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Publicado el 22 Agosto, 2018 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

ARTES VISUALES

Hijo del agua

Obras de relevante creador cubano son expuestas en La Habana. La muestra está conformada con piezas de las colecciones del Consejo de Estado y el MNBA
Hijo del agua.

Martínez Pedro también se destacó como diseñador. A su creación se debe el logotipo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

RAÚL MEDINA ORAMA

Fotos: Cortesía del MNBA

Dominó con pericia las técnicas del óleo sobre tela y, además, creó bellísimos exponentes en cerámica. Pero no es menor la distinción alcanzada por Luis Martínez Pedro (1910-1989) como dibujante. Sobre estas y otras estaciones de su viaje creativo hay evidencias en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

Por primera vez se expone una gran parte de la obra de este artista, y se resume su trabajo sobre la temática del mar. La muestra Martínez Pedro, el agua por todas partes, conformada con piezas de las colecciones del Consejo de Estado y el MNBA, estará abierta hasta finales de septiembre en el Edificio de Arte Universal de esa última institución.

El artífice cursó dos años de arquitectura en la Universidad de La Habana, y en 1929 matriculó en la Academia de Bellas Artes San Alejandro. La tensión de aquellos años bajo la dictadura de Gerardo Machado lo empuja a Nueva Orleans, hasta que en 1933 regresa a la Isla.

Empieza a ser reconocido entre los cultivadores del dibujo en Cuba; expone en el primer Salón de Arte Moderno y diez años después de su retorno presenta su primera muestra personal: El amor y los animales.

Desde entonces coquetea con el expresionismo y el surrealismo, incorporando temas clásicos, leyendas indias y ritos negros de Cuba. Después se sumerge en la abstracción, y se erige en uno de sus destacados cultores, perteneciendo al grupo de los Diez Pintores Concretos. Dotaba sus piezas de racionalidad y de una geometría total en la composición de la imagen.

Su vasto recorrido internacional incluyó la participación en una antológica muestra de pintura cubana en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), organizada en 1944 -influyó en la internacionalización de la vanguardia criolla-, y en prestigiosos eventos multinacionales como la Bienal de Venecia (1952). Poco después ganó un premio en la II Bienal de Sao Paulo (1953), por su pintura Jardín imaginario I.

El cauce de su pasión por la naturaleza desemboca en las series Aguas territoriales (1963) y Los signos del mar (de los años 70), ambas representadas en la exhibición actual. La primera, quizás el cuerpo más famoso de su producción, irrumpió en un contexto donde el concepto de soberanía estaba muy presente entre los cubanos. El artista alude a la trascendental relevancia que tiene el mar para nuestra identidad, ese que comienza a trazar un territorio propio. “Esa instantánea azul eternizada, es mi pintura”, reconoció.

Su obra se plasmó en diferentes soportes. En 1969 ilustra el poemario Cuatro canciones para el Che (de Nicolás Guillén) y el ameno libro de divulgación científica El mundo silencioso, escrito por el famoso explorador francés e investigador de los océanos Jacques-Yves Cousteau.

Hijo del agua.

Aunque se le recuerda sobre todo por la abstracción pictórica, fue un notable dibujante.

Abstracciones y figuraciones, trazos geométricos y líneas que buscan volúmenes confluyen en la poética de Martínez Pedro. No es su mirada como la de quien contempla desde la costa el paisaje y luego lo refleja cual una fotografía. Odalys Borges Araba, curadora de la exposición junto a Israel Castellanos, ha dicho que el autor da a su representación del mar “un sentido más bien filosófico, que traspasa los límites de lo físico y lo geográfico. Tal intencionalidad simbólica le otorga a estas piezas un nuevo carácter en el plano estético, pues aun con su lenguaje formalmente abstracto, el sentido conceptual —al adoptar un referente real— las carga de metáfora y les confiere una connotación muy particular”.

La especialista escribió junto con Raisa Ruiz el libro Martínez Pedro. Revelaciones, presentado durante la inauguración de la muestra. En el volumen exponen los resultados de estudios desarrollados a lo largo de veinte años sobre la figura de este creador, no tan visible como otras personalidades de la plástica cubana.

Borges, también ha escrito: “Martínez Pedro no da respuestas; se limita a sentir, a mirar, y nos conmina a hacer lo mismo”.

Quien acepte la invitación, podrá extasiarse en el MNBA, institución que en 1987 organizó una retrospectiva de su obra pictórica, pero no tan abarcadora como esta inaugurada a casi treinta años de su muerte. Ahora se incluyeron bocetos inéditos de su cuaderno de apuntes, catálogos y otros documentos.

También se exhiben piezas de diferentes series, nacidas a lo largo de una vida intensa y prolífica, entre ellas Hombres de mar (realizada durante los años 20, 30 y 40), Playa de Jibacoa (1946-1948), El ojo del agua (1960) y Flora cubana, el conjunto concebido en la década de los 70 y perteneciente a la colección del Mo-MA.

Hasta donde se conoce, la producción artística de Martínez Pedro relacionada con la representación del mar no ha tenido otra exhibición de esta magnitud. También ha sido fragmentada la valoración crítica al respecto, registrada en catálogos o en la prensa escrita, y que ojalá se estimule con lo mostrado ahora.

La inmensidad del agua que nos circunda, traducida en múltiples tratamientos y soportes, es el leitmotiv de esta exposición que refleja la riqueza formal y conceptual inherente a la creación de quien ha sido denominado “el pintor del mar”, aunque lo exhibido deja claro que su visión e inquietud abrazaron otros diversos paisajes.

Acerca de estas obras afirmó la ensayista Loló de la Torriente: “Solo una sensibilidad afinada pudo encontrar, en la expresión de los signos del mar, el alma apasionada, soñadora y absoluta de nuestra isla orogénica”.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama