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Publicado el 30 Julio, 2018 por Randy Cabrera-Díaz en Cultura
 
 

PATRIMONIO

Viaje medicinal

El programa Rutas y Andares llega a su 18ª edición con recorridos destinados a la familia cubana
Viaje medicinal.

Durante el verano cada martes, a las diez de la mañana, comienza en la botica Taquechel un recorrido por la historia de la farmacología en La Habana. (Foto: ALEINY SÁNCHEZ).

Por RANDY CABRERA-DÍAZ

Amapola, Belladona, Valeriana: las hojas de un verde intenso resaltan, en su dibujo, sobre el fondo blanco porcelana de las vasijas. La tintura de ajo traspasa la contención de los albarelos (recipiente de cerámica), llena con su aroma los espacios de la antigua botica Taquechel. En pequeñas bolsas, hojas de Efedra y Guaraná, y pasta de yerba mora para cataplasmas…

Más adelante, Obispo No. 260, esquina a Aguiar, La Habana Vieja. El exterior: chaflán antiguo, vidrieras altas rematan en arcos de medio punto. Interior: anaqueles, mostrador, escaparates de madera. Así es hoy la Farmacia Museo Johnson, segunda parada de la Ruta por las colecciones de las antiguas boticas, uno de los recorridos del proyecto Rutas y Andares para Descubrir en Familia, este verano de 2018.

Para el período vacacional, la muestra permanente reúne un grupo de antiguos utensilios (versiones más modernas, optimizadas, de muchos de ellos todavía se emplean en el arte de curar). Dosificadores, agujas hipodérmicas con el cristal manchado por el tiempo, termómetro, una tetera de porcelana blanca de donde bebió sorbos calientes un moribundo…

Estableceré el régimen de los enfermos de la manera en que les sea más provechosa según mis facultades […] evitando todo mal y toda injusticia… En forma de cruz, trazos antiguos, está escrito en la Droguería Johnson el juramento hipocrático, código solemne de una familia de farmacéuticos que trabajó y vivió bajo la admonición de los dioses galenos.

También allí, dentro de una vidriera sobre el mostrador, esta etiqueta: “Litotretol: rompe o agarra cálculos vesicales para extraerlos a través de la uretra”; debajo, el instrumento plateado, invasivamente doloroso, con el cual operaba el eminente urólogo cubano Joaquín Albarrán.

Obispo en bajada, sorteamos adoquines, choques de hombros a la velocidad habitual del caminante. El grupo sigue, en fila, sobre la acera estrecha. Una señora se detiene, toma agua, respira; su nieto la espera. La guía reúne a todos, dobla a la izquierda. De frente, una calle con el nombre de la Isla: Cuba, y en el número 460, en la sede de la Academia de Ciencias, la sala expositiva San José, espacio que agrupa las colecciones de siete farmacias habaneras de los siglos XIX y XX.

Más de quinientos albarelos y pildoreros confeccionados por artesanos, en su mayoría de origen francés, conservan todavía sustancias centenarias; algunas naturales, otras tóxicas, pero todas sanadoras si son bien mezcladas y transformadas en aquellas medicinas con que se aliviaron los habitantes de La Habana decimonónica.

Una colección de almireces (morteros en bronce) de 20, cinco, dos porciones por medida, relucen su broncíneo añejo sobre un mostrador de talla finísima, medalla de oro en un certamen de artes decorativas en la ciudad de Chicago en el siglo XIX.

Sobre la ciudad, al mediodía, el sol alumbra cenitalmente las callejuelas. Se escucha un pregón, un claxon potente, todo tipo de música; el grupo de personas que hacen la ruta va, compacto, secándose el sudor casi al unísono.

Y solo hay que doblar otra esquina –ejercicio frecuente– para llegar a Teniente Rey, luego avanzamos unos metros más hasta el No. 41. Allí, en un edificio con reminiscencias moriscas, fiel a su ambiente colonial, se levanta ante la vista el dispensario más grande de Cuba: el imperio Sarrá.

En sus interiores los vitrales refractan la luz, la tiñen de colores cálidos que se derraman sobre el mobiliario de La Reunión (nombre original de la botica). En sus salas, objetos museísticos conservan sus funcionalidades de otro tiempo: un inhalador aún plateado, algunos lavaojos, un cepillo dental con las cerdas firmes… Además, están en exposición una serie de utensilios empleados en preparaciones como la Magnesia Sarrá, elixir famoso producido por esta droguería rodeada de mito, considerada a inicios del siglo XX una de las más importantes del mundo.

Terminado el recorrido, la gente descansa, sentada en los bancos del patio del edificio. Dos niños corren, y empujan poco a poco una puerta recia que solo concede la apertura de una rendija. Y por la hendidura observan, durante un rato, una leyenda: las aguas imaginarias del manantial milagroso sobre el que se fundó un imperio. Entonces gritan… lo han descubierto. Eso piensan.


Randy Cabrera-Díaz

 
Randy Cabrera-Díaz