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Publicado el 30 Julio, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Terrenos baldíos de un intelectual

Destacada agrupación cubana estrena obra que remarca pasajes de nuestra historia
Terrenos baldíos de un intelectual.

“Un encuentro (o desencuentro) entre el actor y su personaje, entre el relato y el tiempo estético que el teatro sumerge, entre el hombre y la historia”, versa en el programa de mano y no yerra.

ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Foto: Cortesía de Teatro D’Dos

Una vez más Teatro D’Dos inquiere sobre el rol del arte y la intelectualidad en la sociedad, a modo de presupuesto para intentar entender la realidad de hoy desde horizontes distintos; lo hace en el Complejo Cultural Raquel Revuelta, con Mise en Abîme, texto concebido y dirigido por Julio César Ramírez, quien hace solo pocos meses siguió un precepto similar en Vagos rumores, de Abelardo Estorino, pero con diferente concepción.

Como el poeta matancero (José Jacinto Milanés) de aquella temporada, en este montaje otro escritor, también coronado por el ingenio, devela sus abatimientos y (des)encuentros durante su estancia en La Habana a mediados del siglo XIX, en plena guerra de independencia contra el dominio colonial: el portugués José María Eça de Queiroz.

Mise en Abîme muestra a un ser humano contrariado por las incertidumbres y dilemas que lo rodearon en una tierra extraña y a su juicio, bárbara, adonde llegó a cumplir, por primera vez, el servicio de cónsul de su país ante las autoridades españolas, a finales de 1872.

Y aunque hasta ese entonces todavía no era el novelista que llegó a ser años después, su presencia en la Isla se destacó por la labor humanitaria que ejerció en favor de miles de chinos culíes –procedentes de la colonia portuguesa de Macao–, quienes vivían y trabajan en bajo condiciones de servidumbre, maltratados y despojados de los más elementales derechos.

Poco se ha difundido sobre el vínculo con nuestra historia del autor de Los Maias (1888), El primo Basilio (1878), La reliquia (1887), La ilustre casa de Ramires (1900), El crimen del padre Amaro (1875), esta última, se presume, terminó de escribirla en Cuba. Por ello, Mise en Abîme es un buen pretexto para desempolvar su contacto con suelo cubano, no por breve menos sombrío.

Sin desasirse de la estética minimalista que caracteriza a Teatro D’Dos, la figura de Eça de Queiroz (Fabián Mora) es interpelada por otro actor (Edgar Medina), quien devela en el decurso de la puesta los avatares de ese contacto, fugaz y embarazoso, del notable intelectual portugués con la isla caribeña.

A partir de una concepción escénica singular y delirante, se documenta el acontecimiento histórico, en tanto se evidencian las profundas contradicciones, el resentimiento de un artista que se percibe empotrado en un ejercicio diplomático para él asfixiante e inmovilizador.

Sentirse como nada, en medio de lo que él consideraba la nada, desagradó a Eça de Queiroz, en un archipiélago donde ni siquiera alcanzó a ejercer el periodismo. ¿Cómo alguien que ya cuando llegó aquí tenía fama de pluma incisiva y retadora podía lograrlo en un país de prensa censurada?

Destacable en este montaje es la dirección de actores, armónica y muy bien pautada. Fabián Mora refrenda a ese Eça discordante e insatisfecho, mediante un impresionante manejo de la voz, sin falsedades ni estridencias, que alude al acento de un portugués. Extraordinaria versatilidad exhibe Edgar Medina al encarnar varios personajes representativos de los distintos instantes de la presencia del escritor en tierras antillanas.

José María Eça de Queiroz fue un hombre de su tiempo y tal vez expresó tanto desprecio por “esta ciudad verdeada y millonaria, sombría y ruidosa” –como describió en carta a un amigo, fechada en 1873–, porque había aspirado a debutar como funcionario oficial en París.

Así lo refieren algunas fuentes, pero el Gobierno de su país lo envío a La Habana, en medio de una guerra que jamás comprendió ni le interesó entender, aun cuando muchos de esos culíes que defendió hallaron un lugar en la manigua junto al mambisado cubano.

No obstante, su vocación humanista marcó una impronta en estas tierras y merece ser recordado con respeto, aunque del todo no hubiera alcanzado a distinguir los albores de la nacionalidad antillana y sus prístinas batallas.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez