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Publicado el 29 Noviembre, 2018 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO: otro Olimpo… otros dioses

Destacado colectivo habanero regresa a los clásicos desde una mirada contemporánea
TEATRO: otro Olimpo… otros dioses.

Los conflictos existenciales de una familia descabezada es la esencia de esta propuesta.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: Cortesía del grupo

Justo cuando se celebran siete décadas del estreno mundial de Electra Garrigó, “nuestra modesta batalla de Hernani”, como calificara a aquel suceso teatral el intelectual Rine Leal, el grupo Teatro D´Dos, liderado por Julio César Ramírez, reverencia al más notable de los dramaturgos cubanos: Virgilio Piñera, y a su magistral obra, con un nuevo montaje de Jardín de héroes, en el habanero Complejo Cultural Raquel Revuelta.

Como el clásico piñeriano, esta partitura dramática de Yerandy Fleites Pérez vuelve sobre las leyendas de los Atridas y las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides; resignifica y deconstruye el mito helénico tantas veces revisitado –con aciertos y desaciertos– en la literatura universal y cubana.

Dramaturgos de la Isla han subvertido esas epopeyas mitológicas amalgamándolas con referentes de nuestra identidad, bien reconocibles. Valiosos son los aportes en este sentido de José Triana (Medea en el espejo, 1960), Antón Arrufat (Los siete contra Tebas, 1968), Abelardo Estorino (El tiempo de la plaga, 1968, y Medea sueña Corinto, 2008) y Reinaldo Montero (Medea, 1997).

De esas fuentes también bebió Fleites para concebir un relato sobre el egoísmo, la desunión, los lazos filiales truncos, disfuncionales; la libertad individual y el estilo particular con que los más jóvenes se adjudican el protagonismo en la historia –personal y social– desasidos de dogmas y profecías irrefutables.

No es la primera vez que este autor villaclareño se sumerge en el universo de los clásicos de la tragedia griega; Jardín de héroes (2007) –laureado con uno de los premios Calendario de 2009, por la Editora Abril– es la tercera pieza de su tetralogía Pueblo Blanco, conformada por Antígona (2005), Un bello sino (2007) y dos versiones de Ifigenia (2007-2014).

TEATRO: otro Olimpo… otros dioses.

El montaje de Teatro D´Dos experimenta con alternativas no convencionales en diversos espacios de la sala.

Actualmente Yerandy Fleites es calificado por la crítica especializada como uno de los más destacados representantes de la nueva hornada de escritores antillanos. En 2006 egresó de Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte (ISA), donde también ejerce la docencia.

En lapsos más o menos breves, obras suyas han sido llevadas a escena con excepcional resonancia entre los públicos. Recordada es la reposición de la comedia infantil El gallo electrónico, por la Compañía Hubert de Blanck, presentada durante el verano; así como, un poco más distantes en el tiempo, los montajes de Los basureros (2017) y La pasión King Lear (2016), ambas a cargo del colectivo Teatro D´Dos.

Al igual que la reescritura al texto shakesperiano El Rey Lear, también presentada en la edición 17 del Festival de Teatro de La Habana, la actual propuesta de Jardín de héroes volvió a apostar por una estructura espacial no convencional y, desde una intencionalidad otra, ubicó en el escenario a los espectadores, a partir de lo cual generó una atmósfera de complicidad con la acción dramática, cargada de anacronismos, intertextualidad, ironía, e incluso, sarcasmo.

Es la tragedia helénica un pretexto para discursar sobre el aquí y el ahora de las nuevas generaciones, sus conflictos, pérdidas y faltas. En medio del proscenio yace una plataforma de unos dos pisos que funge como centro de las energías, una suerte de pedestal sin estatuas que representa el tributo de los habitantes de ese lugar X a los héroes fundadores.

A diferencia de las historias de Atridas precedentes, incluidas las antillanas, en Jardín… al parecer, no interesa el contexto. El espacio físico se torna impreciso, difuso, y aunque el espectador sagaz halle similitudes con alguna urbe cercana, solo se infiere que es un pueblo rural cualquiera.

Electra demora su entrada a escena y cuando irrumpe en ella, a su imagen le han antecedido disímiles estados de opinión expuestos por el Mensajero, su novio; la madre, Clitemnestra; y el amante de esta, Egisto; alusiones de una connotación simbólica sin paralelo en relación con sus precursoras, la cual procura un halo desmitificador de la trama, sin el más mínimo propósito de acriollar o cubanizar la obra al estilo piñeriano.

Sobresaliente es el desempeño actoral de los cinco personajes que intervienen. Giselle Sobrino defiende de manera contundente a una Clitemnestra adúltera, colmada de odios, resentimientos, quien lleva todo el tiempo un abanico negro, a modo de cetro e icono de erotismo, femineidad, pero también de perfidia y maldad.

TEATRO: otro Olimpo… otros dioses.

El empleo de animales en escena para simular una típica pelea de gallos, además de eludir a la atmósfera beligerante de la historia, denota coherencia en la construcción de los roles y una acertada dirección de acores.

Edgar Medina encarna a El Mensajero, quien a partir de una caracterización repleta de matices realiza contribuciones sustanciales al entramado del relato. De manera notable trasluce a un ser humano noble, de aparente ingenuidad y, tal vez, el de más pureza espiritual entre todos.

Asimismo, los intérpretes que encarnan a Egisto (David Reyss y Leider Puig) perfilan a un sujeto frívolo, sin valores, traicionero y hasta vulgar, capaz de cualquier artimaña. En tanto Fabián Mora refrenda con brillantez a un Orestes indeciso, vacilante y rebelde, más preocupado por su realización individual que por cumplir el cometido signado por la historia de los trágicos griegos: ser un matricida.

Gabriela Ramírez asume coherentemente a una Electra distinta, ya definida desde los minutos iniciales de la pieza como medio fea, irreverente y obstinada en sus intenciones; transparenta una actitud que intenta ser conciliadora con su realidad y la tradición familiar; no obstante, termina decidiendo por sí misma y, en un gesto de purga interior, reniega de su estirpe heroica, esa que intentaron legarle los fundadores de su linaje.

Sugerentes son las imágenes que logra Ramírez al simular una pelea de gallos, con los animales en escena, para despertar en el auditorio sensaciones y percepciones diversas, recurso característico en el colectivo.

Una vez más la alianza Fleites Pérez-Teatro D´Dos surte sinergias y redunda en riquezas conceptuales y estéticas con la apropiación de fuentes precedentes, clásicas y contemporáneas, que edifican un soporte polisémico de múltiples lecturas para, desde la individualidad de los conflictos y juicios del autor, proponer un debate sobre la realidad que nos circunda.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez