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Publicado el 20 Septiembre, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO: Viaje al centro de una isla  

Destacado colectivo habanero repuso comedia premiada en certámenes internacionales

Por: ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

En un fastuoso palacete del habanero barrio de Mantilla, con el tiempo devenido casa de vecindad, tres hermanastros intentan recomponer sus vidas, abrazar sueños y esperanzas por un futuro más próspero hasta que un nuevo sujeto desarma sus presunciones. Allí, justo en Villa Trasatlántico Estrella, comienzan las peripecias que enlaza a los personajes de Cabaiguán, Habana, Madrid, comedia costumbrista del dramaturgo, crítico, guionista y pedagogo Julio Cid, la cual repuso hace pocas semanas la compañía Hubert de Blanck, en el Vedado capitalino.

Con dirección general de Orietta Medina y puesta en escena de la actriz, pedagoga y directora escénica María Elena Soteras Zambrano (Chiquitina), la trama de la obra se sitúa a finales de los noventa del pasado siglo, en pleno apogeo del llamado período especial, aunque los conflictos, circunstancias y problemáticas que aborda, reflexionan sobre la realidad contemporánea cubana de hoy día e incluso, latinoamericana.

María Elena Soteras integra este prestigioso colectivo desde hace más de tres décadas, donde ha defendido innumerables personajes y llevado a escena, en calidad de directora, más de una docena de obras de varios autores. En tanto no es la primera vez que se adentra en la creación dramática de Julio Cid, el estreno de Vientos huracanados en los primeros años del siglo XXI es una prueba de ello.

En 2000 Cabaiguán, Habana, Madrid, le proporcionó a su dramaturgo el Premio Tirso de Molina, en España; y poco después, el texto y su respectivo proyecto de montaje ganaron el concurso Fondart, de Chile, donde fue llevada a las tablas por Maritza Rodríguez en 2001. Dos años después, en 2003, fue estrenada en Cuba por la propia nómina del Hubert de Blanck, bajo la batuta de Soteras y entonces, como ahora, obtuvo un resonante éxito.

Perspicacia y cierto halo irónico exhibe la reciente puesta habanera, dada a develar cómo puede funcionar un ser humano ante las carencias materiales y las crisis existenciales. Sin menoscabo atrapa rasgos de la identidad del ser cubano y propone una mirada singular a su filosofía de vida, a su voluntad para afrontar las más difíciles contingencias.

En medio de una atmósfera hilarante y desenfadada cada personaje exterioriza sus angustias, contrariedades; afloran virtudes, pero también miserias humanas, imperfecciones y oscuros errores del pasado. Poco a poco, entre la risa y las cavilaciones que cada quien elucubra ante cualquier expresión de arte, el espectador atento consigue purgar su espíritu e intenta hallar justificación a cada acción despreciable de los personajes, cada suceso velado por las circunstancias y las buenas costumbres.

Sugestiva puede calificarse la actuación de Yolanda Zamora, como Odilia, actriz que encarnó este rol desde los días del estreno en Cuba en 2003 y hoy continúa aportando riquezas al personaje de una mujer adulta, ambiciosa, obsesionada por el dinero. Con acierto y transparencia armoniza sus cualidades dramáticas y su vis cómica, combinación que refuerza el tono festivo y por momentos, trágico de la obra.

El joven Enrique Barroso impresiona en su caracterización de Fernando, un hombre mayor, zapatero y exrecluso. Se muestra orgánico y defiende los matices de este exprofesor de Filosofía Marxista maltratado por la vida. Muy notable fue el monólogo que revela su pasado. No es la primera vez que Barroso caracteriza a un anciano, ya lo vimos en ese rol en la obra Ni un sí, ni un no, de Abelardo Estorino, solo que en aquella –y ahora en esta– demostró ser un buen actor: en ninguna de las dos actuó igual.

El personaje de Silvia es complicado, se presta a segundas interpretaciones, dobleces que la actriz Elizabeta Domínguez asume con versatilidad y sensatez. Durante su actuación genera expectativas sobre su identidad y verdaderas intenciones, lo cual confiere a la historia una aureola de suspenso que contrasta con el acento divertido de la obra.

Casi en los minutos finales Alejandro González (Benedicto) propone un giro importante a los acontecimientos y aquello esperado, anhelado, se desvanece; las ansias de desarrollo personal y prosperidad se vuelven solo deseos incumplibles. Aun cuando la intervención de González es muy corta, se acopla muy bien al grupo y contribuye a preservar los matices propios de la comedia.

Aunque por instantes la acción resulta densa y al parecer el personaje que desenlaza la acción tarde en llegar (poco antes del final), Soteras resuelve de manera ejemplar este desliz dramatúrgico; evidencia de ello es que los espectadores no desvían la atención ni abandonan la sala.

El diseño escenográfico de Oscar Bringas y Soteras responde de manera funcional a los requerimientos de la puesta; no obstante, el espacio se advirtió innecesariamente cargado con elementos que si bien expresan una poética y ubican al auditorio en contexto, por instantes devienen distractores de la atención al eje esencial del asunto.

De cualquier modo Cabaiguán, Habana, Madrid muestra un relato risible y a la vez, edificante, repleto de pequeños detalles que identificamos en los que vivimos en esta Isla, pero el alcance de su mensaje va más allá, trasciende fronteras; existe porque el mundo es mundo.

 


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez