0
Publicado el 23 Enero, 2019 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

MÚSICA: aventura inimaginable

Hallazgos y renovaciones nutrieron la edición 34 del Festival Internacional Jazz Plaza
MÚSICA: aventura inimaginable.

El maestro Bobby Carcassés impresiona por su scat, técnica que consiste en imitar con la voz sonidos instrumentales en pasajes improvisados.

Por SAHILY TABARES

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

Intenso, fructífero, ha sido el desarrollo de fusiones vigorosas, sin límites, estas nutren el género procedente de Nueva Orleans. Según reconoció el maestro Armando Romeu (1911-2002), “para interpretarlo hay que ser un virtuoso. Dominar la técnica en su más alto nivel, lo culto y lo popular, sin deslindar fronteras entre ambos”.

Los grandes constituyen baluartes de permanencia en el presente. Así lo atestiguaron músicos de Estados Unidos, Puerto Rico, Colombia, Japón, España, Uruguay, Cuba, en sedes habaneras y de Santiago de Cuba.

La edición 34 del Festival Internacional Jazz Plaza patentizó la valía del camino recorrido, en el cual descuella una pléyade de músicos que tienen previo dominio de géneros populares cubanos ligados al jazz por sus raíces africanas; en los intérpretes lidera la improvisación, pues demuestran que las herencias se enriquecen a diario sin distancias o compartimentos.

MÚSICA: aventura inimaginable.

Con un documental se rindió tributo a Tata Güines.

De ningún modo extrañó escuchar nombres del siglo pasado con cercanía probada, de ellos forman parte el compositor y tresero Andrés Echeverría (1919-1996), conocido como El Niño Rivera, y el genial Benny Moré (1919-1963), a quienes se rindió homenaje en el año de sus centenarios.

Los aportes y hallazgos de ambos constituyen una savia inmanente. Junto al ciego maravilloso, Arsenio Rodríguez, El Niño Rivera contribuyó a la renovación rítmico-armónica del son, devino un puente mediante el cual el filin se enlaza con ese género. Sus arreglos fueron incorporados por varias agrupaciones, entre ellas el Conjunto Casino.

MÚSICA: aventura inimaginable.

En el Festival resplandeció Omara Portuondo, uno de los valores del filing.

El Benny expresó la síntesis de componentes que perfilan la idiosincrasia popular. Original, innovador, dio realce a la Banda Gigante que estableció un nuevo estilo dentro del formato jazz-band. Los arreglos eran de Generoso Jiménez, Peruchín Jústiz y Eduardo Cabrera, aunque tenían el sello del Bárbaro del Ritmo, reconocido en el canto, la dirección musical y de orquesta.

Rememorar propicia una mejor comprensión de la riqueza del panorama musical en el siglo XXI. De acuerdo con el maestro Bobby Carcassés, gestor principal del Festival surgido en 1980: “El jazz no es de minorías, ni de élites, sino de pueblo”.

Los públicos, en su mayoría, son conscientes de las fuentes inagotables que aportan a los procedimientos estilísticos en el quehacer de generaciones.

Cultores y sus descendientes mantienen nexos sólidos, lo cual origina otras visiones en el momento de poner “lo suyo” al ejecutar diversos instrumentos. Ocurrió durante el homenaje a Irakere, por Leyanis Valdés, hija del maestro Chucho Valdés, fundador, en 1973, de la legendaria agrupación junto a integrantes de la Orquesta Cubana de Música Moderna.

Estos últimos buscaron una vía para explorar las posibilidades que les ofrecían las combinaciones instrumentales derivadas de la jazz band, y experimentaron con novedosos conceptos que revolucionaron el panorama sonoro de nuestro país. Ellos introdujeron los tambores batá y la ascendencia yoruba, de manera definitiva, en la corriente principal de la música más dinámica, que hace mover los pies a cualquier edad.

MÚSICA: aventura inimaginable.

Para el estadounidense Christopher Astoquillca, “la música cubana es un referente universal”.

Ningún avance ocurre de la noche a la mañana, requiere estudios sistemáticos, dedicación, disciplina, un proceso de intercambios, retroalimentación. Una vez más lo demostraron en el Jazz Plaza consagrados y jóvenes cubanos, la mayoría egresados del sistema de enseñanza artística, al probar su magisterio en solos y atmósferas colectivas. Hubo pasión, sentimiento, saberes, en frases o pasajes musicales que cuentan una historia. Unos, otros, poseen una imaginación rítmica amplia, profundizan en el legado de ancestros africanos al interiorizar el bagaje que influye en la configuración de maneras propias al enfocar lenguajes y conceptos propios.

Lo reconoció Arturo O´Farril en Santiago de Cuba: “El son, el bolero y la guaracha no me son ajenos. Los llevo en la sangre, de aquí surgieron”.

En clases magistrales, conciertos, coloquios, artistas formados en escuelas diferentes compartieron la libertad infinita del jazz. De ello dieron muestras, entre otros: Joss Stone (Inglaterra) Christopher Astoquillca (Estados Unidos), Ernán López-Nusa, el Septeto Santiaguero, Roberto Fonseca, Alejandro Falcón, Barbarito Torres, Omara Portuondo, Ivette Cepeda, Dan Barnett Big Band (Australia).

Memoria y reencuentros

Hay que dialogar, seguir pensando en la diversidad de influencias, los lejanos encuentros de Chano Pozo, Dizzi Gillespie, Mario Bauzá, la valía de clásicos cubanos del piano, como Ignacio Cervantes y Manuel Saumell.

El pasado de ningún modo puede ser remoto, pues adquiere significaciones nuevas, por ejemplo, en el quehacer de Joaquín Betancourt y la Joven Jazz Band. En su estilo orquestal están presentes la variedad de recursos, el swing jazzístico, el sabor de los ritmos afrocubanos, ingredientes que revitalizan la tradición.

MÚSICA: aventura inimaginable.

Joaquín Betancourt defiende nuestra tradición de la jazz band.

Ese maestro comentó a BOHEMIA: “Los públicos deben estar preparados para la unión de las corrientes musicales. La capacidad humana es infinita. Necesitamos aprovechar el magma prodigioso de la música cubana. La elegancia, el buen gusto, no pueden faltar en nuestro desempeño”. Talento, conocimientos, experiencia, revela Betancourt en fonogramas y presentaciones, en las cuales manifiesta riqueza melódica, armónica, polifónica, rítmica.

Además de escuchar las músicas es preciso pensarlas. Sin la conjunción de teoría y práctica, informaciones y disciplinas formativas, resulta imposible renovar el discurso sonoro a partir de ideas, mezclas, células matrices, memorias desbordadas e intuiciones, que son indispensables en el pensamiento de compositores e intérpretes para crear lo propio.

Justo tributo recibió Leonardo Acosta, in memoriam, durante el 14º Coloquio Internacional de Jazz. En su nombre el evento desplegó un amplio programa académico en la habanera Fábrica de Arte Cubano, donde estudiosos, músicos, periodistas e investigadores, reflexionaron sobre paradigmas de la improvisación, casas discográficas, el estilo del drums de Dave Weckl y otros temas.

MÚSICA: aventura inimaginable.

Pablo Menéndez, director del grupo Mezcla, considera que “todas las músicas buenas se llevan bien”.

Se constató que el acercamiento a la música bailable comprende un complejo y variado conjunto de géneros y estilos, los cuales intercambian elementos. Sin duda, la historia del jazz en Cuba está signada por agrupaciones de diversa índole que han fungido como crisol de influencias de gran trascendencia. Por ello fueron homenajeados la octogenaria orquesta Aragón  y Los Van Van, por sus cincuenta años.

De lo acontecido en el Festival deberían quedar registros fonográficos y audiovisuales para cuando se cuente la historia no quede ningún dato en el olvido. La sorprendente aventura del jazz, renueva, apasiona, sugiere, nutre el intelecto y el alma con nuevos bríos.

Visibilizar lo nuevo, lo genuino, es un imperativo de todas las épocas. Urge seguir estableciendo jerarquías culturales, promocionar las músicas de calidad artística. Sorprender con lo bueno que nunca pasa de moda.

Ivette Cepeda fue una de las invitadas al concierto de clausura.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares