1
Publicado el 3 Julio, 2018 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV: ¿Naufragio en tierra?

Las ficciones audiovisuales exigen valores axiológicos, estéticos, honestidad artística, balance de provocaciones sin abandonar la intención reflexiva, pues experiencias reveladas en la pantalla generan identificaciones de las audiencias con actitudes, conductas y acciones
AQUÍ, LA TV: ¿Naufragio en tierra?

Una novela en la que, por doquier faltaron matices en los personajes-tipos, escenas con un sentido lógico, coherente, mensajes dosificados para beneficiar la continuidad de la trama. (Foto: tvcubana.icrt.cu).

Por SAHILY TABARES

En el siglo XXI la cultura es heterogénea, híbrida, en ella confluyen repertorios cultos, populares, masivos. El fenómeno que representa una telenovela no puede comprenderse mediante la única descripción de mecanismos empleados: esquematismo, redundancia o transparencia de convenciones; resulta esencial el funcionamiento social de la puesta, o sea, cómo los públicos interpretaron conflictos, temáticas, personajes, situaciones, en realidades-otras.

Las ficciones audiovisuales exigen valores axiológicos, estéticos, honestidad artística, balance de provocaciones sin abandonar la intención reflexiva, pues experiencias reveladas en la pantalla generan identificaciones de las audiencias con actitudes, conductas y acciones.

Dichos preceptos no fueron asumidos del todo en el relato telenovelesco En fin, el mar. Desde el inicio se trunca la identificación entre el espectador, los personajes y sus vidas en un pueblo marino nunca identificado: otros sujetos protagonizan la presentación de una historia ilustrada, apenas, por el paisaje; tampoco fue posible la lectura de los créditos, faltó el contraste entre el fondo y el color de la letra.

Cierta debilidad sufrió la narración a partir del núcleo dramático central: Javier (Alberto Joel) y Marina (Dalaytti Martín) lucharon para que sus familias les permitieran unirse, no obstante, el proceso careció de grandes obstáculos antes de sublimar el empeño de la pareja.

Intrigas, secretos, malos entendidos, traiciones, devienen condimentos de un género que apela a los sentimientos, al paradigma ético, en este los buenos casi siempre triunfan y los malos son sancionados. Pero una actriz o un actor no pueden ser expresivos si no sienten la pasión de una idea para entregarse a la creación de otra vida, con sus conflictos, estados de ánimo; el procedimiento comienza en el guion, toma consistencia en la puesta en escena mediante la dirección actoral y establece relaciones con el resto del elenco.

Por doquier faltaron matices en los personajes-tipos, escenas con un sentido lógico, coherente, mensajes dosificados para beneficiar la continuidad de la trama. En consecuencia, intérpretes de probado magisterio, como Enrique Molina (Justino) y Yazmín Gómez (Socorro), quedaron encerrados en esquemáticas cuerdas: falta de humanidad y egoísmo, respectivamente.

Ofelia Núñez (Mamucha) demostró que no existen personajes pequeños. La primera actriz demostró la condición de vivir el papel con organicidad y belleza expresiva.

Quizá la premura u otras urgencias para ajustar tiempos, dinámicas o detalles de la narración afectaron su verosimilitud. Algunos desajustes condicionaron errores de script: en ocasiones los personajes salen de la casa o del trabajo con un atuendo y llegan con otro al lugar de destino.

Avatares de personas comunes, incomprensiones, defectos, estereotipos machistas y hábitos nocivos, entre ellos el alcoholismo, constituyen señales de alerta que presentó la telenovela. Sin embargo, no basta con una escritura propositiva abarcadora, la ficción demanda velar por la forma del contenido y las especificidades de los géneros dramáticos elegidos. En ellas cada detalle tiene que justificarse: el alargamiento de la historia, la incorporación de nuevos personajes, los falsos clímax, la música elegida para apoyar situaciones, legitimar actitudes o cerrar capítulos.

Al parecer, una especie de naufragio en tierra dejó En fin, el mar. No obstante, las telenovelas continuarán siendo un fenómeno social y comunicativo digno de atención en el contexto cubano. Una obra audiovisual no tiene por qué dar respuestas a interrogantes recurrentes en la vida diaria, pero resulta válida si logra suscitarlas como transpiración natural y permite socializar lo que parece muy difícil de entender, por abordarlo de una manera en la que las sensibilidades, las emociones, participen mucho más.

Nuestra televisión debe insistir en normas de conducta implícitas en narraciones concebidas para disfrutar, de forma productiva, del entretenimiento. Aunque en el mundo interconectado prevalece el desplazamiento progresivo de la TV tradicional por otras opciones, series y telenovelas mantienen su estatus de conquista sobre espectadores interesados en conocer relatos sobre los otros.

Poco reparamos en las relaciones de complicidad establecidas por una pantalla que está ahí, hablándonos, mirándonos a los ojos, en ella predomina la sensación de inmediatez, una manera de expresar lo cotidiano, compartir luchas, catarsis, confrontaciones de la existencia cotidiana.

La intuición artística y los saberes aplicados al audiovisual pueden evitar otros naufragios.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares