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Publicado el 19 Septiembre, 2018 por Randy Cabrera-Díaz en Cultura
 
 

DANZA

Drácula: el amor recobrado

A diecinueve años de su estreno, esta pieza emblemática del Centro Prodanza continúa en la preferencia de su público

1- La definida estética teatral del guion permite a los bailarines explotar sus potencialidades dramáticas.

RANDY CABRERA-DÍAZ
Foto: Cortesía Prodanza

Siglo XV. Una boda interrumpida por la invasión de guerreros bárbaros. Una dama que enreda su velo, como amuleto, en el escudo de su esposo antes de la batalla. Y vuelve luego el pañuelo teñido de sangre, y el escudo roto, ante la mujer confundida que enloquece, salta al vacío: Elizabeth muere. Pero el héroe regresa, y solo encuentra un cuerpo terso (todavía en vestidos de novia), sin vida.

El hombre clava su espada en la cruz y mata a su propio dios: se venga. Luego, frente a la amada insepulta bebe de un cáliz la sangre aberrante que lo convertirá en una bestia misántropa. En el ballet Drácula, la muerte es el inicio…

La obra, estrenada en 1999, fue presentada los días 7, 8 y 9 de septiembre en el Teatro Mella, en la capital, por el Ballet Laura Alonso, con guion y dirección general de la Gran Maitre.  Es la historia de un amor trascendental cuya pervivencia culmina con la reencarnación del ideal perdido. Y todo esto en un exigente ejercicio dancístico.

En el ballet, el silencio es un misterio que solo puede develarse al espectador mediante ritmo, cadencias. Esto fue lo que lograron los bailarines en Drácula: las evoluciones de sus cuerpos revelaron una coreografía compleja, no solo por su trazado técnico (hubo saltos, giros, cargadas), también por las exigencias dramáticas de los personajes principales y secundarios que, a tono con la naturaleza de la obra –recordemos, es una adaptación de la novela homónima del escritor irlandés Bram Stoker, aunque este ballet debe más a la versión cinematográfica realizada por Francis Ford Coppola en 1992–, estuvieron obligados a actuar, danzar –y convencer– al unísono.

La dinámica del movimiento predominó en casi toda la coreografía (trabajo excelente de la puertorriqueña Ana Bradena). Las entradas y salidas a escena, en transición, con evoluciones abiertas y rápidas. Hubo solos, dúos, tríos: buena sincronía y posicionamiento en el escenario, en cada ocasión con un dominio apropiado del espacio. Pero no pueden soslayarse algunas imprecisiones (dificultad en la cargada, pequeños desequilibrios), desde los protagónicos –Oscar Treto como Drácula, Elena Álvarez en el rol de Elizabeth/Mina–, hasta el reparto. Aunque, en general, no fue una noche mala para ellos.

Pavel Pérez convincente en su interpretación de Reinfield, personaje histriónico, insectívoro compulso cuya actuación (a pesar de ser un rol secundario), realza los tintes cómico-trágicos de la obra, y la enriquece.

Segundo acto. Siglo XIX. En un jardín inglés Drácula seduce a Lucy Westenra (amiga de Mina, la Elizabeth reencarnada). Danza la joven aristócrata bajo la luz cenital y se acerca lenta, sucesivamente, a la mordida del hematófago. Ella gira, gira enfundada en la tela carmesí, como un poema vestido de rojo…

El vestuario en esta obra fue un acertado trabajo selectivo, pues tenía la función de ubicar en contexto al espectador. Al suceder la historia en dos siglos (XV y XIX), el cambio de los atuendos marcaba la sensación de temporalidad. Tul, encaje, las telas; los colores, atinados: el blanco en las bodas del Conde, el rojo en las escenas pasionales, y sobre todo el negro, lóbrego. Así, el tejido acoplado sobre el cuerpo de los danzantes proyectó sus movimientos, aportando peso y textura a la coreografía.

Grises las paredes del castillo gótico, mohosas por la humedad. Las ventanas de falso vitral (lucen reales) rematan en arcos de piedra. En el umbral, cabezas de gárgolas pétreas abren la boca sobre una fuentecilla: engullen penumbra…

Un buen diseño escenográfico crea una atmósfera, nos envuelve y traslada a un espacio común, junto a los ejecutantes; es arte ilusionista. Lograr una escenografía orgánica en una obra con reminiscencias medievales es difícil, todavía más con la escasez de recursos, siempre una limitante para el diseñador, quien muchas veces no puede materializar la idea de su creación. Pero en esta pieza la economía de recursos se configura como arte mínima (economía de elementos decorativos) y así logra el ambiente de época.

Hay una fiesta de sombras y otras figuras nocturnales en la casa condal. Esa noche Drácula señor baila con Mina, su Elizabeth. Ella gira en un solo pie, y es su cintura una manivela entre las manos del Conde. Sus cuerpos danzan etéreos, sobre el escenario, se elevan. Bajo una tenue luz de velas celebran el amor recobrado.

 


Randy Cabrera-Díaz

 
Randy Cabrera-Díaz