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Publicado el 20 Agosto, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Gallo ¿vano o electrónico?

Repone destacado colectivo habanero obra de la joven hornada de dramaturgos cubanos

“¡Un selfie!”, reclaman todos frente al último alarido de la moda. La obra exhibe originalidad, sencillez y atractivo en sus diseños de vestuario y escenográficos.

ROXANA RODRIGUEZ TAMAYO

Fotos: Cortesía de la COMPAÑÍA HUBERT DE BLANCK

La compañía Hubert de Blanck, liderada por Orietta Medina, es una de las pocas agrupaciones que hoy comparten la dualidad de emprender montajes para el público infantil y el adulto sin privilegiar calidades entre uno u otro. Recientemente, como parte de la temporada estival, su sede en el Vedado volvió a repletarse con la reposición de El gallo electrónico, comedia estrenada por el grupo capitalino en septiembre de 2017.

En estas jornadas no faltó el aluvión de caritas alborozadas que rieron tras cada suceso de la trama concebida por el dramaturgo villareño Yerandy Fleites Pérez, recordado por versionar ¿subvertir? clásicos del teatro universal como las que se convirtieron en sus conocidas obras La pasión King Lear y Jardín de héroes (Premio Calendario 2009), entre otras. A partir de las piezas originales él recontextualiza conflictos de todos los tiempos, con una poética y expresividad muy particulares en su escritura; por ello la crítica lo valida como uno de los más destacados integrantes de la generación de los novísimos.

Fleites es egresado del Instituto Superior de Arte (ISA) en la especialidad de dramaturgia y en ese centro académico ha ejercido la docencia. El texto que nos ocupa, El gallo electrónico, inauguró su creación en la literatura dramática y, además, es su primera pieza teatral infantil, a la que siguió Balada para Jake y Mai Britt, laureada con el Premio La Edad de Oro en 2014, que otorga Gente Nueva, y publicada al año siguiente por ese sello editorial.

Gallo ¿vano o electrónico?

Cada uno de los miembros del Hubert de Blanck defiende sus roles con organicidad.

Sugerente, entretenida y sobre todo simpática, es esta puesta de El gallo… dirigida por Fabricio Hernández. Actrices y actores danzan y cantan al compás de la música original compuesta por Alejandro Villar, con arreglos de Eduardo Alonso. Un espectáculo que además de propiciar el solaz insta, entre otras cuestiones, a ponderar, apreciar lo que tenemos, aquello que de tan próximo apenas advertimos.

Yerandy Fleites ha ideado una fábula hilarante y la nómina del Hubert de Blanck halló los matices para trasponer en escena el hastío y la rutina de los habitantes de un gallinero, quienes cansados del canto “deplorable” de su gallo, decidieron solucionar la contingencia mediante la llegada al corral de otro, en realidad un artefacto electrónico.

El desempeño actoral se evidencia balanceado, el equipo en pleno se mostró orgánico, aunque resulta notable la vis cómica de Haideé Ramírez (Cleopatra), Enrique Barroso (gallo electrónico), Elizabeta Domínguez (Antígona), Laura Delgado (Proserpina), Juan Carlos García (Rano) y Ratón Picasso (Daniel Oliver).

Descuellan en este montaje rasgos que por décadas han distinguido a la compañía, lo cual suscribe la solidez de su identidad como conjunto. La presencia de un elenco amplio, el empleo de la danza y el canto son algunas de esas cualidades que hacen recordar puestas memorables como El tío Francisco y Las Leandras, entre otras.

Vale destacar el esmero para conducir acertadamente el trabajo escénico para niñas y niños, justo en un momento en que son contados los colectivos que lo asumen con éxito. Sin embargo, tocaría velar por el apropiado nivel del sonido, en medio de una puesta tan lucida desde el punto de vista musical.

Gallo ¿vano o electrónico?

La vanidad y la prepotencia de quienes apostaban solo por la tecnología no tuvo un buen final.

Esta cuidada e ingeniosa labor para crear espectáculos infantiles atractivos con escasos accesorios, trae a la mente aquella celebrada versión de El mago de Oz, con diseños de vestuario y escenografía del maestro Eduardo Arrocha. En la actual temporada, los recursos de vestuario y escenográficos han sido más sencillos que entonces, pero igualmente funcionales y acordes con los rigores y propósitos del montaje.

Estampa rural muy singular plantea esta obra, la cual deviene invitación para repensar cómo asume la sociedad el uso y el abuso de los avances tecnológicos. Con un lenguaje apropiado y distante de la marcada ingenuidad –tan desestimada por el espectador infantil- reflexiona sobre la pertinencia de las emociones, las pasiones, el amor en cualquier circunstancia de la vida y por encima de artilugios técnicos, muchas veces eje de desuniones, aislamientos y exclusiones que laceran los sentimientos e impiden hermanar, integrar y cohesionar. Esa es la sincera y auténtica lección de este gallo más vano que electrónicamente eficaz.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez