del país casi al finalizar los años 70, en que se consolidó como exponente del arte pop.

Los decenios sucesivos lo sorprendieron en una búsqueda incesante como creador y ser humano. Y amén de la simbiosis lograda entre diseño y fotografía con las series Murales y banderas, Dibujos para colorear y La conquista, se integró a los proyectos de inserción del arte en la vida social, creados a partir de 1983 y popularmente conocidos como Telarte y Arte en la carretera.

Poco antes de terminar la década, la temática martiana lo volvió a entusiasmar y concibió la serie Pinta mi amigo el pintor, inspirada en los Versos Sencillos. Para los años 90 retomó el primigenio período abstracto de su carrera, con varias piezas de significado erótico, o de crítica a temas como la discriminación racial. Empezó a redactar sus memorias, las cuales fueron publicadas póstumamente, al igual que Los cuentos bobos, su única y muy acertada incursión en la literatura infantil.

“El acto de la creación es religioso y lúcido; las pasiones se viven, después se expresan. Hay que conocerse, saber lo más posible sobre nosotros mismos, dominar los demonios”, expresó Raúl Martínez en 1994 cuando se le confiriera el doctorado Honoris Causa en Ciencias del Arte por el ISA. Y fue consecuente con esta declaración hasta el último de sus días en julio de 1995; seis meses antes, en su edición primera, había recibido el Premio Nacional de Artes Plásticas.

La apropiación de la figura de los héroes deviene constante en la obra de este artista


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez