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Publicado el 20 Junio, 2018 por Lilian Knight Álvarez en Cultura
 
 

LOS 110 DE BOHEMIA

Viaje al centro de mi tierra

No había forma mejor de celebrar este nuevo aniversario que recorriendo el país, para renovar la cubanía. Santiago de Cuba, Bayamo, la Sierra Maestra y Santa Clara recibieron a parte del colectivo de BOHEMIA

Por LILIAN KNIGHT ÁLVAREZ, con la colaboración de DAYÁN GARCÍA

El cementerio Santa Ifigenia, fundado en 1868 y declarado monumento nacional en 1937, es lugar de reposo eterno de figuras a las que BOHEMIA rindió tributo, en especial al Comandante en Jefe Fidel Castro, a nuestro Héroe Nacional José Martí, al Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, y a la Madre de los cubanos Mariana Grajales. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

El cementerio Santa Ifigenia, fundado en 1868 y declarado monumento nacional en 1937, es lugar de reposo eterno de figuras a las que BOHEMIA rindió tributo, en especial al Comandante en Jefe Fidel Castro, a nuestro Héroe Nacional José Martí, al Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, y a la Madre de los cubanos Mariana Grajales. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

El jueves 26 de abril empezaron a cumplirse finalmente los deseos de 20 trabajadores de la revista escogidos para recorrer la Isla en una suerte de renovación de votos por los 110 años del surgimiento de BOHEMIA.

Unos añoraban conocer Cuba en su amplitud –aspiración que por distintas causas no habían podido satisfacer antes–, y todos, rendirles tributo a los próceres de la Patria allí donde descansan por siempre.

Gran parte, además, ansiaba conocer o reencontrarse con habitantes de la Sierra Maestra, en especial los niños de la escuelita Mariano Vancoll, que los trabajadores de BOHEMIA  construyeron a principio de los años 60 del pasado siglo.

Periodistas, fotógrafos, diseñadores, correctores, choferes, directivos y trabajadores administrativos; jóvenes, “medio tiempos” y “tiempos y medio”, salimos en un viaje en el que pocos sabían a ciencia cierta qué nos depararían parajes remotos como San Francisco de Arroyón, en la Sierra, o cuán fascinante sería ver de cerca lugares históricos guiados por quienes conocen su localidad como la palma de su mano.

El primer destino: Santiago de Cuba, a donde llegamos tras 15 largas horas de viaje y múltiples paradas “técnicas”. Honrando la fama de hospitalarios de los santiagueros, los trabajadores del hotel Crucero Aurora nos recibieron con su mejor sonrisa, una felicitación y una rosa para cada integrante del equipo, pese a la hora avanzada de la noche.

Tras el baño reparador, solo unos pocos fuimos a ver la ciudad: “¡Mira las luces!”, decía Giovanni Martínez, uno de nuestros redactores, asombrado de encontrar un Santiago iluminado por un sinfín de colores, desde el edificio de 18 plantas hasta la Alameda del puerto, y donde parte de sus pobladores, reunidos en parques, plazas o zonas wifi, mantenían a ritmo de reguetón y salsa la ciudad despierta.

Honor a quien honor merece

El viernes 27 amaneció claro y desde el balcón vimos cómo, detrás de las lomas, las nubes descubrían los primeros rayos de sol. Contra reloj, nos arreglamos, desayunamos y fuimos a Santa Ifigenia, camposanto, descanso eterno de grandes de nuestra historia.

Primero, la ofrenda de rosas y gladiolos rojos, blancos y amarillos, depositada en nombre de todos en homenaje a los próceres por Víctor Manuel González, redactor del sitio web bohemia.cu, quien peina canas y fue ideólogo del periplo -y la autora de este trabajo, una de las más jóvenes reporteras de la revista, agrega Dayán, que también colaboró con esta crónica de viaje-.

Pedro Manuel Tejera Scull, doctor en Ciencias, director de la necrópolis santiaguera, nos devela el significado de la arquitectura y esculturas de los monumentos funerarios de los próceres:

“Céspedes, en blanco mármol, se yergue, y tras él una única columna representa la unidad por la que abogó en nuestras luchas. Sobre el capitel, una copa, y en esta como presagio divino, anida una paloma.

“Mariana brota del tronco desmedido de un árbol hecho de balas de bronce, cuyas raíces sostienen también nuestro patriotismo. Su rostro recio, elaborado con toda intención por el escultor Alberto Lescay, revela los pesares y sacrificios en nombre de la libertad.

“Luego, el mausoleo a Martí, sepulcro suntuoso de piedras de Jaimanitas, custodiado por la representación de las seis provincias que entonces tenía el país y que en su interior alberga un féretro de madera iluminado naturalmente, con flores y una bandera, y a un Apóstol en mármol, pensativo, que mira coincidentemente a un rústico monolito de piedra de la Sierra: Fidel”.

La austeridad y sencillez de la piedra de granito gris que cobija al eterno Comandante, invita a la meditación. Magalis Miranda, jefa de nuestro Centro de Documentación, comenta: “Saber que descansa en este lugar me recuerda la muerte de mi padre y la pérdida de dos guías…” No puede decir más y llora.

El cementerio vive un ajetreo extraordinario. En plena reparación de senderos y pasos, las visitas del público no se detienen. Guardias de honor, constructores, jardineros y visitantes se entremezclan en el escenario orlado de palmas reales, rosas, manto rojo, diez del día, jazmín de café y helechos.

Monumento Nacional, el cementerio Santa Ifigenia también guarda los restos de la familia País García, otros combatientes de la Sierra y el Llano, de Compay Segundo, Ñico Saquito, Miguel Matamoros, científicos, historiadores, combatientes internacionalistas…

La ciudad de Santiago de Cuba desborda cubanía y en lugares como el cuartel Moncada pudimos re-nutrirnos de la historia de esa ciudad indómita. (Foto: YASET LLERENA).

La ciudad de Santiago de Cuba desborda cubanía y en lugares como el cuartel Moncada pudimos re-nutrirnos de la historia de esa ciudad indómita. (Foto: YASET LLERENA).

Luego nos vamos a rendir honores al Moncada, donde la sangre derramada ayer es purificada hoy por la sonrisa de cada niño que estudia en el antiguo cuartel convertido en escuela.

Santiago se descubre renovada. Enramadas –calle mayor, novia de la ciudad–, arde en cubanía e invita al transeúnte a tomar helado en alguna de sus muchas cremerías.

La despedida de la ciudad indómita sucede ese mismo día.

Entre el crisol y la cordillera

Bayamo, cuna de la nacionalidad cubana, nos recibió esa misma tarde, y sin quitarnos el polvo del camino fuimos a rememorar los hechos de aquel 26 de julio de 1953 en el Museo Antonio (Ñico) López, otrora cuartel Carlos Manuel de Céspedes, que entró por la puerta ancha de la historia cubana aquel día junto con el Moncada.

La soledad y el silencio de muchas calles bayamesas van de la mano de la infinidad de coches y carruajes que transitan por otras más concurridas y nos remontan a la época colonial. Entre algunos viajeros, el cansancio y la previsión de ahorrar fuerzas para la próxima jornada pueden más que el espíritu explorador.

A la Sierra Maestra difícilmente se accede con vehículos convencionales. De modo que en la mañana del sábado 28 dejamos atrás nuestra guagua Yutong, climatizada, y en su lugar nos aferramos a los asientos de un semiómnibus Kamaz, que como resortes sacuden nuestros cuerpos para probar el empeño de adentrarnos en las serranías.

Las montañas, con aisladas casas de madera y guano, por momentos parecen superar la fuerza del camión. Pobladores de piel curtida por el sol y el trabajo aprovechan nuestro transporte para recorrer el largo camino que normalmente hacen a pie.

Al fin, tras 40 minutos de tumbos, saltos y risas, en medio de una explanada, aparece la Mariano Vancoll. Sus 11 niños uniformados nos esperan, aun cuando no es día de clases, porque nuestra visita es motivo de fiesta.

La visita a la escuelita serrana Mariano Vancoll fue una gran alegría para los niños, la comunidad y los visitantes. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera).

La visita a la escuelita serrana Mariano Vancoll fue una gran alegría para los niños, la comunidad y los visitantes. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera).

Poesías, canciones, actividades deportivas y recreativas, frutas y un magnífico almuerzo. Estaban decididos a regalarnos más de lo que nosotros tratábamos de obsequiarles. Y lo consiguieron, porque en San Francisco de Arroyón la gente entrega mucho, aunque tenga poco.

Los trabajadores de la revista recogieron material escolar, juguetes y libros para los niños de aquella escuela y, con la ayuda, además, de las editoriales Verde Olivo y Abril, lograron llevar útiles educativos para cada niño de esa comunidad.

Lo que no alcanzó para todos se destinó a la pequeña biblioteca escolar o se rifó en una movida competencia de baile en la que hasta el director de BOHEMIA tiró su pasillo y Dinorah Vera, correctora, con sus 77 años, meneó la cintura y trató de llegar al piso. Aun así, los niños ganaron a los trabajadores bohemieros por amplio margen.

En medio del dominó hablamos con Gladys Cabrera, única profesora de esta escuelita multigrado, similar a las otras seis del Consejo Popular de Maguaro, municipio de Buey Arriba.

“Aquí cursé mi sexto grado, entre 1974 y 1975. Me gradué en la formadora de maestros Rubén Bravo, de Manzanillo, regresé y me enamoré más de este lugar, donde también estudiaron mis hijos, mis nietos, y seguiré hasta que me jubile. Esta es mi casa y lo que hago es pagar la deuda con los que me educaron”, sentencia Mercedes, quien recuerda a algunos de los buenos profesores que pasaron por allí, como Alipio Mojena y Jacinto Aparicio, fundador de la escuela.

“Aparicio era muy buen maestro”, agrega Marisela Pelegrín, secretaria docente, quien recibió clases del método Makarenko voluntario. “Fue una etapa maravillosa y si decidí hacerme maestra de Geografía fue fundamentalmente por él”.

Los niños de San Francisco de Arroyón jugaron junto al colectivo de BOHEMIA. (Foto: GILBERTO RABASSA VÁZQUEZ)

Los niños de San Francisco de Arroyón jugaron junto al colectivo de BOHEMIA. (Foto: GILBERTO RABASSA VÁZQUEZ)

Los niños de hoy no vivieron aquella escuela de madera y guano, con pocos recursos, anterior a la construida por iniciativa de la escritora y periodistas Dora Alonso en los años 60. En su lugar disfrutan de un amplio local dividido en cuatro partes, con paredes de hormigón y techo de tejas de fibrocemento, con microscopio, computadora, caja de herramientas para educación laboral, pinturas y videoclases, suministrados por Educación, según Balbina Castellanos, directora de las siete escuelas del consejo popular para un total de 84 alumnos, quien comenta, además, cómo se las arreglan para trabajar con grupos multígrados en escuelas tan distantes.

“Cada escuela tiene un grupo, generalmente de menos de 10 estudiantes. Las profesoras preparan ejercicios alternos, según el grado de cada alumno. También hacemos preparación metodológica en los colectivos zonales. Y a las escuelas voy dos veces al mes, porque para llegar a algunas tengo que recorrer hasta seis kilómetros a pie”.

“A pie”. Con la mayor serenidad del mundo lo dice y es que, como ella, trabajadores de las serranías caminan a diario largas distancias, siempre con una sonrisa y la satisfacción de contribuir al mejoramiento de la región y del país.

“Quiero ser médico cuando sea grande”, anticipa Diamelis Santos Alcolea, de quinto grado y con un liderazgo indiscutible. Canta, baila, recita, juega, participa. “Me encanta trabajar con el microscopio y la lupa. Hacen que las hormigas y las hojas se vean grandes. Me gustan la Biología y las Matemáticas, leer Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain; pintar sobre el medio ambiente y trabajar en el huerto”.

Intrépida y desprendida, luego de la piñata, nos regala de los caramelos que les trajimos, porque quien vive aquí, se emociona con poco y entrega mucho.

En Bayamo, un lugar obligado de la visita el museo Ñico López en el antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHES RIVERA)

En Bayamo, un lugar obligado de la visita el museo Ñico López en el antiguo cuartel Carlos Manuel de Céspedes. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHES RIVERA)

A despedirnos fueron varios campesinos de la zona, como Uliser Sánchez, quien nos contó que para la construcción de la escuela se arriaron materiales a lomo de mulo, o Efraín Tamayo, quien recordó cómo las tropas del esbirro batistiano Sánchez Mosquera asesinaron al joven inocente Mariano Vancoll y lo tiraron a un palmar, que era más cementerio que monte.

Más de un poblador de esa serranía guarda un ejemplar de la BOHEMIA publicada hace unos años con el reporte de la visita anterior que se hiciera allí a propósito de los 105 años de la revista. También, guardan como reliquia aquel libro que Dora Alonso titulara 1961 en cuyo primer capítulo relata la fundación de la escuelita.

La noche nos quedó para recorrer el paseo bayamés, saborear helado –según algunos el más rico del país– y terminar en la Plaza del Himno escuchando, de voz de Carlos Rodríguez Lora, antiguo historiador de la ciudad, las leyendas sobre la composición de la melodía y la letra que nos hacen vibrar de orgullo a los cubanos.

Adarga al brazo

Domingo 29 de abril. Santa Clara, también renovada, gira en torno a su parque central. Hoteles, chocolateras, piscinas, restaurantes, boulevard, Somos Jóvenes (complejo recreativo). Y nosotros también.

La mañana del 30 se vuelve solemne, a tono con el ambiente del Memorial. El Che, en su reposo, renace ante nosotros. Silencio, piedra, luz tenue, verdes plantas y agua de manantial y lágrimas. Es como tocar la historia, suspira Liset García, nuestra subdirectora editorial.

Otro de los momentos solemnes durante el recorrido fue la visita al Memorial del Che, en Santa Clara. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA)

Otro de los momentos solemnes durante el recorrido fue la visita al Memorial del Che, en Santa Clara. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA)

La voz de Marta Arencibia Placencia, aun después de 22 años de trabajo en el Memorial, desgarra a quienes la escuchamos. El Che es su vida y no concibe sus días sin hablar de él. “El contacto con personas cercanas a él, o que quizás lo vieron en algún sitio, te hace comprender que Ernesto es aún más inmenso que lo que está en los libros”, expresó.

Se hace la luz en la plaza, donde el héroe, el Che que queremos, de alma inmensa, se yergue vigoroso, en batalla, en trabajo voluntario, en campaña; cercano y sensible. Luego, vuelven las sensaciones al ver el tren blindado que su tropa descarrilló, colofón de muchas batallas por la libertad de los cubanos.

Antes de finalizar, el agradecimiento a quienes propiciaron este recorrido, en la tres provincias visitadas –también a los “nacionales”- y a quienes nos llenaron de cariño en cada lugar.

De regreso a La Habana, nada parece igual. No importan el sueño ni el cansancio; incluso, ni la mala noche en el hospital con Yoenia Martínez, la más joven, de Contabilidad. Solo importan el viaje y la experiencia, que nos hacen, quizás, “un tilín mejores y mucho menos egoístas”.


Lilian Knight Álvarez

 
Lilian Knight Álvarez