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Publicado el 1 Junio, 2018 por Redacción Digital en Cultura
 
 

ISABEL MOYA

“Vivir es tener vivencias”

Entrevistada poco antes de fallecer, la destacada periodista y estudiosa de las relaciones entre los géneros defendió la presencia y enfoque de estos en los medios, a pesar de reconocer que eso “sería llegar a la utopía”

“Vivir es tener vivencias”.Por DARIEL PRADAS

Fotos: Cortesía de la entrevistada

-Hay que mirar la realidad en su diversidad…

El ruido orquestal de la avenida San Lázaro fue disipándose hasta que solo se pudo distinguir cada estridencia por separado: el tráfico abalanzado sobre el Hospital Hermanos Ameijeiras, el carraspeo de las motos contra el soplido de los autos modernos en un dueto armonioso, la sirena de una ambulancia, cierta discusión y un pregonero que la asfixiaba por momentos…

-Una cosa nos ha marcado la cultura judeocristiana: la homogeneidad. O sea… vemos el bosque y no vemos los árboles.

Adentro, la sala grande, bastantes cuadros, unos cuantos muebles, mucha papelería sobre el céntrico escritorio… El bosque.

Pinturas naif colgadas en la pared, la mayoría de colores cálidos, otras con aspectos más lúgubres. Máscaras de tribus africanas, un escritorio suficientemente amplio con computadora y bultos ordenados de papeles… Los árboles.

Al fondo de la sala, unas puertas de ida y vuelta rozaban sus cantos. Hacía apenas 30 segundos alguien las había traspasado. Estaba a solas con mi entrevistada.

-El Che, en su artículo El hombre y el socialismo en Cuba, al cual llamo “El ser humano y el socialismo en Cuba”, decía que una de las grandes contradicciones del sistema es lograr articular las aspiraciones sociales con las individuales.

Cerca de la computadora, en la portada de una pequeña agenda resaltaba el dibujo de una mujer atrincherada, fusil en mano. Debajo de la imagen, un lema sentenciaba: “Muerte al patriarcado”.

-Una importante feminista costarricense dijo que la educación tradicional en las escuelas es el primer espacio de castración de los seres humanos…

Olivia fuma la pipa de su amado Popeye y alardeaba de sus propios bíceps tonificados. Es una de las analogías usuales en caricaturas, en las revistas feministas desparramadas encima del escritorio.

-La niña bonita del aula generalmente es quien lee los poemas en el matutino. Pero tal vez hay otro niño que padece de dislexia y a ese jamás le tocará leer. El profesor seguramente no tiene malas intenciones, solo desea que su grupo quede bien en el acto. No obstante, si no incluye de otra forma a ese muchacho para que se sienta integrado al grupo, este se irá quedando atrás, y luego llegará el momento en el que le será muy difícil dar el salto.

A ratos salía un destello del metal de la silla de ruedas de la entrevistada.

-La dislexia puede superarse con determinadas técnicas. Pero imagínate una persona que es negra, gorda, que se ve fea… porque todavía, aunque no lo queramos, tenemos lo blanco como lo bello. En estos casos, se crea la baja autoestima y la persona se vuelve vulnerable. Son pequeños detalles que el profesor no tiene en cuenta, pero ahí se pierde un individuo por falta de afecto de los demás, porque… de esto sí estoy segura… somos animales sociales.

Habló la doctora Isabel Moya Richard: mujer, mestiza, gruesa, discapacitada, orgullosa. Hoy descansa en la imaginación de quien piense en ella.

“Tenía que reivindicar a una generación”

“Vivir es tener vivencias”.

“Hay una cosa que fue muy importante para mi vida: la educación que me dieron mi papá y mi mamá”. En la foto, sonríe la niña Isabelita, en el primer grado de la escuela José Luis Tasende, en Playa.

En 1961 nació una ferviente estudiosa de la cuestión de género en el ámbito comunicológico. El pasado 4 de marzo murió, siendo aún directora de la revista Mujeres y dejando a medias un semestre del plan de estudios de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.

Isabel Moya, Isabelita para casi todos, se fue luego de haber publicado numerosos artículos e investigaciones. Se marchó a otra vida después de ganar en 2017 el Premio Nacional de Periodismo José Martí, y de perder su intensa lucha contra el cáncer de mama, irónicamente, una enfermedad reservada (casi) para mujeres.

Poco antes de su deceso, Isabel concedió esta entrevista. Yo reposaba en una silla frente a ella, dentro de su casa puerta-de-calle a San Lázaro y relativamente cerca de la calzada de Infanta. Hacía ocho minutos que estaba encendida la grabadora.

-¿Existe el periodismo de género? –inquirí.

-Yo no pretendo que haya un periodismo de género –resuelta frunció el ceño– sino que todo el periodismo tenga una visión de inclusión. La perspectiva de género no es más que otra manera de acercarse a la realidad.

-¿Y por qué existen espacios dedicados solamente a dicha materia, como el programa Congénero, del canal de noticias Telesur?

-Al no existir ese enfoque de inclusión, por lo menos estamos luchando ahora por espacios de visibilidad. Es decir, el enfoque de género sería llegar a la utopía, y en lo que uno va en camino a ese sueño, es necesario que surjan programas como ese.

Llegar a la problemática de género fue para ella obra de la casualidad. Tras licenciarse en Periodismo en 1984, a pesar de ser el primer expediente de su carrera, la ubicaron en la entonces Oficina de Asuntos Nucleares en un puesto de divulgadora. Aquello no le interesaba y como deseaba ejercer el periodismo, solicitó un cambio de ubicación laboral. Casi de castigo –así lo sintió la recién graduada– la mandaron al órgano de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

Esa publicación le parecía tan banal que decidió, apenas entró en la redacción del lugar, largarse en cuanto cumpliera sus tres años de servicio social. Sin embargo, la historia la desmintió por completo.

“Vivir es tener vivencias”.

En 2017, Isabel Moya recibió el Premio Nacional de Periodismo José Martí, por la obra de toda su vida.

Contó Isabelita que trabajando en ese medio descubrió un mundo desconocido, pues recorrió el país y empezó a “vivenciar experiencias increíbles de mujeres increíbles”. Hasta escaló el pico Turquino con sus huesos desgastados, sin calcio, por su genética.

Una de esas personas extraordinarias que conoció fue Vilma Espín, entonces presidenta de la FMC, a quien su sensibilidad, a los ojos de Isabel, hizo llevar adelante en el país medidas y planes “superavanzados” –valoró– para Cuba y el mundo.

Recordó específicamente que en los 90, Vilma había logrado que se incluyera dentro del Código Penal el delito de trata de personas. En aquella época nadie imaginaba que llegarían a darse casos semejantes en Cuba. La historia desmiente una vez más.

Al estilo de una novela negra de Raymond Chandler, la galardonada periodista refirió la existencia en la Isla de 20 casos de trata de mujeres, y relató la anécdota bastante reciente de varias bailarinas graduadas de escuelas de arte, contratadas para actuar en Ecuador: todo un embuste para quitarles el pasaporte, encerrarlas, obligarlas a bailar y luego a prostituirse. Y así habló de otro caso en Miami, y otro, y otro. “Son temas que tenemos que abordar en los medios, porque si no se conocen, la gente no tendrá percepción de riesgo”.

Gracias a los recorridos por todo el archipiélago, y a sus primeros tres años respondiendo la correspondencia en la revista, le surgió el impulso de iniciar su carrera de investigadora y empezó a aplicar técnicas de análisis de contenido a las cartas que recibía en el departamento.

Moya recordó los instantes anteriores a que le otorgaran el título de doctora. En la discusión de la tesis se había formado cierto revuelo luego de que un miembro del tribunal afirmara que el enfoque de género no era marxista. Isabel libró una gran batalla para intentar convencerlo, y espetó que si el marxismo es dialéctico, entonces tiene que abrirse a todo lo nuevo.

-Yo también tenía que reivindicar a una generación, la mía, que fue muy extremista en determinadas posiciones, que pintarse las uñas de verde era diversionismo ideológico… –se emocionó, hizo catarsis–. No estudiamos a Gramsci, apenas conocimos los procesos contradictorios que se dieron en los primeros momentos de la Revolución. Por esa mirada, a veces tan dogmática, yo…

Hizo silencio. Echó un vistazo a la fortalecida Olivia, se fijó en sus desafiantes ojos caricaturescos y prosiguió su tertulia…

En contra de los paradigmas que oprimen

-Para mí ser feminista es estar en contra de los paradigmas que oprimen a las mujeres y a los hombres, de esta mirada que estanca la feminidad y que castra la masculinidad, enunció Isabel Moya en el año 2014, en la publicación Circuito Líquido, espacio digital de gestión artística y cultural feminista.

Su postura nunca cambió

“Vivir es tener vivencias”.

“Nunca dejé de hacer nada”. La recién graduada Isabel Moya posa junto a sus compañeros en la cumbre del pico Turquino.

-Equivocadamente se hace una especie de analogía entre el machismo y el feminismo; no tienen nada que ver. El feminismo lo que quiere es reivindicar todo lo femenino, pues se ha puesto como inferior. Y a la vez, darles a los hombres la posibilidad de reivindicar todo lo que se les ha quitado. Si hubiera una analogía con el machismo, sería el “mujerismo” –sonrió sarcástica–. El machismo es terrible incluso para los propios hombres.

Entonces citó una investigación del profesor de la Universidad de La Habana, Julio César González Pagés. El especialista en estudios sobre las masculinidades analizó una propensión actual: muchos jóvenes varones prefieren no tener novias antes que someterse a las presiones económicas que ello conlleva.

-¿Por qué el hombre tiene que seguir siendo el proveedor? ¿Y esas reglas de no llorar, tener que ser fuertes? ¿Por qué si una chiquita no te gusta, y ella quiere estar contigo, estás obligado a “asumir como hombre”? –respaldó Isabelita a González Pagés.

La entrevistada afirmó que, de todas las tendencias del feminismo, las más mediáticas son las radicales, que niegan completamente la presencia de los hombres junto a las mujeres. Sin duda, reflexionó, una estrategia de los medios, y del machismo, pues con esta se infunde miedo hacia todas las feministas.

Isabel no compartió esta ideología; incluso una vez sufrió por causa de aquel radicalismo, en Lima, Perú, durante el XIII Congreso Feminista efectuado en 2015.

-No dejaron entrar a mi esposo. Era horrible –bajó la voz hasta sonar acongojada–. Realmente debí irme, pero ya habían pagado el pasaje y todo… y me sentí en medio de una contradicción. La reunión era en una carpa, y desde allí pude ver cómo mi esposo daba vueltas alrededor de la cerca. Aquello me mató, porque si hay un hombre diferente en este mundo… –de repente se enfureció–. ¡¿Cómo van a proponer que se invierta el papel?! Las mujeres, de opresoras, y los hombres, de víctimas. Tampoco dejaron entrar a una mujer operada, una transexual que antes fue hombre.

Las anécdotas de los viajes de Isabel Moya se sucedieron unas a las otras. Y era hora de aterrizar en Cuba.

-¿Cómo se desarrolla la visión de género en los canales comunicativos de la Isla? –fui directo al meollo–.

“Vivir es tener vivencias”.

La doctora Isabel Moya Richard se valió de las herramientas de la docencia y la investigación para promulgar la perspectiva de género en los medios de comunicación.

-Conviven productos de comunicación sexistas con otros que apoyan la igualdad de género. Pero hoy se aborda mucho más el tema que antes. Aun así, hace falta profundizar mucho más. El periodismo nuestro a veces puede resultar aburrido al no “problematizar” la realidad.

-¿Cómo logró valerse del reconocimiento de la gente, teniendo en cuenta su dificultad por ser mujer y discapacitada?

-Nunca dejé de hacer nada. Si mi grupo estudiaba en un segundo piso, mi mamá me cargaba para subir las escaleras y yo daba clases allí. Nunca falté a una Escuela al Campo ni presenté jamás un certificado médico. Todo eso fue importante porque me iba demostrando que yo podía. Por otra parte, y esto es esencial para la autoestima: cuando tú te quieres, la gente te quiere… Ahora estoy pasando por un proceso de cáncer de mama, pero yo ni pienso en eso. Voy a salir de esta, y si no salgo, no importa, porque he tenido una vida buenísima. Yo siempre digo: vivir es tener vivencias.


Redacción Digital

 
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