0
Publicado el 30 Noviembre, 2018 por Raul Medina Orama en Cultura
 
 

ARTES VISUALES

El súbito eco de lo poético

Conversación con una joven y singular creadora, que recurre con similar destreza a cualquier medio: performance, environment, instalación, objeto, “pintura”
El súbito eco de lo poético.

Prefiere entregar “una visualidad frágil, con gestos sutiles, artesanales y rituales”.

Por RAÚL MEDINA ORAMA

Fotos: Cortesía de la artista

Cuando intenta definir su gesto creativo me habla de algunas ideas de la poetisa Fina García-Marruz. Si se le pregunta por qué escogió este modo de expresión, recuerda lo escrito por Herman Hesse, en Demian: “El verdadero oficio de cada uno era tan solo para llegar hasta sí mismo”.

Elizabet Cerviño (Manzanillo, 1986), joven y prolífica artista, recurre con similar destreza a cualquier medio: performance, environment, instalación, objeto, “pintura”. Se graduó en la academia Carlos Enríquez (2005), y luego en el Instituto Superior de las Artes (ISA). Ha expuesto en Italia, Perú, Estados Unidos, Dubái, Francia, Sudáfrica, Canadá.

“Jamás me inspiro en una obra de arte. Mi primer referente es la naturaleza y sus procesos, sus mutaciones constantes. Después los más cercanos son los poetas, quienes se acercan a ella con fragilidad y una sensibilidad donde la naturaleza prevalece antes que el ego personal”, expresa a BOHEMIA.

Su muestra Chasquidos permanece durante diciembre en el habanero Pabellón Cuba. La Asociación Hermanos Saíz, el Consejo Nacional de Artes Plásticas y Galleria Continua auspiciaron esta exhibición nada convencional. No puede serlo cuando quien expone es Cerviño, considerada entre los artífices más experimentales del país.

Nueve piezas de la serie Tapiz (2017) fueron dispuestas en grandes andamios organizados de manera casi circular. Se puede entrar a la estructura –pareciera una caracola– o contemplar las obras desde afuera. También se incluyó un video donde se documentó el proceso para obtener lo expuesto.

No hay pintura ni hilados multicolores en estos tapices, sino la huella resultante del gesto de la artista, quien lavó los enormes linos en un río, repetidas veces, golpeándolos con las paletas de madera tan al uso en las serranías cubanas. Así, más que representar el paisaje, se lleva en sus telas el grabado del paisaje mismo, en una operación inversa al procedimiento tradicional donde se añaden capas de material sobre la superficie de los lienzos.

El súbito eco de lo poético.

Ha subvertido el uso convencional de la tela, para impregnarla con las huellas del agua, las rocas y otros elementos naturales.

El resultado podría describirse como cordilleras de vacío, pienso al mirar las caóticas figuras sugeridas por las laceraciones que en los paños dejaron la fuerza de la artífice, la oposición de la masa de agua, las rocas y otros elementos naturales.

Sobre la peculiar museografía de Chasquido, comentó: “Quería dar la oportunidad de que todo el proceso abrazara al visitante, estuviera adentro o afuera, y transitara el aire y las miradas a través de las piezas, como si no hubiera nada privado, como mismo lo hizo el agua”.

“Por eso no son tapices sobre una pared. Es muy importante que el viento se mueva entre ellos y se lleve ese paisaje sugerido; del mismo modo pasa con los mantras del Tíbet, aquellas telas de seda que se colocan en la cima de las montañas para que vuelen por el universo”.

Sus obras precisan de un espectador dispuesto a aceptar la poética y el juego de la artista. Ella pretende compartir un momento de silencio, contemplación y calma, en medio de la contemporaneidad ruidosa, veloz, saturada de información. En este contexto, reconoce, es cada vez más difícil para los públicos establecer una relación con las propuestas artísticas.

Cerviño procura la pureza de la obra misma, sin estimular demasiado la subjetividad del espectador: “Prefiero enfrentarlo a una obra más sensorial, chocante. Hay que dejar que los materiales desprendan lo que tienen que dar, me parece más sincero, aunque respeto la poética de cada cual”.

Su imaginario se nutre de lo local –“eso te puede encerrar o liberar”–, de sus orígenes, pero buscando una comunicación universal.

“Lo más importante para mí es no olvidar mi identidad, mi cultura, porque así tengo algo particular que decir al mundo. Todo mi trabajo es un intento de encontrarme conmigo constantemente, llegar a mi naturaleza propia”, aseguró.

Algo de su vasto paisaje interior puede conocerse en Chasquido, una muestra para no dejarnos indiferentes, como un ruido seco y súbito, casi imperceptible, producido cuando se rompen las convenciones y límites de lo que creemos es el arte.


Raul Medina Orama

 
Raul Medina Orama